¿Cómo Saber Si Somos De Dios?, Danny Baker

A lo largo de la historia los hombres nos hemos esforzado por formular el evangelio y armar estructuras que expresan nuestro credo religioso. Éstas con el tiempo nos ofrecen una supuesta garantía y tranquilidad que fácilmente pueden ser un velo que no nos deja ver la verdad. Nos volvemos fieles a ellas ignorando el verdadero evangelio de Jesucristo. El apóstol Juan nos ofrece aquí de manera sencilla el modo seguro de “pesar” nuestra fe.

“…Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios… Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.  El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor …En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.  Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.  Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros”.  (Juan 4:2, 3, 7, 8, 10, 11, 12)

Juan da en este pasaje dos factores que se deben observar para saber si somos de Dios:

  1. Debemos creer que Cristo vino en carne

Debemos tener certeza de que Cristo fue un ser humano de carne y hueso. Es decir, creer que Dios se hizo hombre naciendo de una virgen, viviendo una niñez, adolescencia y juventud hogareña normal. Tenía hermanos, cumplía con tareas domésticas y aprendía un oficio. Debía descansar, comer, asearse como cualquier humano.

Todo lo que hizo y habló fue hecho y hablado por un hombre que calzaba sandalias, trabajaba y hasta sufría la incomprensión de sus propios hermanos criados con él. Su humanidad era tan normal que nadie había visto nada demasiado especial en él. Ni sus propios hermanos, nacidos y criados en su mismo hogar de crianza, creían en él. Era el “hijo del carpintero”.

Los gnósticos no creían que Jesús había sido un hombre porque para ellos la materia es siempre mala, no puede contener el bien. Muchos que creían en esta filosofía, al volverse “creyentes” llegaron a la conclusión de que Cristo no había sido un hombre sino un espíritu. En otras palabras, ellos sostenían que no había venido en carne, porque la excelencia de su espíritu y su incuestionable superioridad moral no podía estar en un envase humano. Aunque nos parezca a nosotros difícil de entender, esta corriente fue muy difundida y aparentemente exitosa ministerialmente si consideramos éxito el mero crecimiento numérico.

Juan, sin embargo, nos dice que el que así piensa y cree no es de Dios. Quitar la humanidad de Cristo es quitar la esencia del mensaje de Cristo: el hombre de carne y hueso no solo puede, sino que debe ser renacido y la carne y los huesos creados por él pueden hacer la voluntad del Creador. Es también quitar la esencia de la salvación: que un hombre debía dar la vida por otros hombres. El evangelio es justamente eso: que en nuestra carne y nuestros huesos se exprese la voluntad de Dios, y que los llamados por Dios demos nuestra propia vida por los que tenemos cerca.

2. La voluntad de Dios es el amor

El verbo encarnado es el amor encarnado. La voluntad de Dios es el amor. Dios es amor. Cristo vino en carne y amó en carne. Su encarnación es el mensaje mismo del evangelio: los hombres podemos y debemos manifestar el amor de Dios. El evangelio tiene como fin la encarnación del amor divino.

La invisibilidad de Dios se resuelve en el mundo de una sola manera: cuando nos amamos unos a otros. Los gnósticos formaron parte de una fuerte corriente con estructura eclesiástica de aparente validez. Los supuestos hermanos de esa corriente de pensamiento se sentían avalados por la profundidad de su conocimiento cristiano-gnóstico, y formaban grupos que contaban con un formato de ministerios e iglesia. Juan parece advertir en su carta que ni el conocimiento, ni el pertenecer a tal estructura era señal de ser de Dios. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”.  “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”.

Para que el evangelio y la fe sean ciertas, se debe dar necesariamente esta condición: la carne y los huesos humanos deben amar. Cuando esto ocurre tenemos Iglesia verdadera y aunque Dios sea invisible, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros. Tal como el mismísimo Cristo les dijo a sus discípulos, si nos amamos unos a otros como él nos amó, el mundo sabrá que somos sus discípulos. Si nos amamos unos a otros nuestro evangelio es verdadero porque es imposible que el que ama no sea de Dios, porque todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios.