El Chisme, Eduardo Boulhosa.

BoulhosaLa Maledicencia es un pecado que genera gran destrucción en la Iglesia de Jesucristo, y lamentablemente es uno de los más comunes y difíciles de erradicar. Eduardo no ahorra conceptos para desenmascarar la oscuridad que este mal acarrea en sí. Precisamos todos considerar sus palabras y el respaldo bíblico que nuestro hermano nos da para examinarnos y corregir todo desvío. 2012.

EL PECADO DE LA MALEDICENCIA[i]

Por Eduardo Boulhosa[ii], 2011

En el año 2004 me había retirado a la Chapada Diamantina en el estado de Bahía [Brasil], con el fin de buscar al Señor, cuando fui despertado por un pasaje que relata el pacto entre Jacob y Labán, teniendo por testigo al Señor que los vigilaba, celebrando una alianza que decía: “…yo no pasaré para el lado de allá para mal y tu no pasarás para este lado…”, “…para bien de sus hijos…”. Y el Señor me dijo: “el mayor problema de la Iglesia de hoy es la maledicencia”. Al principio no me daba cuenta del tamaño de la gravedad del desvío, hasta que, estudiando y observando, vi lo que es este pecado: ¡ABOMINACIÓN! Se trata de un arma destructora usada por el enemigo, la cual “amigos” y “hermanos” han usado indiscriminadamente de forma deliberada sin ningún temor.

Es el papel del Falso Profeta, el cual es la entidad maligna responsable de crear la “religión cristiana” sin las características y la esencia de Cristo Jesús. En Mateo 15 el Señor recriminó a los escribas y fariseos cuando, cuestionado porque sus discípulos no se lavaban las manos antes de sentarse a comer. Jesús los desenmascaró al confrontar la negligencia de ellos frente a los mandamientos de Dios (honrar a los padres) al haber creado la “tradición de los ancianos”, concluyendo: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por causa de vuestra tradición?”. Él agrega a las palabras de Isaías diciendo: “en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres”.

Esa realidad encaja precisamente en nuestros días cuando un hermano tiene un problema con otro hermano, y, en vez de resolver el conflicto, busca al discipulador, compañero, pastor, líder, cónyuge, hijos, etc., y no va directo a la persona en cuestión. En Mateo 18.15, la palabra del Rey es clara: “… vé, amonéstale a solas entre tú y él”.  La cobardía, la deslealtad, entre otros motivos, nos llevan a transgredir el mandamiento claro de Dios, haciéndonos como los fariseos: “religiosos”.

La maledicencia tiende a disminuir la imagen de otra persona con el fin de llamar la atención para sí mismo. Así hizo la serpiente con Adán y Eva en el paraíso hablando mal del Señor y poniendo duda en sus palabras, disminuyendo la imagen de Dios delante de ellos: “…Ciertamente no moriréis.  Es que Dios sabe que el día que comáis de él, vuestros ojos serán abiertos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal”. ¡Satanás es el padre de la maledicencia! No es en vano que la palabra “diábolos” puede traducirse como “maldecir”, “calumniar”, hablando conforme a él, o por sugerencia de él (satanás). En la lista de los siete pecados que aborrece el Señor en Proverbios 6.16-19, el séptimo de ellos “que su alma abomina” es “el sembrar contienda entre hermanos”, donde la traducción del griego es también “diábolos”. Esta arma eficaz ha obtenido gran éxito para el maligno en el medio de la casa de Dios, sembrando desconfianza y separando hermano con hermano, confirmando las siguientes palabras, inclusive en el medio del pueblo de Dios:

“y por haberse multiplicado la maldad, se enfriará el amor de muchos” (Mat 24.12)

El hombre perverso provoca la contienda, y el chismoso aparta los mejores amigos.(Prov 16.28)

Jesús, nuestro modelo, nunca pecó. El “no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca. ¡Benditos sean sus labios santos! Así se santificó el Señor. Y con nosotros, ¿Cómo será?

