La Razón de Todas las Cosas, Daniel Divano

Gonnet, 26/7/2026, Versión escrita, adaptación del audio original.

Esta serie de enseñanzas nació hace muchos años, en un retiro donde procuramos afirmar la visión que Dios nos había mostrado. Aunque el tiempo ha pasado, sigo convencido de que estas verdades necesitan ser recordadas una y otra vez. No porque sean nuevas, sino precisamente porque son fundamentales.

Nosotros somos herederos de hombres que buscaron a Dios con todo su corazón. Hombres sedientos del Señor, que anhelaron conocerlo más profundamente y obedecerlo con mayor fidelidad. Dios usó a esa generación para iniciar un mover que muchos llamaron “la renovación”, pero personalmente creo que esa palabra no describe con exactitud lo que ocurrió.

No fue simplemente una renovación; fue una restauración.

Hay una diferencia importante entre ambas cosas. Cuando algo se renueva, generalmente se reemplaza por otra cosa nueva. Pero cuando se restaura una obra de gran valor, nadie piensa en desecharla. Si una antigua pieza perteneciera al Palacio de Versalles, no la tiraríamos para comprar otra. La restauraríamos con paciencia, limpiando lo que el tiempo deterioró hasta devolverle su belleza original.

Eso mismo hizo Dios con su Iglesia.

Las verdades que Jesús enseñó y que los apóstoles transmitieron fueron perdiendo claridad a lo largo de los siglos. No desaparecieron; permanecieron en las Escrituras, pero muchas quedaron opacadas por las tradiciones, los hábitos y las interpretaciones humanas. Era como un hacha que, con el paso del tiempo, había perdido su filo.

Cuando el Espíritu Santo comenzó a obrar con fuerza durante las décadas de 1960 y 1970, no produjo solamente un avivamiento espiritual. También comenzó a restaurar el entendimiento de su pueblo. Verdades que siempre habían estado en la Biblia volvieron a resplandecer.

Muchos hombres de Dios, al estudiar nuevamente las Escrituras, comenzaron a decir: «¿Cómo no vimos esto antes? ¿Cómo pudimos leer tantas veces estos pasajes sin comprender lo que realmente estaban diciendo?».

No era una Biblia diferente. Era la misma Palabra de Dios, iluminada por el Espíritu Santo.

Cada vez que Dios derrama su Espíritu en la historia de la Iglesia sucede algo semejante. La Palabra cobra una claridad que antes no teníamos. No porque aparezcan nuevas doctrinas, sino porque el Espíritu revela con mayor profundidad las verdades que siempre estuvieron allí. Él fue enviado para glorificar a Cristo y conducirnos a toda la verdad.

Con el paso de los años advertimos que muchas de esas verdades restauradas comenzaban nuevamente a perder fuerza. Por eso sentimos la necesidad de definirlas con claridad y afirmarlas entre nosotros. En ese proceso recibimos la ayuda de hermanos y pastores de distintos lugares, especialmente de Brasil, y así llegamos a identificar una serie de principios que resumían aquello que Dios nos había mostrado.

Entre todos ellos, hay uno que ocupa un lugar central y del cual quiero hablar en esta enseñanza.

Es el propósito eterno de Dios.

¿Qué se propuso Dios desde antes de la fundación del mundo?

¿Qué quiso hacer al crear al hombre?

¿Por qué nos salvó?

¿Por qué nos llamó?

¿Por qué decimos que somos discípulos?

Responder correctamente esas preguntas cambia por completo nuestra manera de entender la vida cristiana.

El Evangelio Del Reino Y El Propósito Eterno De Dios

Entre todas las verdades que el Señor nos fue mostrando, hay una que ocupa un lugar central: el propósito eterno de Dios.

Recuerdo que, en aquel retiro, dedicamos tres días completos a hablar solamente de este tema. Algunos podrán pensar: “Otra vez lo mismo”. Sí, otra vez lo mismo. Porque hay verdades que nunca dejan de ser necesarias. Son el fundamento sobre el cual se edifica toda la vida cristiana. La pregunta es sencilla, pero decisiva:

¿Qué se propuso Dios desde antes de la fundación del mundo?

¿Qué quiere hacer con nosotros? ¿Por qué nos alcanzó su gracia? ¿Por qué nos llamó? ¿Qué significa realmente ser discípulos?

Si no respondemos correctamente esas preguntas, corremos el riesgo de vivir una vida cristiana sin comprender su verdadero propósito.

