El Primer Amor, Ivan Baker

Ivan2Meditación en la que Ivan cuenta su propia experiencia, haciendo una conexión entre la plenitud del Espíritu, el bautismo en el Espíritu y el primer amor. Nos habla acerca de lo que se necesita para vivir el primer amor y permanecer en el. 

Es el día 29 de Marzo de 2000. Son las seis menos cuarto de la mañana y fuertemente viene a mí de nuevo “Has perdido tu Primer Amor”, advertencia que hallamos en Apocalipsis Capítulo 2 cuando el Señor se refiere a la iglesia de Éfeso, y grabo por si el Señor me da alguna palabra, alguna claridad mayor.

 

Qué es el Primer Amor

El Primer Amor es el amor que nosotros teníamos por Cristo en el tiempo del encuentro con Él, así que no es primero en el sentido que es el amor que tenemos en el principio como una cosa progresiva, como algo que se recibe primariamente y luego se desarrolla sino que es el amor grande y repentino del comienzo del enamoramiento con Cristo, de la vida nueva que asoma, de la gloria que se siente al encontrar a Dios, al ser perdonados. Surge al encontrarnos con Jesús, al volvernos como un niño espiritual sin barreras, sin pre-conceptos religiosos, sin molestia alguna de la psiquis del hombre, al recibir la bendición de la presencia de la gloria del Salvador y Señor Jesucristo.

Es algo máximo, es algo puro, es algo que recibimos sin todavía tener conciencia como para resistir en nada las fuerzas espirituales, por cuanto no las conocemos. Nos llegan sorpresivamente, con revelación, con salvación, con vida nueva. Nace la nueva criatura, se manifiesta el Salvador y el Señor, se siente el gozo, se siente la paz que recién penetra en el ser; el gozo que nunca antes había sido conocido y se abre el ser a Dios, a lo eterno. Por primera vez el hombre encuentra la gloria de su cauce natural: encuentra a Dios, encuentra la salvación, encuentra el perdón de pecados, el regocijo de la comunión y presencia del Señor. Lo celestial desconocido se hace presente creando un éxtasis, que puede ser mayor o menor, pero es una experiencia nueva, es una experiencia extraordinaria, ese es el Primer Amor.

El Primer Amor es el principio de nuestra vida en Cristo, cuando no asoma ninguna falsa doctrina ni competencia por ser más importante. Un estado de niñez espiritual en el que uno conoce la plenitud de una vida en los brazos de Papá, un ser nuevo, totalmente enamorado de la vida, de la comunión con Dios, gozándose de algo tan grande, tan glorioso. Todo es arrollador, magnífico, fantástico. Una experiencia completamente nueva, un regocijo grande, una confianza suprema en el que hemos hallado: El Mesías, el Salvador. Hemos recibido su presencia en  nosotros. Nos ha visitado. Ha penetrado por los portales de nuestra vida y ha entrado en el santuario, porque el hombre nace en pecado pero ahora el nacimiento espiritual que no se conocía antes ha venido como una irrupción tremenda, trayendo un nuevo sentir de regocijo, de carga aliviada, de realización completa. Este es el Primer Amor.

Todavía no habíamos aprendido la batalla contra el pecado pero ya tenemos dentro de nosotros el Victorioso que va a pelear por nosotros, y con nosotros, y nos conducirá, nos  mostrará el camino.

Yo soy la luz del mundo”. La luz del mundo ha penetrado en nosotros. La luz celestial. “Yo soy la resurrección y la vida”. El que tiene en sus manos las llaves del infierno y de la muerte. El que sacó a luz la vida y la inmortalidad. Quien murió y dijo “Consumado es” y ascendió a los cielos para llenarlo todo. El ha llegado, está en nosotros. Todo es hermoso, todo es posible, el Altísimo ha llegado a mi corazón. El alivio, el gozo, la paz, la certeza, todas son nuestras en el Primer Amor.

