La Verdadera Conversión – Parte 1, Ivan Baker

1983 P.Alegre_003ASon las 5 y 53 de la madrugada, y es como si el Señor me inundara con pensamientos relacionados con las coyunturas en el cuerpo de Cristo. Quisiera usar el  lenguaje de un escribiente veloz. El Señor me respondió a mi inquietud, mi deseo, mi anhelo anoche cuando oraba para que Él me despertara con algunas ideas o conocimientos que pudieran conducirme a la comprensión de su voluntad en una cuestión tan importante como es el tema de las Coyunturas. Aquí necesitamos comprender a Dios, y dar los pasos que corresponden, sin equivocación. Es muy importante este tiempo, porque estamos estableciendo los cimientos de la comprensión de lo que son las coyunturas.

 Y esto es algo que nunca hemos hecho realmente bien. Yo tengo fe de que esta vez vamos a comprender muchísimo más, va haber un progreso, un avance, quizás total, quizás parcial, pero va haber un avance. Vamos a comprender más las coyunturas, vamos a comprender más la responsabilidad de cada creyente en las coyunturas. Vamos a ver formarse una Iglesia verdadera, vamos a ver funcionar cada miembro sabiamente guiado por el Espíritu Santo. Un Pastorado, un Apostolado que realmente marque el rumbo de la Iglesia. Si no hemos puesto en orden las coyunturas, ¿de qué sirve lo que estamos predicando? ¿Qué valor tiene el ministerio del púlpito? ¿Qué valor tiene que ensayemos uno, otro, y mil sermones sobre “Discipulado”, “Fidelidad”, o “Santidad”?. Hablamos mucho de “Iglesia aquí”, “Iglesia allá” ¡Y no hemos puesto en orden los rudimentos más simples!

 Todavía los creyentes, digamos, no ejercen el discipulado, no están debidamente adheridos a la Vid (Juan 15). Porque, ¿cómo se adhiere uno a la Vid? El Señor está en los cielos y nosotros aquí, en la tierra. El Señor transmite su mensaje celestial a su Iglesia en la tierra, que es terrenal, que cuenta con elementos terrenales bien tangibles, bien terrenales como ser un hombre,  una mujer, un niño. Cuando decimos “hombre” o “mujer”, hablamos de tremendos conflictos. Hay que partir de la base de que el hombre natural nunca tuvo comunión con Dios, que no sabe lo que es caminar con El, que no sabe lo que es la profecía, que no entiende el ejercicio de los dones, que no comprende la Iglesia, y que no se ve a sí mismo como parte del cuerpo de Cristo.

 Hablamos del “Cuerpo de Cristo” pero este es un misterio, algo ajeno a nuestra posibilidad de entender. Y la predicación desde el púlpito sobre las coyunturas solamente enciende la imaginación, el intelecto, sin que se llegue por este medio a la revelación, a la concreción, a la materialización. Si bien alguien más intelectual podría expresarse mejor, ni este, ni el menos intelectual alcanzan a entender por el mero intelecto. Esto es algo que hay que asimilar  en el Espíritu,  algo que tiene que ver con la nueva criatura, con lo que escribe Dios en la mente y en el corazón no con lo que nosotros podemos lograr a través de reuniones, de pláticas, de enseñanzas doctrinales.

Hablar de coyunturas implica abordar el tema de la presencia de Dios en el hombre. Si Dios no está en el hombre, ¿para qué nos molestamos? ¿Para qué hablamos de grandes cosas espirituales si Dios no ha venido, si Dios no ha establecido su reino en nuestro corazón?

La Verdadera Conversión

 Por eso, primero hablamos de la conversión y la ilustración conocida del árbol que recibe un  hachazo al tronco (ver lección de “Arrepentimiento” del cuadernillo “Puerta, Camino, Meta”), bien cerca de la raíz y no un montón de golpes a las ramas.  Es cuestión de  cambiar de actitud y no algunos actos. ¡Eso es tremendo! Esta es una lección no mental sino espiritual: tiene que haber una caída del árbol, debemos llegar a tener la convicción de que Dios cortó el árbol anterior y nace uno nuevo, un brote celestial, que proviene del cielo, de una simiente que se depositó en la tierra de mi vida dando luz un nuevo árbol.