La primera predicación de Jesús

Cuando Jesús comenzó su ministerio, no empezó hablando del cielo, ni del infierno, ni siquiera del perdón de los pecados. Marcos dice que vino a Galilea predicando el evangelio del Reino de Dios. La palabra evangelio significa buena noticia. ¿Y cuál es esa buena noticia? -Que Dios quiere reinar sobre nuestra vida.

Durante mucho tiempo nosotros ocupamos el trono. Vivimos haciendo nuestra voluntad, tomando nuestras propias decisiones y creyéndonos dueños de nuestra existencia. Pero el Reino de Dios comienza cuando descendemos de ese trono y dejamos que Cristo ocupe el lugar que siempre le perteneció. Eso es el Reino.

¿Qué Es Un Discípulo?

Un discípulo es alguien que comprende esa buena noticia y responde a ella.

Por eso el primer paso es el arrepentimiento. No se trata simplemente de sentir culpa, sino de reconocer que hemos vivido conforme a nuestra propia voluntad y decidir someternos al gobierno de Dios. Después viene el bautismo.

Durante muchos años fue necesario corregir algunas ideas acerca de este tema. El bautismo no es solamente un testimonio público de la fe. Tampoco es un rito religioso. Es nuestra identificación con la muerte y la resurrección de Cristo.

Primero hay arrepentimiento. Después viene la cruz. En el bautismo declaramos que el viejo hombre ha muerto y que comenzamos una vida completamente nueva bajo el señorío de Jesús. Luego recibimos el Espíritu Santo, quien inicia en nosotros una nueva manera de vivir. Pero aun todo esto, maravilloso como es, no constituye el objetivo final. Es apenas el comienzo.

La Salvación Tiene Un Propósito

Quiero insistir en esto porque muchas veces reducimos el evangelio a un cambio de religión o de costumbres. No fuimos salvos para cambiar una etiqueta. No pasamos de ser católicos a evangélicos, o de evangélicos a pentecostales. Tampoco fuimos salvos simplemente para asistir a reuniones, cantar himnos o participar de actividades cristianas.

Todo eso puede formar parte de nuestra vida, pero no constituye el propósito de Dios. La Escritura dice:

“Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.”

Dios no solamente nos salvó. Nos salvó con un propósito. Ese propósito existía desde antes de nuestra creación. Desde la eternidad, Dios llevaba en su corazón un plan para la humanidad, y la salvación es el medio por el cual nos incorpora a ese plan.

Por eso la pregunta más importante no es solamente: ¿soy salvo? La pregunta es: ¿Estoy viviendo conforme al propósito por el cual Dios me salvó?

La Salvación: Un Suceso Que Da Comienzo A Un Proceso

Quiero detenerme en una verdad que considero fundamental. La salvación es un acontecimiento, pero también es un proceso. Permítanme explicarlo con un ejemplo muy sencillo.

Cuando nace un niño, todos recordamos el día de su nacimiento. Celebramos su cumpleaños porque hubo un momento preciso en que llegó a este mundo. Ese nacimiento es un hecho concreto, un suceso.

Pero ningún padre piensa que todo terminó allí. Al contrario. Ese día comienza una nueva etapa. Empieza el crecimiento, la formación, el aprendizaje y la maduración. El nacimiento no es el final; es apenas el comienzo.

Lo mismo sucede con la vida cristiana. Hay un momento en que Dios nos habla, nos muestra nuestra condición, nos lleva al arrepentimiento y nos concede la gracia de creer. Ese día nacemos de nuevo. Nos arrepentimos, nos bautizamos y recibimos el Espíritu Santo. Jesús le dijo a Nicodemo: «Es necesario nacer de nuevo». El apóstol Pablo afirma que somos nuevas criaturas; las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas.

Ese es el gran acontecimiento de la conversión. Pero allí no termina la obra de Dios. Allí comienza.

El Proceso De Ser Transformados

Desde ese momento empieza un proceso que dura toda la vida. No depende únicamente de las reuniones de la iglesia. Tiene que ver con el lunes, con el martes, con el trabajo, con la familia, con el matrimonio, con la crianza de los hijos, con nuestras decisiones y con cada circunstancia cotidiana.

Es en la vida diaria donde Dios va formando el carácter de Cristo en nosotros. Cada día hay un poco menos de nuestro viejo yo y un poco más de Cristo. Por eso Pablo puede decir en Romanos que «ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos».

