Nuestra Lucha, Ivan Baker.

Les-disciples-Pierre-et-JeaMeditación que toca la dificultad de las relaciones en el cuerpo de Cristo ante la necesidad de sentir una misma cosa para poder trabajar juntos. ¿Qué hacer cuando esto no es posible? ¿Cuál debe ser mi actitud frente a aquellos que no comparten mi carga, mi visión, mi entendimiento? ¿Qué debo hacer con aquellos que se desvían? Ivan aborda estas cuestiones tomando como ejemplo los casos del hijo pródigo que se apartó de su Padre (causándole tristeza), y el de José (quien debió sufrir injustamente el maltrato).

 

Meditación de Ivan M. Baker el 4 de Febrero de 1999

Quiero solamente dejar algunas notas de mi meditación y oración en esta mañana. ¡Cómo ha quedado tocado mi espíritu! A mi mente vinieron muchos pensamientos acerca de la bondad de Dios, su perfecta paciencia y cómo ha tenido ambas para conmigo; cómo ha cubierto mis pecados y debilidades. Cuando todos se cansaron de mi, Él no se cansó; mientras otros no tenían ya esperanzas por mí, Él aún las conservaba. ¡Oh qué grande es la misericordia del Señor!

 

Él me pide que ande en justicia, que me vista con la coraza de justicia, que vaya ella delante de mí. Que camine en justicia, que viva en justicia. Guarde El mi marchar hacia adelante y sea Él mi defensa por detrás. Y si fue tan grande la misericordia de Dios para mí, ¡cuán grande deberá ser mi misericordia hacia mis hermanos, para con todos los de la fe, para con todos los que invocan el nombre del Señor!

 

No es que sienta que Dios quiere que cambie el criterio respecto a con quienes trabajar y  con quienes no; a quienes evitar, a quienes abrazar; a quienes ganar como  amigos y a quienes no; quienes van a impulsar (ordenada, correctamente y con veracidad hacia Dios, sus planes y propósitos) y quienes no; quienes serán manchas en mi ágape y quienes serán compañeros aprobados; quienes van a estorbar el reino que Dios quiere implantar en mí y quiénes serán los primeros estorbos para la obra que debo realizar, la marcha que debo emprender, o a la etapa que debo cumplir. Pero sobre todas las cosas El me está hablando de la misericordia con que debo socorrer a cada uno, hablar con cada uno.

 

No  puede uno comulgar, trabajar junto a otro cuando en aquel no ha sido tocado el corazón, cuando no hay una revelación santa y clara del llamado de Dios. Pero uno debe cuidar mucho como mira y trata aquellos que aún no ve como sus compañeros porque ¿Quién condena? –Solo Dios, ¿Quién reprende? –Solo Dios. Yo debo dejar a los demás en la mano del Señor, apartándome sin condenar; no tocando pero a la vez no despreciando. Es difícil pero debe ser así. Porque lo que hoy está manchado mañana pude ser limpio, y lamentablemente lo que hoy está limpio mañana puede estar contaminado. El hombre sube y baja; entra y sale; entiende y es ignorante. De pronto entiende más y se santifica. Estamos en una olla que cocina Dios en su fuego y que va sacando lo que no sirve y va haciendo hervir lo que sirve hasta su pleno tratamiento. Como una zaranda que nos va limpiando, tamizándonos de nuestros errores y,  con gracia y  mucha paciencia, mostrándonos el camino, esperando que lleguemos.

 

¿Quién hay paciente como Él? –Y su paciencia debe estar en nosotros. Hoy nos apartamos de quienes mañana tomaremos como amigos; hoy son nuestros amigos los que mañana quizá serán nuestros enemigos. La Iglesia sube y baja, entra y sale. Los hombres un día entienden y otro día dejan de entender. Un día se santifican y otro sucumben ante el pecado; un día se desvían y para luego ser admirablemente conducidos para volver a beber de las fuentes y ser fortalecidos. Y lo que antes era inútil ahora se vuelve útil. Este es el ambiente en que vivimos y nuestra posición no puede ser condenatoria.