 

Mi Primer Amor

Algunos no tuvieron un Primer Amor porque nacieron a la fe paulatinamente –yo soy uno de ellos. Pienso que mi Primer Amor se manifestó cuando fui bautizado en el Espíritu Santo, porque recién allí es donde se normalizó mi vida. Ahí es donde llegó esta bendición, donde penetró esta gloria. Cuando estaba recibiendo este bautismo de poder decía: “¡si esto dura catorce horas me muero!” Pero luego pensé: “¡Ha llegado, ha llegado el día!”. Esto es lo que yo pedía al Señor. Esta era la unción que yo necesitaba. ¡Ha llegado! ¡Se ha cumplido! ¡Mío es Él! ¡Mío es Él!

Este día llegó para mí en 1963 muy lejos de mi conversión,  cuando yo tenía cuarenta y un años (me convertí a los 15). Dios me bautizó con el Espíritu Santo en una experiencia  similar a la de Cornelio. El estaba escuchando a Pedro y yo estaba orando y hablando con Dios. Ninguno de los dos lo esperaba ni se encontraba listo. Y de repente cayó sobre mí el Espíritu Santo con lenguas y me bautizó en su plenitud. Y pienso que ahí nace mi Primer Amor.

Y como esta unción, esta bendición es para todos, el Primer Amor es para todos. Una entrega completa sin reservas a Dios de nuestro ser para ser usados por Él, para que Él nos tome como instrumentos en sus manos, de manera que se cumpla en nosotros  lo que el cielo espera. Dios ha preparado este bautismo para cada hijo suyo y es imposible el Primer Amor sin él. Si no lo hemos recibido aprendamos a recibirlo por fe, quizás Dios va a probar tu fe pero indefectiblemente te va a dar el don que Él prometió, porque dice la Palabra que “Si vosotros siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos ¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”. Yo me acuerdo cuando  procuraba este don dando tantas vueltas, buscando de tantas maneras sin que nada suceda. Un día se me ocurrió que lo único que tenía que hacer era creer.

La experiencia será  diferente en cada uno, pero siempre pondrá el sello del Espíritu, la presencia de Dios en nosotros. Yo fui a mi cuarto para ejercer simplemente fe, había probado méritos y no servían, había orado pidiendo que bajara el Espíritu Santo sin resultados. Pero ahora yo estaba en una situación distinta porque tenía fe. Ya no dependía de mis méritos, mis obras, mis esfuerzos por conseguirlo, sino simplemente comencé a aferrarme a la promesa que hizo el Padre, en plena confianza y fe… “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.  No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”. Me dispuse a ejercitar simplemente fe, así que mi oración en mi cuarto fue determinante: “Vengo Señor para buscar ahora en tu presencia el bautismo en el Espíritu Santo”. Yo comencé a hablar con Dios de varias cosas que parecían tontas, por ejemplo: que yo no podía pagarle dinero para recibirlo, pero le recordaba que era sin dinero; no le podía dar buenas obras pero le recordaba que su promesa no dependía de ellas, le dije que yo no podía buscar alas para volar al cielo ni me hacía falta, porque Él había bajado a mí y estaba al lado mío y estaba en mi. Así que no podía darle grandes obras, no podía volar al cielo, no podía tener méritos, pero le dije: “Tú dijiste Señor: Si nosotros que somos malos sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, cuanto más tu darás el Espíritu Santo al que te lo pida. Señor, yo vengo hoy a Ti para pedirte. Vengo a pedirte y es todo lo que voy a hacer; pero voy a engendrar fe: No voy a orar dos veces, sino que esta será mi oración. De aquí en adelante voy a aguardar el cumplimiento porque yo, Señor, sé lo que has dicho”.

Y empecé a puntualizarle al Señor lo que Él mismo ha dicho. Empecé a estribar en la Palabra del Señor, en su promesa. Por ejemplo me fui a 1º Juan, y le dije “Señor Tú dices que si pido algo conforme a tu voluntad Tú me oyes, y si Tú me oyes yo tengo lo que he pedido, Señor”. Y volví a repetir la palabra de Lucas: “Tú dijiste Señor: Si nosotros que somos malos sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, cuanto más tu darás el Espíritu Santo al que te lo pida”.  Vengo a pedirte Señor y voy a guardar mi fe. Luego me fui a Hebreos 11 y ahí le dije al Señor que la fe es la sustancia de lo que se espera y la demostración de lo que no se ve.