Algunos podrían preguntarse: ¿cómo puede estar más cerca si ya fuimos salvos? Porque el propósito de Dios sigue desarrollándose en nosotros.

Es como aprender a nadar. Al principio todo resulta difícil. Cada movimiento cuesta. Pero con el paso del tiempo el cuerpo adquiere fuerza, coordinación y confianza. Lo que antes parecía imposible se vuelve natural.

Así también ocurre en la vida espiritual. Aprendemos a vencer hábitos que pertenecían al viejo hombre. Aprendemos a resistir las inclinaciones de nuestra naturaleza caída. Vamos dejando atrás formas de pensar y de vivir que antes nos parecían normales. Cada paso nos acerca más al propósito de Dios.

Nadar Contra La Corriente

La Biblia llama “mundo” no solamente al lugar donde vivimos, sino también a un sistema de valores y una manera de pensar que se opone al Reino de Dios. Pablo lo describe como «la corriente de este mundo».

Todos avanzan en la misma dirección. Pero el discípulo de Jesús no está llamado a dejarse llevar por esa corriente. Me gusta usar una comparación muy sencilla. ¿Cuál es la diferencia entre un pez muerto y un pez vivo? El pez muerto flota. La corriente lo arrastra junto con todo lo demás. El pez vivo, en cambio, nada contra la corriente.

Ese esfuerzo lo fortalece. Así también ocurre con quienes pertenecen al Reino de Dios. No vivimos guiados por las modas, por los valores predominantes ni por aquello que el mundo considera importante. En cada decisión procuramos hacernos una pregunta:

¿Qué haría Jesús en mi lugar?

¿Cómo trataría a esta persona?

¿Cómo administraría este recurso?

¿Cómo respondería ante esta situación?

Ese es el verdadero proceso de la vida cristiana.

Un Camino Con Una Meta

Cuando entramos en el Reino de Dios comenzamos un camino. Y todo camino conduce a un destino. Jesús mismo dijo: «Yo soy el camino». No existe otro. Dios nos dio la verdad y nos dio la vida para que podamos recorrer ese camino hasta alcanzar la meta para la cual fuimos llamados.

¿Y cuál es esa meta? Aquí llegamos al corazón de todo el mensaje. El propósito eterno de Dios es tener una familia de muchos hijos semejantes a Jesucristo. No simplemente muchos hijos.

Muchos pueden estar juntos sin ser una familia. La familia de Dios está formada por hijos que aprenden a amar como Jesús, a servir como Jesús, a perdonar como Jesús y a vivir como Jesús. Ese es el propósito por el cual fuimos salvados. Todo lo que Dios hace en nosotros apunta hacia esa meta.

Cuando El Propósito Eterno Deja De Ser Una Doctrina

Hermanos, todo lo que hemos dicho hasta aquí puede quedar reducido a una simple lección aprendida de memoria. Podemos conocer las definiciones, repetir las frases correctas e incluso enseñar este tema a otros. Pero hay una enorme diferencia entre conocer una doctrina y recibir una revelación. Quisiera insistir en esto: el propósito eterno de Dios no puede quedarse en un concepto teológico; necesita convertirse en una revelación del Espíritu Santo para cada uno de nosotros. Cuando eso ocurre, todo cambia. No porque aprendamos algo nuevo, sino porque comenzamos a ver la vida desde la perspectiva de Dios. Estoy convencido de que Dios tiene un propósito para cada uno de sus hijos: formarnos a la imagen de Cristo. Toda la obra de la salvación apunta hacia ese objetivo.

Si tuviera que mencionar las dos verdades que más profundamente transformaron mi manera de pensar, mi relación con Dios, con mi familia y con la iglesia, serían estas. La primera fue comprender el evangelio del Reino. Entendí que el evangelio no es simplemente una invitación a asistir a una iglesia; es un llamado a negarse a uno mismo, tomar la cruz cada día y seguir a Jesucristo. La segunda fue descubrir el propósito eterno de Dios. Cuando esa verdad iluminó mi corazón, todo comenzó a ordenarse. Comprendí que Dios tenía un propósito para mi vida y también para la vida de cada hermano que Él ponía a mi lado. Entonces entendí cuál debía ser mi tarea: ayudar a otros para que el propósito eterno de Dios se cumpliera en ellos. Eso es, para mí, el discipulado.