 Dejemos el árbol ahora y vayamos a la realidad. Somos humanos, tenemos un cuerpo terrenal. Este cuerpo está dirigido por la voluntad del hombre pero repentinamente cae en él una semilla que plantada por el Espíritu Santo y la inquietud comenzó. El hombre se revisa a sí mismo y entra en conciencia de que es pecador, reconoce sus pecados porque empieza a operar el Espíritu Santo, y oye la noticia de la salvación del Evangelio, y el Espíritu de Dios comienza a obrar conforme a su voluntad, estableciendo en el corazón de este hombre que no conocía a Dios, un elemento divino, inefable. No lo podemos explicar, es un toque del Espíritu Santo en la mente del hombre que le conduce  finalmente a inclinarse delante de Dios y decir “¡oh Dios, hágase tu voluntad en mi vida!” Allí empieza “Metanoia” [en griego significa cambio de actitud y es la palabra original en el NT para “arrepentimiento”], ahí comienza a rendir su voluntad a Dios, ahí es el lugar exacto donde ocurre la conversión, entregándose a Dios íntegramente porque ha entendido el Evangelio, entendió el valor de la sangre de Cristo, entendió la redención, que el Justo murió por los injustos para llevarnos a Dios.

 “El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en Él”

 En esta revelación  comienza la luz de la nueva vida, la luz del nuevo día, la luz del arrepentimiento, es decir, el gran  cambió de actitud. Antes la actitud era “yo soy dueño de mí mismo, yo soy el señor de mi vida”, pero ahora la nueva actitud es “ya no soy más yo señor sino Cristo es el Señor”.

 Así que hemos tomado la ilustración del árbol para graficar este proceso: no es cuestión de darle golpes a las ramas cambiando algunas costumbres; es cuestión de darle golpes al fundamento de la vida que es la voluntad. Los actos son resultado de esa voluntad y actitud. La actitud es el sentir del corazón, la fuente de la vida que está plantada en un hombre. La actitud del hombre pecador es: “yo hago lo que se me da la gana, hago lo que quiero”. La actitud de un discípulo de Cristo es: “haré lo que quiere el Señor”. Ese cambio es la fuente de la nueva vida. Si tengo la voluntad de seguir a Cristo, seguiré a Cristo, pero si tengo la voluntad de no seguir a Cristo, no lo haré.

La Mezcla

Alguno dice: “Me atrae el Evangelio y tengo la voluntad de ir a las reuniones y portarme mejor”, pero esto no es suficiente, esto no es el Evangelio. El Evangelio es: “Ya no vivo yo mas vive Cristo en mí”, “ya no hago mi voluntad sino la voluntad del Señor, cambié de camino, cambié de Espíritu, cambió mi mente”. O manda Dios, o mando yo. La mezcla no pasa la prueba. La mezcla no entiende. La mezcla termina por definirse en un sentido o en otro. A veces se define contra la voluntad de Dios y otras veces va definiéndose cada vez más hacia la rendición total de la vida al Señor porque ya no puede más pelear con Él, ya no puede más luchar con la dualidad. Se da cuenta que hay uno que manda. Hay uno que es Señor, que demanda el señorío de la vida y se rinde.

Pero muchos logran vivir en la dualidad por la pobreza de su vida espiritual, por estar confundidos respecto a los principios de Dios, por su falta de oración y comunión con El. Leen la Palabra, van a las reuniones, hablan del Señor infinitamente, (inclusive puede que hablen todo el día de Él), pero adentro de su corazón hay piedras y espinos. No han limpiado bien su almácigo y la tierra donde viven está contaminada. No nacieron bien. Hay definiciones que tienen que darse todavía. El hacha no vino a la raíz; solo cortaron algunas ramas pero no el tronco. Modificaron alguna conducta pero no calaron hondo en la voluntad de la persona.

Practican algunos actos que indican cierta cercanía a Cristo, cierto conocimiento del Señor y, posiblemente mucho conocimiento del Señor pero solo en cuanto al hacer. En cuanto al ser, distan mucho de lo que es alguien entregado, alguien rendido, alguien que recibió el hachazo en el tronco de su vida y se volteó el árbol de su voluntad. Todavía estos están peleando en el nivel de la actitud, buscando un “equilibrio” entre la voluntad de Dios y la propia. Viven en una dualidad. Hay piedras que impiden el nacimiento del gobierno de Cristo, espinos que ahogan la semilla del Reino. Hay pensamientos carnales y hay pensamientos espirituales que se mezclan. Que se desarrollan en un contexto aparentemente cristiano, sin que haya verdadera conversión. En ellos persiste la duda: finalmente, ¿vencerá el Espíritu Santo o vencerá la carne?