“No lo veo, no lo palpo, no lo siento pero lo creo. Y Señor yo voy a guardar mi fe y de aquí en adelante voy a actuar lleno del Espíritu Santo. Si Tú no me lo das es cosa tuya, yo voy a creer”. Me levanté de mis rodillas y salí de mi cuarto lleno del Espíritu Santo. No sentía nada nuevo, pero de ahí en adelante por la fe estaba lleno del Espíritu Santo. “Cuanto más mi Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan”. Creí esta palabra, la hice propia y luego me fui a mis obligaciones comunes lleno del Espíritu Santo. Pasé por la cocina de mi casa y mi Señora  estaba pelando papas y le digo de sopetón: “recibí el bautismo del Espíritu Santo”, “-¿Qué?”,  me dice, “-¿Hablaste en lenguas?” –“No”, le respondí. “-Ah”, replicó sin entusiasmo y siguió pelando papas.

Pero yo tenía la fe, no ella. Y actué desde ese día lleno del Espíritu Santo. No pedí más. Confié en la promesa y alabé al Señor. Y di gracias continuamente. Un tiempo más tarde, durante una conferencia me senté alrededor de una mesa junto a varios pastores quienes me preguntaron “¿recibiste el bautismo en el Espíritu Santo? yo dije “sí, lógico que sí”. Tenía todo el cielo a mi lado. Tenía la promesa indefectible de mi Padre,  tenía la palabra de Dios que me gritaba: “¡confiá, confiá!”. Y entonces insistieron: “¿Vos hablaste en Lenguas?” Les dije: “-no”. Entonces dijeron: “si este hermano va contigo vas a estar hablando en Lenguas en diez minutos”. Bueno, nos fuimos al cuarto y este hermano comenzó a darme instrucciones tales como “bueno, poné la boca así, poné la lengua ahí…”Pero resistiendo las instrucciones respondí: “No quiero técnicas, ni ejercicios. O Dios me da su bautismo soberanamente, o no lo quiero”.

Finalmente, una mañana cuatro meses más tarde estaba en Pergamino en una reunión de oración con varios hermanos,  y cayó sobre mí el Espíritu y me llenó. Unos dos meses después comencé a hablar en lenguas a altísima velocidad sin la ayuda de nadie. Les aseguro que no sabía qué hacer con esa impresión terrible de la presencia del Señor. No sé si hablaba en árabe, o griego, u otro idioma antiguo. La cuestión es que yo estaba consternado, asustado. Pensaba, “¡Se ha cumplido, ha llegado! ¡Si esto dura catorce horas me muero!”. No sé cuantas cosas tontas dije ese día hasta que  pararon las Lenguas. Pensé “menos mal” porque no podía soportar más.

 

!Oh!, Dios no necesita ayuda. Todo lo que nosotros vamos a recibir de Él lo vamos a recibir por fe, y sin fe será imposible agradarle. A Dios le agrada que creamos. Que creamos en sus promesas. Que creamos totalmente en su fidelidad. Que creamos que sus promesas se cumplen en nuestras vidas en forma plena. Ahora, algunos nunca han tenido un Primer Amor como me sucedía a mí. Cuando Dios me dio la experiencia del Espíritu Santo trayendo así el primer amor de mi vida, hacía ya 26 años que me había convertido.  Recién allí fui transformado para  ser normal y a hacer “las primeras obras” señaladas en Apocalipsis 2. ¡Qué precioso fue de ahí en adelante saber que la unción del Señor estaba sobre mí!

 

El Primer Amor: La entrada del Rey

 

Ahí es donde comienza el Primer Amor. Ahí empieza algo con todo el poder, toda la fuerza y toda la gracia y la presencia del Altísimo. Ese bebé que llora y gime por Dios, ese principiante en los caminos del Señor clama y pide su dote, pide la promesa. Pero aunque es niño, comienza a manifestar una madurez espiritual extraordinaria. La fe que se vive en ese momento es la fe máxima, es la certeza de la fe, ahí se experimenta la fe en su grado mayor. La comprensión de la presencia del Señor es total y, no hace falta hacer conjeturas en cuanto a cómo se manifiesta, porque puede venir de muchas maneras y muchas formas. No queremos imitar la experiencia de nadie, queremos tener la nuestra, la nuestra que puede ser diferente a todas. Dios es particular. Dios trata con individuos. Dios es soberano en su manera de llegar a nosotros. En un sentido cada hijo de Dios engendrado tiene una experiencia única, pero nadie puede tener el Primer Amor si no recibió este bautismo de poder.

