Meditación de Ivan M. Baker del 2 de marzo de 1999. Transcripción y adaptación literal de un audio privado.
¡Qué palabra tan perfecta para señalar el tiempo en que estamos!
La iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2 trabajaba arduamente por el nombre de Cristo. Textualmente nos dice el libro de Apocalipsis: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado” (Apocalipsis 2.2-3). Sin embargo es reprendida duramente con estas palabras: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”. (Apocalipsis 2.4-5)
¿Cómo se ve o compara la Iglesia liviana de hoy frente a palabras como estas?
A nosotros nos parece más que suficiente “trabajar arduamente por el nombre de Jesús”.
Nos dedicamos con ahínco, con todo nuestro corazón. Pero justamente allí está el meollo del problema: “lo hacemos con todo el corazón”. Lo hacemos para Cristo, pero cabe preguntar: ¿trabajamos con el poder de Cristo o meramente con nuestra habilidad y poder? ¿Obra en nosotros el Espíritu de Cristo, o meramente nuestra prudencia, sabiduría y capacidad carnal?
Prestemos también atención a las palabras de Pablo a la iglesia de Gálatas, donde hallamos el texto del que tomamos el título de esta meditación en Gálatas 4:19-20: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros, quisiera estar con vosotros ahora mismo y cambiar de tono, pues estoy perplejo en cuanto a vosotros”. Un poco antes declara Pablo: “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?” (v.16)
Evidentemente esta era la clave del ministerio de Pablo: que Cristo fuese formado en cada uno de sus discípulos. Una cuestión de fondo, de raíz, que definía todo su ministerio y obrar. El objetivo central, el fundamento indispensable. El blanco hacia el cual él apuntaba siempre: “Que Cristo sea formado en vosotros”.
A esto mismo se refería en su declaración de Filipenses 3:13: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Nada más ni nada menos que el plan supremo del Padre: que todos seamos formados a la imagen de Cristo. Como el mismo Pablo declara a los Romanos: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. (Romanos 8.29)
¿Qué significa ser formados a la imagen de Cristo? -Que su carácter sea formado en nosotros. Hay aspectos fundamentales en Él que necesitamos encarnar. Entre ellos, por ejemplo: sujeción, subordinación en todo a la voluntad del Padre. ¡Qué tremendo ejemplo nos da Cristo! Él mismo les dice a sus discípulos: “nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo” (Juan 8.28).
Justamente lo segundo nace de lo primero. Una vez que se llega a la subordinación a todo lo que el Padre quiere —entendiendo que no hay nada mejor y que estar siempre en la voluntad del Padre es la vida más acertada, la vida más fructífera, la vida más bendecida, la vida de mayor fruto, la vida sujeta en todo a la voluntad del Padre—De este modo es que el Padre hará en nosotros las obras (Ver Juan 14.12-14).
Aquí encontramos el fundamento de nuestra vida en Cristo, y de este fundamento, una vez encarnado, nacen muchas avenidas de bendición en nuestra vida. Por ejemplo: obramos porque el Padre obra. Y esa obra lleva fruto que permanece. Todas las obras hechas sobre este pilar serán aprobadas por Dios. El libro de Hebreos nos enseña este principio con estas palabras: “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. (Hebreos 13.20-21)
Cuando Cristo es formado en nosotros se produce la comunicación preciosa con el Padre por el Espíritu, y sólo de esta forma, en todo haremos la voluntad de Dios. Esto requiere un ejercicio de oración constante y requiere también un “bombardeo” constante de la Palabra de Dios en nuestros corazones.
El Diablo dice: “Imposible…”. Y Dios declara, por su Espíritu, la palabra de Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
Esto requiere, más que una oración determinada en un momento, un espíritu de oración que engendre en nosotros un clamor constante y una profunda y constante meditación de la Palabra. Beber la Palabra que es Cristo. Nos quedamos extasiados ante la ofrenda de Dios, el regalo de Dios a nosotros. ¡El Señor no retuvo nada para sí mismo! ¿Cuánto dio? -Todo.
Si nos dio todo, entonces, ¿será posible que en Cristo hagamos la voluntad del Padre?
Yo sé que todavía estoy en el cuerpo. Hoy me toca emprender esta lucha que ya no existirá más cuando esté en la presencia del Señor. Esta lucha de hoy será de gran estima delante de Dios. Habremos llegado a comprender la esencia de todo y así estaremos entregados totalmente al llamado de Dios.
No puede haber nada más grande que esto: que Cristo sea formado en nosotros. Que lo aceptemos, que lo creamos y que nos lancemos en oración, fe y práctica para que así sea.
Si voy a entregarme por completo para que Cristo sea formado en mí, es necesario que acepte el reto de fe como algo realizable. Si Pablo estaba con dolores de parto hasta que Cristo fuera formado en sus discípulos, entonces esto es algo posible, necesario y es la única forma de agradar a Dios.
Entonces, no solo debo aceptar este reto, sino que lo deseo. Admito que es posible y que es el centro mismo de la voluntad de Dios. No podemos expresar la voluntad de Dios mejor que diciendo: “que sea formado Cristo en mí y en cada hombre”. Para este fin Cristo pagó el alto precio de la redención.
Cuando las corrientes de amor, luz y santidad de Cristo corran libres por la mente del discípulo, estaremos llegando a la máxima expresión de todo lo que Dios quiere hacer con los redimidos en la tierra. Habremos entendido la razón de ser de todo el universo. No estaremos ocupados con algo periférico, sino con el centro mismo, el blanco de la pasión de Dios en la redención.