 

Entonces podemos orar cada día por todos los santos y creer en la posibilidad de cambios que Dios puede traer. Tenemos que bendecir y no maldecir. Debemos ayudar y no estorbar. Beber del agua sin enturbiarla para que beba otro. Comer el buen pasto de la buena pradera sin envilecerlo con nuestros pies. Vivir y dejar vivir. Ser consolados y consolar. Ser reprendidos y reprender. En todo esto está la gran misericordia y paciencia del Señor. “Sed los unos para con los otros benignos y misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como Dios nos perdonó en Cristo”.

 

¿Quién soy yo para decir: “ha llegado el final de la gracia”? -El único que puede decir esto es Dios. Basta con ver el caso del hijo pródigo ¿Qué había de bueno en él? -Nada. Despreció a su padre y la casa de su padre, malgastó su dinero,  desechó todos sus consejos, y se retiró a una provincia apartada. Pero,  ¿Quién hay como el Padre, con su mirada en el horizonte todos los días esperando la vuelta de su hijo? Él era el único en toda la casa esperanzado con el regreso. Tenía un amor por su hijo más allá de su locura, más allá de su pecado y apartamiento, más allá del desprecio a su casa y a sí mismo. Su amor iba más allá de todo aquello. Y ese es el amor que Dios ha plantado en nuestros corazones. (Juan es el campeón a la hora de de enseñarnos a amar así. Él dice que debemos dar nuestras vidas por los demás, los unos por los otros, sin hacer un énfasis en la muerte sino en una vida de amor, servicio y paciencia).

 

Después hay otro aspecto: es el que hallamos en la vida de José, quien a diferencia del hijo pródigo, era el más bueno entre sus hermanos, pero el más odiado, el más despreciado. Pero todo maltrato que recibió sirvió  para acumular honra reservada para el día de su restauración, en el que Dios lo reconcilió con sus hermanos. Pero para que ellos tuviesen semejante vergüenza y viesen claramente sus pecados, y orasen y se arrepintiesen y pidiesen perdón, hizo falta la humillación de José, la horrenda experiencia de desprecio por la que debió pasar. Y Dios lo permitió.

 

Por lo tanto no podemos buscar honra a nuestra persona acomodando las cosas y las circunstancias para recibirla. No nos toca a nosotros determinar si vamos a ser honrados o despreciados, eso le toca al Señor. No debemos hacer cálculos de cómo nos van a recibir, o actuar  para quedar bien, para obtener una posición de privilegio. Es posible que te toque el proceso de José y seas sistemáticamente despreciado durante años hasta el día de tu restauración.  ¿Y quién puede obligar a Dios a reivindicar su vida antes de morir? Muchos serán solo restaurados a honra en el día del Señor, cuando El haga brillar sus vidas como el sol de justicia y limpie todas sus lágrimas de sus ojos. Algunos serán despreciados hasta la muerte.

 

¿No fue así con Jesús? ¿No fue despreciado sistemáticamente aunque sus obras eran perfectas? ¿No fue su desprecio al extremo de echarlo de Jerusalén, Insultarlo, agraviarlo, escupirle, herirle, azotarlo, y más aún,  no terminó su vida en una cruz? ¿No es su final un ejemplo para que no busquemos en nuestra vida presente el halago de los hombres sino la alta aprobación de Dios? ¿Qué son estas llagas que tengo en la mano? ¿Qué tienes en tu mano? “Son las marcas de los clavos que recibí de mis hermanos de la casa de mi Padre” ¿No tiene el Señor autoridad para pedirnos que sigamos creyendo, sigamos amando, sigamos perdonando, sigamos esperando en fe, sigamos dependiendo de Dios,  sin importar lo que debamos sufrir?