 

Y el Primer Amor significa simplemente haber alcanzado la experiencia de Cristo morando en nosotros, la cual nos permitirá rendirnos, subordinarnos a Él. El Rey de Reyes ha entrado por los portales eternos de nuestro ser y ante Él nos inclinamos en obediencia. Él va a dictar, Él va a mandar, Él va a inspirar, Él va a decir donde y cómo, y cuándo. Y tenemos que aprender a caminar en fe. De ahí en adelante es en fe. Algunos vuelven al viejo tiempo: no entendieron nada. Es un día nuevo, una criatura nueva que nace plenamente. Es una experiencia de comunión con Dios inigualable. Es el momento de irrupción del Altísimo en nuestro ser, y el Señor llena el vaso hasta hacerlo rebozar. El vaso que será santificado por Dios, todos los días.

 

No se puede mejorar el Primer Amor. De él podremos caer pero  no aumentarlo. El Primer Amor es la experiencia viva de Dios en nosotros, de Cristo en nosotros, y que nos comunica que Él va a ser el Señor de nuestra vida y que vamos a caminar de acuerdo a su voluntad y no a la nuestra. Será ejercido su dominio y no el nuestro. Vamos a seguir sus pasos y no los nuestros. Será esta una experiencia viva de comunión con Dios.

 

Ahora, tenemos que tener cuidado de no pensar en una experiencia determinada cuando hablamos del bautismo en el Espíritu Santo. puede venir como un río arrollador, puede venir suave como una pequeña corriente de agua que se desliza del monte, puede venir como un viento recio, puede venir como un soplo suave de una brisa, puede venir de noche o de día, caminando por la calle, estando en nuestra oficina (como le pasó a Darling que recibió este bautismo en su oficina en Coca Cola y tuvo que ir a encerrarse en el baño). Cada uno tiene su experiencia, Dios no es monótono. Dios es un ser que nos hizo individuales, diferentes unos de otros.

 

Nunca experimentaremos el Primer Amor si no tenemos la experiencia de la unción del Espíritu. Cada uno de nosotros debe tener “su Pentecostés”. Si no lo has tenido, pide a Dios con fe, recuerda la Palabra: “Si vosotros siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan”(Lucas 11:13), “Y ésta es la confianza que tenemos delante de él: que si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye.  Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. (1 Juan 5:14-15), y luego el último versículo de Hebreos 11:1 “La fe es la sustancia de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Lo que no tengo, lo tengo por fe. He puesto mi fe, como dice Santiago, sin dudar, “porque el que duda es como las ondas del mar”.

 

Ahora tú no puedes inventar esa unción ni saber cuándo va a llegar, pero puedes simplemente creer. Pídele al Señor una vez sola y cree, porque si tenemos fe no pedimos dos veces sino una sola. De ahí en adelante recordamos al Señor nuestra oración, le decimos “yo estoy confiando en Ti, yo me considero lleno del Espíritu Santo” y comenzamos a actuar conforme a esa bendita experiencia que ciertamente el Señor nos va a dar, porque Él no es deudor de nadie. Amén.

 

La condición para experimentar el Primer Amor

 

El Primer Amor es sólo posible en alguien que se entrega enteramente a Cristo. Alguien que pueda decir como Pablo: “todas las cosas las tengo por pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura”. El problema es cuando no tenemos por basura lo que es basura y comenzamos a llenarnos de basura sin querer admitirlo. Los medios del mundo deben desaparecer de nuestra vista, las lecturas insanas del mundo deben desaparecer de nuestra vista, las imágenes pecaminosas que el hombre nos propone, que el hombre proyecta, son para el mundo, no para la Iglesia. Los lugares donde el mundo se sienta no son nuestros lugares. Las compañías que el mundo admite no son nuestras compañías. El Señor dice que no toquemos lo inmundo. Pongamos distancia entre el mundo y nosotros. En todas sus formas, el mundo es inmundo ante Dios, aún lo que llamaríamos “entretenimiento sano”.