Con frecuencia escucho preguntas como: «¿Cuántos discípulos tenés?». Sinceramente, esa nunca me pareció la pregunta correcta. No se trata de contar personas ni de formar seguidores propios. La verdadera pregunta es otra: ¿a cuántas personas estás ayudando para que se parezcan más a Jesucristo? ¿Con cuántos estás trabajando para que su carácter sea transformado? ¿A cuántos estás acompañando en su matrimonio, en su familia y en su manera de vivir para que Cristo sea formado en ellos? Ese es el verdadero discipulado. No consiste en reunir personas alrededor de nosotros, sino en colaborar con la obra que Dios está realizando en ellas.

La Revelación Produce Convicción

Quiero hacerles una pregunta: ¿tiene sentido la salvación que hoy disfrutamos en Cristo? Hoy participamos de la Cena del Señor, comimos del pan y bebimos de la copa, recordando su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros. Pero esa sangre no fue derramada solamente para perdonar nuestros pecados. Fue derramada para darnos una vida nueva y capacitarnos para alcanzar el propósito eterno de Dios.

Cuando Dios creó a Adán y Eva, los creó sin pecado y les dio la capacidad de multiplicarse. Si hubieran permanecido en obediencia, habrían llenado la tierra con una descendencia santa. Pero el pecado introdujo otra naturaleza. Desde entonces la humanidad reproduce una raza inclinada al mal, dominada por el orgullo y por la voluntad propia. Esa naturaleza es incapaz de cumplir el propósito para el cual Dios creó al hombre.

Por eso vino Jesucristo. Él dijo que había venido a buscar y salvar lo que se había perdido. ¿Y qué fue lo que realmente se perdió? No solamente la comunión con Dios. Se perdió aquella humanidad capaz de reflejar su imagen y de formar la familia que Dios había pensado desde la eternidad. Cristo vino a restaurar precisamente eso. Nos salvó para devolvernos al propósito original de Dios.

Déjenme hacerles una pregunta un poco incómoda. ¿Son hoy más semejantes a Cristo que hace un año? ¿Pueden mirar hacia atrás y reconocer cambios concretos en su carácter, en sus reacciones, en su manera de amar, de perdonar o de servir? Si no hay transformación, debemos detenernos a pensar qué está ocurriendo. El Espíritu Santo, la Palabra de Dios, la oración, la comunión de la iglesia y todas las disciplinas cristianas existen para producir una transformación continua. Todo lo que Dios ha provisto tiene un mismo objetivo: hacernos cada día más parecidos a Jesucristo.

Hay una ley que observamos en toda la creación. Donde deja de haber crecimiento, comienza la muerte. Un niño que deja de desarrollarse preocupa inmediatamente a sus padres y a los médicos. Nadie se tranquiliza diciendo: “Bueno, por lo menos no retrocede”. La falta de crecimiento siempre es una señal de alarma. Lo mismo sucede con la vida espiritual. Si después de años seguimos reaccionando igual, justificando nuestro mal carácter o diciendo: “Yo soy así”, algo no está funcionando como Dios quiere. Cristo murió precisamente para transformar aquello que nosotros creemos imposible de cambiar.

Por eso digo que no alcanza con escuchar una buena enseñanza, leer un cuadernillo o memorizar una doctrina. Todo eso puede ser útil, pero no reemplaza la revelación personal. Cada uno necesita que el Espíritu Santo abra sus ojos. Nadie puede vivir de la revelación de otro. Yo puedo contarles lo que Dios hizo en mi vida, puedo enseñarles estas verdades y repetirlas una y otra vez, pero llegará un momento en que cada uno deberá encontrarse personalmente con Dios y recibir de Él esa misma luz.

Cuando llega esa revelación, nace una convicción que nadie puede quitar. Ya no depende de la opinión de los demás ni de las circunstancias. Es semejante a la experiencia de la conversión. Quien verdaderamente ha conocido a Cristo no necesita que lo convenzan cada semana de seguir creyendo. Puede atravesar pruebas, incomprensiones o persecuciones, pero sabe en quién ha creído. Lo mismo sucede con el propósito eterno de Dios. Cuando el Espíritu Santo lo revela al corazón, deja de ser una enseñanza más y se convierte en una certeza que gobierna toda la vida.