Veamos algunas de las formas en que se expresa esto.
“No vivo ya yo, mas Cristo vive en mí…” (Gal 2.20)
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fil 3.7-8)
“A fin de conocerle…” (Fil 3.10)
“Haciendo Él en vosotros lo que es agradable a Dios por medio de Jesucristo.” (Heb 13.21)
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece…” (Fil 4.13)
La oración tiene que ser efectiva y constante.
“La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho.” (Santiago 5.16)
“Velad y orad para que no entréis en tentación.” (Mat 26.41)
Esta oración puede poner a Cristo en el centro de nuestra vida
Caminar en santidad es otro aspecto.
“Todo me es lícito, mas no todo conviene.” (1 Co 10.23)
El otro aspecto importantísimo es la fe.
“Sin fe es imposible agradar a Dios.” (Heb 11.6)
Y cuando alguien se dispone a vivir en Cristo conforme a esa vida, está alineando su voluntad con la del Señor, y debe creer que es posible.
Habrá una gran lucha contra enemigos de todas clases: demonios, materialismo, impureza, mundanalidad, comodidad. Un pasaje que nos puede ayudar es San Juan 15: la vid y los pámpanos. Necesitaremos una operación constante del Padre que nos limpia. El hortelano es el Padre. Nuestros hábitos cambiarán, se volverá un hábito la oración.
No solamente es necesaria la oración a solas con el Padre, sino la oración constante. Procurar no hacer nada por nosotros mismos. Nada. ¡Qué tremendo! No hacer nada sin Jesús.
Oh Dios! Es solo de esta forma que los hábitos cambian y el Espíritu Santo nos anhela celosamente. Él anhela encontrar vidas totalmente entregadas. Vidas dispuestas, abiertas a Él. Entregadas en sacrificio vivo.
Todo viene por la cruz, por la operación de la sangre que nos limpia. De otra forma no seríamos aceptos en Cristo. Él, como Hijo santo y perfecto, no debe nada a Dios; no hay mácula en Él. Él es acepto al Padre. Vive con el Padre. Él en el Padre y el Padre en Él. Cuando vivió entre nosotros estuvo entregado completamente a la comunión con el Padre. Es santo, santo, santo, co-igual con el Padre.
No así yo. Yo solo soy acepto en el Amado. Yo solo puedo vivir esta vida con el Espíritu, con la sangre que constantemente cubre mis errores, cubre mis defectos. Dios ha hecho la provisión para que no falte nada y tenga todos los recursos para cumplir este llamado a vivir la misma vida de Cristo por medio de la obra de la cruz: ¡LA REDENCIÓN! ¡LA REDENCIÓN! ¡Aleluya!
Volviendo a la oración, Dios dice que nuestra oración es impotente. “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Romanos 8.26). Conforme a la voluntad de Dios pide por los santos, y esto lo hace “con gemidos indecibles…”. Transforma nuestra débil oración en potencia, en lenguaje celestial.
Es la misma vida de Cristo, es el mismo anhelo, la misma santidad. Y es por medio de Él que somos aceptos. Continuamente el Espíritu Santo encausa nuestros desaciertos, completa lo que falta, sustituye lo deficiente, cuando de todo corazón nos echamos sobre el Señor para agradarle y servirle; cuando por fe tomamos sus recursos, creemos en su efectividad para sostenernos, perfeccionarnos y presentarnos aceptos al Padre.
¡Precioso Padre, bendito Padre, lleno de todo amor, paciencia y gracia!
¡Oh Señor!, que nuestras oraciones reciban el incienso que Tú envías para que te sean agradables. Todo esto recibes de tus pequeños hijitos, pero en ellos está la marca de tu amor, paciencia y sacrificio: la marca de Cristo, la marca del Hijo, la marca de la cruz.
De esta forma podemos vivir en Cristo. Es el mismo Cristo, es el mismo Espíritu, pero es su redención la que ha hecho que este hijito sea perfecto delante del Padre. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mat 5.48) Parece una exageración, pero no lo es. Es posible. Los valientes arrebatan el reino de los cielos (Mat 11.12). Valientes para creer que una criatura como nosotros se puede volver no solamente útil, sino que puede ser recibida en la presencia del Padre como a su mismo Hijo, luego de caminar por el mismo camino que Él. Una mente tomada, santificada por el vínculo, la relación directa con Dios.
“Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” (Rom 12.1). “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.” (Heb 12.2)
Los ojos de nuestro entendimiento, la dirección que seguimos, el anhelo del corazón. Buscando fuerza y dirección en Cristo; los ojos puestos en Él, el cual sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que no nos cansemos en nuestro ánimo hasta desmayar.
Por eso ponemos la mirada en Cristo, para que no desmayemos, no nos desalentemos (Heb 12.3). Él resistió en Su carne el asalto implacable del Diablo y del mundo, sufriendo cada presión y tentación. Su triunfo fue el resultado. Sobre Él es que tenemos que fijar la mirada, permitiendo que su Palabra actúe poderosamente en nuestros corazones.
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. (Efe 3.14-19)
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efe 3.20-21)
Señor, ¡qué clave! ¿Qué es esto sino toda la plenitud de Dios para que lo podamos conocer? Para que seamos fieles a la vocación a la cual nos ha llamado, las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.
Que esto nos inspire, nos llene, nos sature y podamos alcanzar todo cuanto Dios se propuso en su corazón.
Amén