 

No te preocupes por cómo te tratan, preocúpate en llevar bien ceñida la coraza de justicia, el cinto de verdad, el escudo de la fe,  el yelmo de salvación, la espada del Espíritu. Preocúpate por cuidar la oración como elemento de guerra, como medio para alcanzar la paz,  el socorro,  para llenarnos de poder, para descargar nuestros lamentos, para recibir nuevas fuerzas, para entender en el presente la voluntad de Dios. La oración nos comunica con Dios, nos une a su trono de gracia. Cuando damos cada paso en oración disipamos nubes, tomamos armas de luz para pelear la batalla del Señor, desentrañamos los ocultos y misteriosos argumentos y pensamientos diabólicos. La oración es un el vínculo perfecto y constante que nos une al cielo. Todas las promesas se cumplen con la oración, toda la presencia de Dios se manifiesta en nosotros por la oración. Por ella corre el río de vida a través nuestro.

 

El cañón de largo alcance en la armadura es la oración. Es la ametralladora, la gran bomba que explota y  todo rompe. El gran medio de poder que hace que Dios esté nuestro lado y podamos caminar en justicia. El gran medio para fluir con el río de Dios en todo lugar y circunstancia y poder movernos en El. “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio” (Efesios 6:18-19).

 

La oración nos ayuda a predicar conforme a la voluntad de Dios, con la unción del Espíritu Santo. No en base a rutinas, fórmulas y sistemas. Despojándonos de métodos que sustituyen la comunión directa, la comunión efectiva, la comunión emotiva, la comunión de amor con el más grande de los amigos, el más fiel de los compañeros. El está físicamente ausente, pero a nuestro lado en Espíritu. Si estuviera presente corporalmente no sería tan poderoso como lo es en Espíritu. Si caminara con nosotros como lo hizo con sus discípulos, y le viéramos físicamente, sería todo más débil, más incompleto e inadecuado para la misión que el  Padre tiene a través de Cristo en nosotros hoy.

 

Y nos gozamos en que el Espíritu  lo llena todo en todos, que está en todas partes al mismo tiempo y, aunque no le vemos, por la fe alcanzamos a tocarle; por ella alcanzamos a caminar con Él y triunfamos en Cristo. Por eso “sin fe es imposible agradar a Dios”. Porque le agradamos al creer que Él está presente. No andando por vista, no palpando con las manos. ¡Qué pobre sería el Señor si pudiéramos palparle con las manos y verle con los ojos! Porque los ojos carnales ven poco y la mano carnal toca y siente muy poco. Apenas una sensación de frío, calor, áspero, suave. Pero el Espíritu se abisma en Dios, nada en la inmensidad de su gloria. La mente de Cristo en nosotros comprende todos los designios, las glorias y las bendiciones celestiales antes de alcanzarlas. Así podemos gloriamos y comprender la esperanza a la que nos ha llamado en el Espíritu, cuando El mismo nos la enseña. Escribe en nuestro corazón -no de carne- sino en el que Dios nos da. Escribe en la mente -no carnal- que no comprende a Dios, sino la mente espiritual. Porque el hombre natural no puede percibir las cosas que son de Dios, entonces, o aceptamos que somos seres espirituales y vivimos en el espíritu haciendo la voluntad de Dios por nuestra comunión con El (orando, andando en el Espíritu),  o no tenemos nada.

 

Sin esta realidad puramente espiritual, somos vacíos e inútiles, y toda vez que queremos intelectualizar la vida en Cristo, bajando al nivel de los sentidos carnales, fracasamos. Si queremos ordenar lo espiritual en códigos y fórmulas fracasamos.  Si queremos meramente pulir el discurso fracasamos. Cristo aparece y desaparece, se presenta y se va, está y no está. El  se mueve en la absoluta sencillez. El está donde los hombres no se fundamentan en la excelencia de sus capacidades carnales y humanas, sino que, en humildad y quebrantamiento de Espíritu, se despojan de sus sentidos carnales entendiendo que nada pueden hacer en la carne que agrade a Dios.