 

Son tres los agentes de este mal:

1. El Maldiciente
2. El Oyente
3. La víctima

1. El  Maledicente

Éste agente es el que, sin saberlo, negocia con lo oculto, con las tinieblas: “Porque todo aquel que practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, que son hechas en Dios” (Juan 3.20-21).   Dios es luz, la maledicencia es tinieblas. La “luz” del maldiciente es maligna porque descubre, indebidamente, la vida ajena. Canaán descubrió la desnudez de su abuelo y fue maldito. Nada me autoriza a abrir la vida ajena y esto no depende de la función que desempeño (pastor, líder, discipulador). Los salmos dicen: “Bienaventurado el que encubre la transgresión [del otro]”

La falta de cuidado con la lengua impide ser santos a los hermanos, pues por la boca podemos ser completamente contaminados y aún contaminar a otros, como podemos ver en Santiago 3.16. El Señor explica este proceso en Mateo 15.18, dejando claro que antes de pecar con la boca, pecamos con el corazón, pues la boca habla de la abundancia del corazón. La amargura primero surge del corazón y luego contamina a muchos (Heb 12.14-15).

En el sermón del monte Jesús no aborda la cuestión de la maledicencia en forma directa. Sin embargo, como siempre, sí trata con la raíz de este problema: EL JUZGAR. Porque antes de maldecir, primero juzgamos. Como ya fue dicho sabiamente, generalmente juzgamos conforme a lo que nosotros somos: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Así que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz, Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas”.

El pecado de juzgar también es fruto de los dardos del diablo. Precisamos recurrir al escudo de la fe para no pecar contra Dios. El amor todo lo cree. Arriba siempre a la mejor interpretación y en caso que la impresión persista, pregunta. ¡Preguntar no ofende! Esa es la mejor forma de evitar el juzgar. Otro punto esencial es que el que es cuestionado no debe ser sensible. Es necesario que tengamos madurez para entender que somos mucho peores de lo que el hermano piensa. Si él se equivocó en su interpretación, es suficiente con decírselo a él.

La gravedad del pecado de la maledicencia es equivalente a la gravedad del pecado de sensualidad (impureza), pues los dos son pecados contra el cuerpo. Al hablar mal del hermano manchamos la mirada pura del que oye quien antes admiraba a Cristo en la vida del otro, pero que ahora pasa a juzgarlo. De esta forma tú atentas contra el propio Jesús, porque sustituyes el mirar espiritual del hermano, por un mirar carnal, cooperando con el enemigo.

Existe un proverbio judío que dice: “Aquel que habla mal de otro, quiere llamar la atención a sí mismo”. El que habla mal de otro, se destaca a sí mismo usando al otro como escalera. Esto representa un acto de cobardía, porque el agredido no tiene derecho de defensa. Y la palabra dice que los cobardes no heredarán el reino de los cielos.

Este pecado todavía trae consigo otro pecado como consecuencia: muchos dejan de crecer, aislándose traumatizados dejando de edificar el cuerpo de Cristo. Mantienen sus pecados ocultos temiendo la mala fama y hasta dejan el camino del Señor por el medio a que les pongan un rótulo. Tu eres responsable por esas consecuencias. Miqueas 7:18 dice que Dios perdona la iniquidad y se olvida de la transgresión. Pero, ¿nosotros seguimos recordándola? Si esa es la alianza de Dios con nosotros, también precisa ser la alianza entre los hermanos: “De manera que  nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne”. El Señor dice: “Nunca más me acordaré de los pecados e iniquidades de ellos”. La Iglesia no necesita maledicencia, precisa profecía. Si queremos buscar el ser santificados, la primera cosa que debemos cuidar es nuestra lengua.

Para reflexionar: como la maledicencia es un pecado que nace del corazón, puede también ser expresada con gestos:

  • Con la forma de mirar
  • con un meneo de cabeza
  • con un apretar los labios
  • Levantando las cejas

2. El que oye.

“¿Quién me constituyó como juez y partidor entre vosotros?” Así hacía nuestro amado Jesús cuando le traían situaciones entre sus discípulos. Pero hoy existen personas que mantienen la vileza de la maledicencia al oír lo que no deben; y aquello que, por la función que cumplen, llega a sus oídos, acaba exponiéndose de forma precipitada, cooperando con el desvío del procedimiento establecido por Dios para la resolución de problemas entre hermanos. Las autoridades tienen mayores chances de volverse “Oyentes”.