Entonces uno entiende realmente la ilustración del perro y la liebre. El problema nunca fue correr. Muchos corrían. El problema era haber visto o no haber visto la liebre. Quien la vio jamás aceptará que le ofrezcan otra cosa. Del mismo modo, quien ha visto el propósito eterno de Dios ya no se conforma con cualquier propuesta religiosa, por atractiva que parezca. Ha visto el corazón de Dios y no quiere perderlo de vista nunca más.

La Revelación Produce Perseverancia

¿Por qué insisto tanto en que cada uno necesita recibir revelación? Porque la revelación produce convicción. Y una convicción nacida del Espíritu Santo no depende del entusiasmo del momento ni de las circunstancias que nos rodean. Es una certeza profunda que permanece cuando todo lo demás cambia.

Lo mismo ocurre con la conversión. Cuando una persona realmente ha nacido de nuevo, no siente vergüenza de dar testimonio de lo que Cristo hizo en su vida. El apóstol Pedro dice que a muchos les parece extraño que ya no corramos con ellos en el mismo desenfreno de vida. Quienes nos conocieron antes no pueden comprender por qué ahora vivimos de otra manera. Pero eso sucede porque el Espíritu Santo ha producido una convicción que transforma nuestra manera de pensar y de vivir.

Así ocurre también con el propósito eterno de Dios. Cuando el Espíritu Santo lo revela al corazón, ya no se trata de una idea interesante ni de una doctrina más. Se convierte en una verdad de la cual uno ya no puede apartarse. Podrán venir críticas, presiones o incluso personas que intenten convencernos de otra cosa, pero quien ha visto el propósito de Dios permanece firme. Vio la liebre. Ya no acepta imitaciones.

Por eso tampoco me impresionan demasiado los métodos que muchas veces utiliza el mundo evangélico para medir el éxito. No me conmueve saber cuántas personas llenan un estadio o cuántos miles asisten a un evento. La pregunta que realmente me interesa es otra: ¿esas personas están siendo transformadas a la imagen de Cristo? Porque ese es el objetivo de Dios. Prefiero caminar con unos pocos que hayan comprendido el propósito eterno antes que celebrar números que no producen discípulos semejantes a Jesús.

Cuando esa convicción permanece en nosotros, produce perseverancia. Seguimos avanzando aunque el camino sea difícil. Seguimos creyendo aunque no todos nos comprendan. Seguimos obedeciendo aunque el costo sea alto. Y esa perseverancia, con el paso del tiempo, nos capacita. Aprendemos a discernir la voluntad de Dios, aprendemos a decir “no” cuando Cristo diría “no” y aprendemos a decir “sí” cuando sabemos que Él diría “sí”. Poco a poco vamos siendo formados por el Reino.

Esa capacitación también nos prepara para soportar la oposición. La vida cristiana nunca estuvo pensada para ser un camino cómodo. Los primeros creyentes dieron testimonio de Cristo en medio de una persecución constante. Muchos entregaron su vida antes que negar aquello que habían recibido de Dios. ¿Qué los sostuvo durante tantos años? No fue simplemente la fuerza de voluntad. Fue la revelación que había producido una convicción inquebrantable. Esa convicción los hizo perseverar, la perseverancia los fortaleció y esa fortaleza les permitió permanecer fieles hasta el final.

Noé: Un Hombre Que Vio Lo Que Otros No Vieron

Piensen por un momento en Noé. Todos conocemos la historia del arca, incluso quienes nunca han leído la Biblia. Dios le anunció que el mundo sería destruido por un diluvio y le ordenó construir una enorme embarcación para preservar la vida. 

Noé recibió una revelación.

Los demás no. Imaginen la escena. Vivía lejos del mar y, sin embargo, comenzó a levantar un arca gigantesca delante de todos. Para sus vecinos era un hombre ridículo. Seguramente se burlaban de él cada vez que pasaban frente a aquella construcción. Probablemente lo llamaban loco. Tal vez hasta sus propios hijos tuvieron que soportar las burlas de quienes los rodeaban.

Pero Noé siguió trabajando. La Escritura nos permite comprender que esa tarea se extendió durante muchos años. Día tras día colocó una tabla sobre otra, mientras el resto del mundo seguía viviendo como si nada fuera a suceder.

¿Qué lo sostuvo durante tanto tiempo?

La respuesta vuelve a ser la misma. La revelación produjo convicción. La convicción produjo perseverancia. Y la perseverancia lo capacitó para soportar la oposición sin abandonar aquello que Dios le había encomendado.