 

Vivimos por fe creyendo. Vivimos por fe esperando. Vivimos por fe tomados de la plenitud de Cristo que se mueve entre nosotros, en la Iglesia hoy. ¡Amén!  Dios nos bendiga en este tiempo de restauración de todo. ¡DE TODO! El es dueño de la historia y la eternidad y puede esperar lo necesario hasta que sea restaurado el amor, la paz, la santidad, la luz, su Señorío y su presencia en el poder del Espíritu. El está presente con nosotros y con El su consolación, la manifestación de su luz, y el lavado de las vestiduras de su Iglesia.

 

Los atavíos de la Iglesia que vive en esta dimensión se acomodan, se limpian, brillan por su santidad. Las ropas viles son quitadas, y remplazadas por santas, de mucho lino fino para el día de las bodas del Cordero. Y nuestros ojos serán ungidos con colirio. El Señor nos dice “ven”, pero las vírgenes están aún soñolientas. Es hora de abrir los ojos. Ojos abiertos hablan de plenitud de conocimiento. Una visión clara habla de objetivos nítidos, divinos, bien entendidos. Dios quiere que nuestras lámparas estén encendidas para brillar en la oscuridad. Lámparas con mechas limpias, llenas de aceite.

 

”Yo edificaré mi Iglesia. Yo la edificaré. Yo, Jesús la edificaré. Mis manos edificarán mi casa. Yo soy el edificador. No lo hago solo, lo hago con los que colaboran conmigo. Yo soy la vid. El tronco vivo, pero las ramas son Uds. Permanezcan en mí y Yo en Uds. Así como la rama no puede llevar fruto sin la vid, así vosotros sin mí, sin mí, nada podéis hacer”. ¡Aleluya! Y el Señor se ofrece tan generosamente para que vivamos con El y bebamos de su fuente inagotable tantas horas como queramos. Nunca se esconde de sus hijos. Tomamos hasta donde podemos. Y nos cansamos y nos vamos y Él queda con las manos extendidas para bendecirnos. Y cuando volvemos lo encontramos allí.  Él quisiera que no nos fuéramos nunca sino solamente cuando dormimos de noche, pero para soñar con Él, para desenchufarnos del cuerpo y dejar que el espíritu flote con Dios. ¡Es un misterio el dormir de los santos!

 

Él quiere que tomemos de Él siempre. Clamemos a Él en todo tiempo. Con toda oración y súplica. De toda manera. ¡Oh Dios! ¡Qué Dios de amor! ¡Qué Dios de amor! ¡Qué Jesús de bendición! ¡Qué adecuado es a nuestras necesidades! ¡Qué perfecto es su sustento!

 

Él es quien nos sostiene, el que nos salva, el que nos limpia, el que nos presenta delante de Dios en el trono de gracia. En El somos aceptos y toda hora que ha de tener valor habrá sido vivida en su presencia. En toda cosa que ha de recibir la aprobación del Padre está el sello de Cristo en nosotros. Lo que hicimos en Él perdurará, lo que hicimos con Él nunca se disipará. Lo que hicimos en su fuerza, pasará la prueba. Lo que hicimos en su sabiduría será recibido en los cielos. Lo que hicimos caminando con Él tendrá la alta aprobación de Dios.

 

Esforcémonos Hermanos para vivir esta clase de vida y no nos dejemos amedrentar por los adversarios, que son muchos, pero la puerta que Dios ha abierto nadie  la ha de cerrar y el Reino que Él determinó establecer en la tierra no se va a disipar. Y la marcha victoriosa de Cristo y la Iglesia en la tierra se va a cumplir hasta el fin. Y ese día seremos vencedores, ¡Más que vencedores! Y aún usará el Señor a nuestros enemigos para llevar a cabo las más grandes obras a favor de los santos. A Él sea la gloria. ¿Quién puede contra Él? ¡Bendito sea su nombre por los siglos de los siglos!

 

¡Te alabamos Señor! ¡Te glorificamos!  “haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo: al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.” ¡Sí, Espíritu Santo, haz en nosotros lo que es agradable a Dios por medio de Cristo! ¡Amén! A Él sea toda la gloria.