Este segundo agente no tiene menos culpa que el primero, pues se complace en oír el chisme. El pecado no puede darse sin él. El Oyente se alimenta del Maledicente.

En Juan 21.20-22 Pedro trata de sacarle al Señor cuales serían sus planes respecto de Juan, y Cristo se opone a esto diciendo: “¿Qué te importa?”.  Detalle: pero cuando Cristo le pregunta a Pedro respecto a su amor por Él, Pedro no puede responder satisfactoriamente. Éste es el cuadro que se repite hoy comúnmente. Muchos, en vez de preocuparse por desarrollar sus talentos, están preocupados con la vida y trabajo de otros, olvidándose de aquello que les toca a ellos. El “saber” produce una sensación de dominio de la situación y de seguridad. Aquel que oye se siente actualizado y protegido, pues seguramente conoce las debilidades de los hermanos. Amados, ese poder tiene un alto precio: EL PECADO.

En su ministerio, Cristo podía percibir cuando había situaciones con terceros, teniendo discernimiento respecto de sus corazones, pero esto ocurría como fruto de sus dones celestiales que se manifestaban en Él, hacia un fin provechoso. No era necesario que nadie le dijese cómo era el hombre, porque Él lo sabía y conocía la naturaleza humana.

La bestia, responsable del sistema anti-Dios en la tierra, ha entrenado a la humanidad en esas prácticas abominables a través de los medios de comunicación. Hoy, lo que más se vende en los diarios, revistas, programas de televisión y en páginas de internet son los ESCÁNDALOS. La mayoría de las noticias vienen con una carga de destrucción de reputaciones, descubriendo así la intimidad de terceros. Tristemente, la Iglesia del Señor en nuestros días, es cliente común, alimentándose de esas carnalidades y reproduciendo así las mismas prácticas en el cuerpo de Cristo: “Las palabras del chismoso son como bocados suaves y penetran hasta las entrañas”. Así somos cauterizados, llegando a tratar este grave pecado con naturalidad. En momentos en que estamos relajados “caen” los inhibidores, y en la mesa del entretenimiento se quiebra la timidez, reduciéndose la vigilancia; y la práctica de la maledicencia se vuelve más intensa y seria. “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”. A pesar de todo, el gozo como fruto del Espíritu viene con el vivir la vida de Cristo.

Estemos atentos a la advertencia dada a la Iglesia de los últimos días: “El que es injusto, haga injusticia todavía. El que es impuro, sea impuro todavía. El que es justo, haga justicia todavía, y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap 22.11). “Porque los que viven conforme a la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Rom 8.5)

 3. La Víctima

El tercer agente de este mal es la víctima, que una vez que actúa en la carne, se vuelve peor que el Maledicente o el mismo Oyente. Pues, por sentirse ofendido, se moverá en su propia justicia dejándose vencer por el mal, transgrediendo el mandamiento práctico que marca el amor: “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Cuando sufrimos la injusticia nos parecemos más a Jesús. La amargura y la auto-piedad son sentimientos mezquinos que afrontan directamente al Señor, pues hay transferencia de responsabilidad desobedeciendo el mandamiento de pagar el mal con bien. Hay omisión, hay resentimiento ¡HAY PECADO!

Para Dios la mala reacción ante la ofensa es peor que la ofensa. Pues la ofensa puede provenir de una iniquidad (pecado contra la santidad de Dios); tiene que ver con el hecho de que el hombre falla, con su imperfección, que tarde o temprano se manifiesta. Pero una reacción indebida frente a la ofensa proviene de una transgresión (pecado contra la autoridad de Dios). Así se manifiesta la malignidad del corazón humano: su propia justicia. La justicia del hombre es como un trapo de inmundicia para el Señor, o sea, algo repugnante.

El Dios que perdonó al pecador no admite una reacción distinta a la de Él. Por eso, Dios quiere que en una situación similar, la persona perdonada conceda al perdón a los demás (Mat. 18.23-35).