Esa es la clase de fe que el Señor quiere formar también en nosotros. Una fe que no depende de la aprobación de los demás, sino de haber oído claramente la voz de Dios.

¿Cómo Recibimos Revelación?

Todo lo que hemos venido considerando nos conduce inevitablemente a una pregunta: si la revelación es tan importante, ¿cómo la recibimos? La respuesta no depende de métodos especiales ni de capacidades intelectuales extraordinarias. La propia Escritura nos muestra el camino. Jesús, al elevar una oración al Padre, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las revelaste a los niños». No estaba exaltando la ignorancia, sino la sencillez del corazón. Hay una actitud infantil que Dios aprecia: la disposición humilde de quien reconoce que necesita ser enseñado. Mientras el orgullo pretende comprenderlo todo por sus propias fuerzas, el corazón sencillo permanece abierto para recibir aquello que el Señor desea mostrarle.

La segunda fuente de revelación es el Espíritu Santo. El apóstol Pablo afirma que «Dios nos las reveló por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios». Podemos estudiar diligentemente las Escrituras, conocer su contexto histórico, aprender doctrina y memorizar pasajes enteros, pero nada de eso sustituye la obra del Espíritu Santo iluminando la Palabra. Es Él quien hace que un texto conocido durante años cobre vida de repente delante de nuestros ojos. La Biblia no cambia; cambiamos nosotros cuando el Espíritu nos permite contemplar una verdad que siempre estuvo allí.

Existe además un tercer camino inseparable de los anteriores: la oración. Pablo les dice a los efesios que no cesa de hacer memoria de ellos en sus oraciones, pidiendo que Dios les conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él. Jeremías registra otra promesa extraordinaria del Señor: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces». La revelación no suele llegar a corazones distraídos ni satisfechos. Nace en hombres y mujeres que buscan a Dios, que aprenden a guardar silencio delante de Él y que desean conocer su voluntad por encima de cualquier otra cosa.

Quisiera agregar algo que siempre me anima profundamente. Tal vez alguno piense: «Yo quisiera recibir revelación». Pero quiero decirles que hay alguien mucho más interesado en eso que ustedes mismos. Es Dios. Él desea darse a conocer. No juega a esconder su voluntad ni reserva sus propósitos para unos pocos privilegiados. El anhelo del Padre es revelar a Cristo, abrir nuestro entendimiento y conducirnos progresivamente hacia la imagen de su Hijo. La iniciativa siempre comienza en Él; nuestra responsabilidad consiste en acercarnos con humildad, hambre espiritual y un corazón dispuesto a obedecer aquello que nos muestre.

El Escultor Divino Y La Obra Que Todavía Continúa

Hace muchos años escuché una ilustración de Jorge Himitián que nunca más olvidé. Con el tiempo comprendí que aquella historia resumía de una manera extraordinaria el propósito eterno de Dios.

Contaba que un escultor caminaba por una ciudad atravesada por un canal donde desembocaban las aguas sucias y los desperdicios. Mientras todos cruzaban el puente sin prestar atención a lo que había debajo, él descubrió algo diferente. En medio del barro sobresalía apenas una parte de un gran bloque de mármol. Los demás veían una piedra abandonada; él veía una obra que todavía no existía, pero que ya podía contemplar con los ojos de su oficio.

Movido por esa visión, descendió hasta el barro, comprobó que se trataba de un mármol de excelente calidad y organizó el trabajo necesario para rescatarlo. No fue una tarea sencilla. Hubo que cavar, remover tierra y transportar aquella enorme piedra hasta el taller. Una vez allí comenzó un paciente proceso de limpieza. Lavó el mármol una y otra vez, quitó toda la suciedad acumulada durante años y dejó al descubierto una superficie completamente blanca y resplandeciente. Recién entonces empezó el verdadero trabajo.

Tomó el cincel y el martillo y comenzó a golpear la piedra. Día tras día fue quitando pequeñas porciones de mármol hasta que empezó a aparecer la figura que él había visto desde el principio. Alguien que observaba aquella obra todavía inconclusa le preguntó cómo lograba sacar un caballo tan perfecto de un bloque de piedra aparentemente informe. El escultor respondió con una sencillez admirable: «Es muy fácil. Solo hay que quitar todo lo que no es caballo».

Naturalmente, ninguno de nosotros podría hacer algo semejante. Pero precisamente allí comienza la aplicación espiritual de esta historia. Ese escultor representa a Jesucristo. El bloque de mármol somos nosotros.