 

Transformemos el televisor en un monitor que está imposibilitado de captar los canales. El  mío tiene pegado un cartelito que dice: “la conexión con los canales ha sido sellada” (mandé a eliminar los circuitos internos que permitían captar señales de televisión). De esta forma así vemos solo lo que conscientemente decidimos ver. Tené cuidado: no mires el mundo. Otra vez te advierto, no mires el mundo, no te entretengas con las cosas del mundo, porque todo lo que hay en el mundo es inmundo. Los medios se parecen a una pequeña astilla que parece inocente, que penetra suave. Pero así el diablo ha entrado en tu vida, y te ha cegado, te captó los ojos y te captó la voluntad; ya estás mal, ya tenés una pasión interior insatisfecha y querés ver… querés ver… querés ver… querés ver…bueno, Dios te dice: “No mirando lo que se ve sino lo que no se ve”.

 

Nuestro tiempo, nuestro tiempo es Cristo, nuestro tiempo es oro afinado en el fuego, nuestro tiempo es plata, joyas preciosas, nuestro tiempo hoy indica caminar con Dios, indica realizar las obras del Reino, indica esforzarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha propuesto. Está dado por Dios para arrancar vidas de la perdición y establecer sus pies en el reino de Dios, significa sembrar la buena simiente abundantemente, significa caminar con Cristo, hacer su voluntad, poner sello sobre nuestros ojos, no alimentar los apetitos carnales, controlar nuestro ser, crucificar nuestro hombre, considerarnos muertos al pecado y vivos sólo para Dios.

 

El Primer Amor dice “es Cristo mi todo”. Dice “con Cristo estoy juntamente crucificado y vivo no ya yo sino vive Cristo en mí. Lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios el cual me amó y se dio asimismo por mí”. Vivir para Él, hacerlo en sus fuerzas. Que Él llene mi vaso, que Él llene mi alma y mi ser. Que llene mi corazón. Que mi mente esté llena de sus pensamientos. Que mi mente añore todo lo que Él añora. Que mi mente repudie todo lo que Él repudia. Tomaré su yugo y donde Él vaya iré yo. Cuando Él se detenga me detendré. Cuando Él hace haré. Cuando Él no hace estaré en silencio. Oraré sin cesar. Oraré por todo, por cada circunstancia, por cada situación. Estaré atento en la torre de vigía, mirando a los que pasan por el camino. Guiando mi alma, llevando fruto para Él.

 

Todo esto es un aspecto. Y otro aspecto es el hecho de que la obra que más perdura, la obra que lleva galardón, la obra que probada por fuego es hallada en honra y gloria, es la obra que Él hace conmigo a través de mí. La obra que Él hace en mí y la obra que hace a través mío. Dios no toca el mundo con su dedo desnudo para salvarlo, Dios toca el mundo para salvar a los hombres a través de tú y yo. Somos el vaso que debe estar lleno de Él para que de él para que fluya el agua de vida.

 

Jesús nos dice: “el que tiene sed venga a mí y beba”. Sed de justicia, sed de Dios, sed de perfección, sed de no perdernos, sed de salvarnos, sed de ser fieles a Dios. “El que tiene sed venga a mí y beba”. Pero esto implica creer. Creer a Jesús es creer sus promesas, es creer sus palabras, es adecuarnos a su voluntad, y tener fe de que todo lo que Él prometió lo va a cumplir. Todo. Todo. Él es fiel. Él no promete y no cumple. Él no te habla y se olvida. Él no tiene apuro, te va a probar. Va a probar la constancia de tu fe, va a probar el calibre de tu fe, te va a examinar a ver si crees realmente en sus promesas. Ese es un documento firmado con sangre de la cruz, firmado en dolor, en el mayor sacrificio. Ese es el compromiso que asumió el Señor dando sus promesas a aquellos que se allegan a Él y cumplen sus condiciones. Es inexorable, los cumple siempre, con todos, sin faltar uno.