Nuestro mayor desafío es ser como Jesús. Una buena ocasión para vivir tal desafío es cuando somos injuriados: “Cuando le maldecían, él no respondía con maldición. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga con justicia” y descansaba. ¿Problemas? ¿Quién no los tiene? El asunto no es lo que el problema hará contigo sino qué harás tú con él. El problema es una oportunidad disfrazada para que tú crezcas. Es el momento de sacar provecho, tratando de ganarle a aspectos en nuestras vidas que precisan ser cambiados. Todo coopera para nuestro bien.

Dios tratará la situación cuando tu corazón esté arreglado. Él no satisfará tu justicia, pues Él es el Justo Juez. No debemos reaccionar, debemos devolver bien por mal. Caso contrario seremos catalizadores del pecado en el medio del pueblo de Dios. “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Cor 10.3-4).

¡Jesús debe ser suficiente! ¡Y es de Él donde debemos buscar aprobación!

Jesús: La coherencia entre discurso y práctica.

“Ni en su boca se halló engaño”. Porque jamás habitó el engaño en su corazón, y la boca habla de aquello que el corazón está lleno. ¡Ese es nuestro modelo! ¡Nunca maldigas a nadie! Vemos en su trayectoria la práctica de 1 Pedro 2.22

Estando bajo intensos interrogatorios, tanto de Pilatos, como de Herodes, con maestría Él nos deja una lección de comportamiento frente a situaciones adversas. Es importante destacar que delante de Herodes Jesús no le respondió una pregunta. ¡Él no se defendió! “Por eso, en tal tiempo el prudente calla, porque es tiempo malo” (Amos 5.13).

Ninguna práctica ilustra mejor su dominio de labios y corazón que el observarlo en el momento de la última cena. Pues evidencia su recto proceder con un traidor.

Jesús sabía desde el principio que era el que lo iría a traicionar. “Pero hay entre vosotros algunos que no creen. Pues desde el principio Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar” (Juan 6.64). En un momento dado, en la última cena Él revela que entre los discípulos, uno sería un traidor, generando un ambiente en el cual se puede ver la conducta y el corazón de esos hombres. Los discípulos no se acusaron ni sospecharon los unos de los otros. ¡Qué ambiente Jesús produjo entre ellos!

Jesús consiguió desarrollar una responsabilidad personal conduciendo los cuestionamientos a sí mismos: “Entonces comenzaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: -¿Acaso seré yo?”(Marcos 14.19). Los discípulos podrían haber desconfiado de Judas por ser el único que no era de Galilea. Él era de la tierra de Iscariote (ISH=Tierra). En aquella época, Galilea, donde nacieron los otros discípulos, era el área de mayor preservación de la ley de Moisés. Ni siquiera por esto Judas fue pre-juzgado. Entre ellos no estaba el juzgarse; no había maledicencia ni espacio para fracciones y fisuras.

De modo que es simple entender el porqué de la conducta de los discípulos, pues Aquel a quien seguían dejaba claro cómo comportarse frente a ese mal. Y cuando al ser preguntado por Juan respecto a quién lo traicionaría, no se permitió mencionar el nombre de Judas, sino que meramente dijo: “el que mete la mano conmigo en el plato, éste me traicionará”. Jesús se mueve con tal discreción, aun cuando Juan estaba recostado en el pecho de Cristo: “Ninguno de los que estaban a la mesa entendió para qué le dijo esto”. O sea que Judas, al salir para delatar a Jesús, por ser él quien llevaba la bolsa, dejó la impresión de que se ausentó para comprar lo que faltaba. ¡Cuán impresionante es la discreción del Señor y la postura de los discípulos en dar la mejor interpretación de los hechos, no juzgando a Judas!

Jesús, como anfitrión, cumpliendo la cultura de la época, en aquella noche, escogió a Judas para ser honrado, demostrando una total ausencia de resentimiento. De la misma manera, cuando lo halla a Judas junto a los que venían a prenderlo, no lo injurió, más lo llamó AMIGO. Pues de hecho Jesús fue verdadero amigo de Judas, aun sabiendo que por medio de él vendría la traición. ¡Jesús amó al traidor! ¡Alabado sea el nombre del Santo Jesús!

 

[i] Apunte tomado del sitio fazendodiscípulos.com.br y traducido al Español por Danny Baker con permiso del autor

[ii] Pastor, miembro del presbiterio y equipo apostólico de Salvador, Bahía, Brasil