Todos estábamos hundidos en el barro del pecado. Quizá algunos llevábamos una vida moralmente aceptable delante de los hombres, pero delante de Dios seguíamos siendo pecadores, incapaces de cumplir el propósito para el cual habíamos sido creados. Nadie habría apostado por nosotros. Sin embargo, Cristo descendió hasta nuestra condición. Se hizo hombre, compartió nuestra humanidad y vino a buscarnos cuando todavía estábamos perdidos. Él vio un potencial que nosotros mismos no podíamos ver: la posibilidad de formar en nosotros la imagen que el Padre había pensado desde la eternidad.

Cuando nos rescató, no nos limpió con agua ni con jabón. Nos limpió con su propia sangre. En la cruz cargó con nuestros pecados y nos hizo nuevas criaturas. Como dice la Escritura, «la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». Ese fue el gran acontecimiento de la salvación. Pero, una vez más, debemos recordar que allí no termina la obra de Dios.

Después de limpiarnos comienza el verdadero trabajo del Escultor.

Cada circunstancia de la vida, cada corrección de la Palabra, cada disciplina del Espíritu Santo, cada prueba y cada experiencia forman parte de ese proceso mediante el cual Dios va quitando todo aquello que no se parece a Cristo. A veces ese trabajo resulta doloroso, porque el cincel debe desprender partes de nuestra vieja naturaleza que todavía permanecen adheridas a nosotros. Sin embargo, el Escultor nunca golpea al azar. Cada intervención responde al mismo propósito: revelar en nosotros la imagen de su Hijo.

Por eso Romanos 8 afirma que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien. Muchas veces citamos ese versículo para consolarnos en medio de las dificultades, pero solemos olvidar que la promesa continúa diciendo: «a los que conforme a su propósito son llamados». ¿Y cuál es ese propósito? El texto lo explica inmediatamente después: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo». Todo cuanto Dios permite en nuestra vida —las alegrías, las pruebas, las correcciones y aun los sufrimientos— tiene como finalidad formar el carácter de Cristo en nosotros.

Por eso no fuimos salvados simplemente para cambiar de religión, adquirir nuevos hábitos o participar de reuniones cristianas. Fuimos salvados para ser transformados. El propósito eterno de Dios sigue siendo el mismo desde antes de la fundación del mundo: tener una familia de muchos hijos semejantes a Jesucristo. Esa obra comenzó el día en que nos rescató del barro, continúa cada día mediante la acción del Espíritu Santo y solo será completada cuando estemos definitivamente delante de Él.

Del Suceso Al Proceso

Hace algún tiempo, mientras oraba sobre estas mismas verdades, el Señor me mostró una imagen muy sencilla, pero que nunca pude olvidar. Me vi dentro de un gran templo evangélico. El edificio estaba completamente lleno. Sin embargo, al mirar con atención descubrí que no había personas sentadas en los bancos. Todo el lugar estaba ocupado por bloques de mármol blanco.

La visión desapareció casi inmediatamente, pero su significado quedó grabado en mi corazón.

Comprendí que muchos hemos experimentado el primer milagro de la gracia. Dios nos sacó del barro, perdonó nuestros pecados, nos limpió con la sangre de Cristo y nos dio una nueva vida. Somos, por decirlo así, mármoles limpios y resplandecientes. Pero allí se detuvo el proceso. Hubo salvación, pero no transformación. Hubo un suceso, pero no un proceso.

Sin embargo, ese nunca fue el propósito de Dios. Él no nos rescató simplemente para limpiarnos. Nos rescató para esculpir en nosotros la imagen de su Hijo. Por eso dio ministerios a la Iglesia. Por eso nos concedió hermanos, pastores, maestros y toda la riqueza del cuerpo de Cristo. Todo fue establecido para que crezcamos, para que maduremos y para que, finalmente, lleguemos «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». La Iglesia existe para cooperar con esa obra del Espíritu Santo, no solamente para reunir personas cada semana.

Después de ser rescatados del barro comienza la verdadera tarea del Escultor. Él sigue trabajando pacientemente sobre nuestra vida. Utiliza su Palabra, las circunstancias, las pruebas, las correcciones y aun aquellas situaciones que muchas veces no comprendemos para quitar de nosotros todo aquello que todavía pertenece al viejo hombre. El objetivo nunca cambia: formar el carácter de Cristo. Todo lo que el Señor hace en nosotros apunta hacia esa misma dirección.