 

Permanecer en el Primer Amor

 

Dios requiere que nos mantengamos vacíos de nosotros mismos y llenos de Él. El desafío que enfrentamos es la pérdida de esta dependencia total de Dios para hacer conforme a lo que nos parece, cortándonos solos. Eso es lo que pasó con los efesios, ellos empezaron bien, pero en vez de seguir pendientes del movimiento de Jesús, sujetos a los pasos que Él daba, tomados de su mano, se creyeron sabios e  inteligentes. Ya no necesitaban orar tanto, ya no necesitaban depender tanto de Cristo y poco a poco comenzaron a inventar un sistema donde el hombre hace la voluntad de Dios sin Cristo y eso es imposible.

 

Eso es ser religioso, y Dios no tiene nada que ver con las religiones. No es “aprendés y después prescindís”, es “Sin mí, nada podéis hacer”. “Sin mí”, muy claro, y “nada”, es un absoluto. “Nada podéis hacer”, quiere decir eso mismo. Nada. Nada. Ni cosa chica ni grande sin mí. “Nadie puede obrar sin mí. Ninguna obra hecha fuera de mí va a llevar galardón. Ninguna obra hecha fuera de mí que está hecha en la fuerza del hombre, que está hecha en la capacidad humana puede ser de valor”. Ahí está la lección de Éfeso: “Habéis perdido vuestro Primer Amor. Caminabas con Cristo, esperabas en Él, el que obraba era Él, ahora la obra la hacen ustedes, con prudencia humana, con esfuerzo en la carne, con la mente recalentada con ganas de servir a Dios pero corriendo delante del Señor, corriendo por los valles solos, dejando al Señor atrás”. El Señor estuvo en la última obra que hicieron orando y gimiendo y esperando en Él. Ahí estaba el Señor. Ahí quedó. “Ahora ustedes lo saben hacer, son sabios en su opinión”. ¡Oh!, ¡Dios nos libre de ser tan necios!

 

La obra que Dios bendice es la que Él hace. La obra que perdura es solo la que Él hace a través de nosotros. Pero Él no lo puede hacer sin el vaso. Él se ha limitado al vaso, que somos nosotros. Ahora démosle el vaso para que Él lo llene y se sature nuestro vaso de Cristo, del poder de Jesús, de la gracia de Jesús, de la paciencia de Jesús, de la santidad de Jesús, de la gran sabiduría de Jesús, de la prontitud de Jesús, del sacrificio de Jesús, de la forma de obrar de Jesús, de la forma de pensar de Jesús. Habrá tiempo de hacer, y tiempo  de estar quietos; tiempo de meditar, y  tiempo de esforzarse en la acción. ¡No dejemos nuestro Primer Amor!

Otro aspecto que posiblemente no desarrolle enteramente es la parte de la lucha por mantener nuestras vidas debajo de la voluntad del Señor. Este es otro aspecto tan importante. La lucha en oración, la persistencia en buscarle; el esfuerzo espiritual que significa mantener nuestra mente debajo de su mente. Claro que esta lucha al principio es muy grande pero después, aunque siempre es lucha por causa de la carne y los enemigos que nos asedian, con el tiempo nos vamos volviendo diestros en la batalla y discerniendo los espíritus como el Señor dice que lo hagamos.

 

No entro mucho en este tema, pero lo menciono. Hay una lucha. Y es una lucha constante, día y noche por poner a Cristo en el centro. Por insistir en ir detrás de Él, por consultarle en todo. Emprendamos la lucha porque tiene grande galardón. Es la verdadera lucha. La lucha por mantener a Cristo en el centro de nuestra vida. Mantenerle a Él como el Señor. La pasión que nunca nos deja y que va en aumento a medida que conocemos y crecemos. La pasión de que Él sea del todo y en todo en nuestra vida. Que su voluntad se haga en todo. Su forma, su manera, su tiempo. ¡Aleluya!

 

Debemos perseverar, poner primero el reino de Dios, y no es posible poner primero el reino de Dios sin poner primero al Rey. Al Rey de Reyes y Señor de Señores. ¡Oh, qué persona más llena de significado celestial, divino, santo! La tremenda gloria de su persona, su perfección, su poder. ¡El sumun! el sumun de todo ser está con nosotros y quiere impulsar nuestra vida, quiere ser el que determine nuestro camino, el que nos enseñe cada paso del camino. Él no se cansa, no se cansa nunca. Nunca duerme. Es el Señor el centro de todo y en Él y por Él y para Él son todas las cosas. Amén.