Durante un tiempo, mientras estuve limitado físicamente y tuve que detener muchas de mis actividades, el Señor comenzó a mostrarme nuevamente esta verdad. Empecé a escribir acerca de lo que significa realmente Cristo en nosotros. Comprendí que la obra de Dios consiste precisamente en eso: quitar progresivamente todo lo que es nuestro para dejar únicamente aquello que pertenece a Cristo. Mientras más disminuye el viejo hombre, más claramente comienza a manifestarse la vida del Señor.

Si ese proceso no ocurre, corremos el riesgo de conformarnos con haber sido limpiados sin llegar nunca a cumplir el propósito para el cual fuimos salvados. Seríamos como bloques de mármol perfectamente lavados, pero sin la obra del escultor. Habríamos sido rescatados del barro, pero permaneceríamos sin forma, sin que la imagen de Cristo llegara a manifestarse en nosotros.

Por eso quiero terminar recordando la verdad que dio origen a toda esta enseñanza. Dios nos llamó conforme a su propósito. Nos rescató, nos perdonó y nos hizo sus hijos para formar una familia de muchos hijos semejantes a Jesucristo. Ese propósito no cambió con el paso del tiempo ni cambiará jamás. El mismo Señor que descendió hasta nuestro barro continúa hoy trabajando sobre nuestra vida. Él sigue sosteniendo el cincel en sus manos y no abandonará su obra hasta que la imagen de su Hijo pueda verse con claridad en nosotros.

Esa es la meta de la salvación. Ese es el propósito eterno de Dios. Y esa debe ser también la visión que gobierne toda nuestra vida.

MATERIAL DE ESTUDIO

Pasajes bíblicos principales

  • Marcos 1:14–15
  • Juan 3:3–5
  • Romanos 8:28–29
  • Romanos 13:11
  • 1 Corintios 2:6–16
  • Efesios 2:1–3
  • Efesios 4:11–16
  • Filipenses 1:6
  • 2 Timoteo 1:9
  • Mateo 11:25–26
  • Jeremías 33:3

Ideas principales

  • Dios tiene un propósito eterno que existe desde antes de la fundación del mundo.
  • La salvación responde a ese propósito y no constituye un fin en sí misma.
  • La conversión es un acontecimiento que da comienzo a un proceso de transformación.
  • El objetivo de Dios es formar en nosotros el carácter y la imagen de Jesucristo.
  • La revelación del Espíritu Santo produce convicción y dirección para la vida.
  • La convicción verdadera conduce a la perseverancia, aun en medio de la oposición.
  • El discipulado consiste en colaborar con Dios para que otros lleguen a parecerse a Cristo.
  • Toda la vida cristiana apunta al cumplimiento del propósito eterno de Dios.

Para reflexionar

  1. ¿Cómo entendía hasta hoy el propósito de mi salvación?
  2. ¿Qué aspectos de mi carácter han cambiado durante el último año para parecerme más a Jesucristo?
  3. ¿Estoy viviendo de una revelación personal de Dios o solamente de lo que otros me han enseñado?
  4. ¿Estoy ayudando intencionalmente a otras personas a crecer a la imagen de Cristo?
  5. ¿Qué área de mi vida sigue resistiéndose a la obra del Escultor divino?

Frase destacada

“Dios no nos salvó solamente para perdonar nuestros pecados; nos salvó para conformarnos a la imagen de su Hijo y cumplir su propósito eterno.”

Para vivir esta enseñanza

Durante esta semana, dedicá unos minutos cada día para presentarte delante del Señor y hacer una oración sencilla:

“Señor, ¿qué aspecto de mi carácter querés seguir formando para que me parezca más a Jesucristo?”

Leé nuevamente alguno de los pasajes bíblicos mencionados, escuchá con atención la voz del Espíritu Santo y anotá aquello que Él te muestre. Procurá llevarlo a la práctica en las situaciones cotidianas de tu hogar, tu trabajo, tu iglesia y tus relaciones. La transformación no ocurre solamente cuando comprendemos una verdad, sino cuando esa verdad se convierte en obediencia.

Ver la enseñanza completa

Si preferís escuchar este mensaje en su formato original, podés ver la predicación completa en el siguiente video de YouTube. Allí encontrarás el desarrollo íntegro de esta enseñanza sobre el propósito eterno de Dios y su aplicación práctica para la vida del discípulo.