El árbol ha caído solo cuando la voluntad está totalmente entregada a Cristo, cuando el único que gobierna esa vida es Cristo, cuando la única voluntad que se ejerce en esa vida es la de Cristo, cuando el único motivo de esa vida es servir al Señor. El que vive así entendió el llamado de Cristo. Ya no anda jugando al juego de cuánto puedo hacer por mi cuenta sin que moleste mi vida espiritual; cuánto puedo hacer de mi voluntad sin que esto signifique ser cortado del reino de Dios. No, esas discusiones no están más. Está todo entregado. “Dame hijo mío tu corazón. Dame tu corazón, todo tu ser, toda tu voluntad, toda tu fuerza, ríndete, por completo”. ¡No podría ser más claro el Señor!  “¿Quieres venir en pos de mí?, niégate a ti mismo. Niégate a ti mismo, no te niegues a algunos actos. Niégate a ti mismo, niégate a tu voluntad, niégate a tu tremenda sinuosidad de volver a hacer lo que quieres y determinar en muchas ocasiones todos los días, todo lo que te interesa a ti. Tus caprichos, tu forma de pensar, tu voluntad, tu carácter. Quiero que tomes mi yugo, es decir, cambies de yugo, cambies de dirección, cambies de corazón, cambies de mente. Cambia todo. Niégate. Toma tu cruz. ¿Y qué más? Pierde tu vida”.

¿No es ese el mensaje del Señor? Y aún nos dice más:  “el que ama a padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, más que a mí, no es digno de mí” y “el que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo”. “Aún también su vida, sus intereses, sus glorias, sus razones, su voluntad”. Está bien claro.

Y cuando Pablo dice que “lo he perdido todo, lo tengo todo por basura” está diciendo que lo único grande que él ahora tiene es conocer a Cristo. Encontró un tesoro de gran precio y fue y vendió todo lo que tenía para poder comprarlo (Mat 13.44); encontró una perla de gran precio, fue y vendió todo lo que tenía para poder comprarla (Mat 13.45). No vendió una parte, lo vendió todo. Si no vendemos todo, lo que queda siempre va a conspirar contra la gloria divina y preciosa, incalculable, de la vida que Dios nos ofrece, el cambio que Dios nos propone, de la nueva dirección que Él quiere que tomemos.

Hay que voltear el árbol desde el tronco, que es nuestra voluntad. Cuando esto está bien hecho, la voluntad se entrega y ya no hay gloria propia sino la de Cristo, ya no hay pensamientos propios para elaborar un plan propio que lo hace a su medida y su forma sino que aceptamos sumisos rendirnos al Señor, que ahora vale más que todas las cosas que tengamos. Ni nuestros hijos, ni nuestros padres, ni nuestras esposas pueden interferir en el amor que le tenemos a Cristo. Y si cualquiera de ellos se levantara y afectara ese amor, nos levantaríamos para condenar la situación aceptando la cruz de Cristo antes que la holgura o la benevolencia de una situación mejor. Llegaríamos al punto del sacrificio máximo en la tierra de perderlo todo, inclusive perder la esposa y los hijos. Porque queremos a Jesús más que a nadie.

¿Qué puedo ganar yo sin los brazos del Señor? ¿Qué puedo poseer sin la voluntad de Dios, sin que Él lo permita? ¿Qué parte tendría yo en el mundo que Dios ha preparado en la gloria venidera, si he permitido que alguna cosa impida mi comunión con Cristo, si  he permitido que un pariente, un amigo cercano, un hijo, una hija, una esposa, un marido, un padre, una madre, interfiera mi comunión con la fuente de vida, con la razón de toda existencia? ¡Hablamos de Dios, el Eterno, el dueño de todo y de todos! ¿No es irracional rendirme a otro señor que no sea Él? ¿Con quién me voy a encontrar al final de mi camino?- Con Él. Sigo preguntando: ¿voy a llegar al final de mi camino con grandes riquezas espirituales o con mi propia voluntad interfiriendo constantemente en la obra que el Señor quiere hacer en mí? ¿No es Él Dios? ¿No es Él el Señor? ¿No dice la Palabra “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu fuerza”, no dice así?

Recién ahí podemos empezar a amar al prójimo como a nosotros mismos, solo después de amar a Dios, después de amarlo y obedecerlo. Después de la rendición natural de mi ser, que fue hecho por Él y ahora es redimido por Él. Él no solamente es mi Hacedor sino mi Redentor. ¡Qué tremendo pensamiento! ¿No tiene Él el derecho a decirme: “ámame a mí más que a todo lo demás?”. ¿Quién me dio los hijos? ¿No fue Dios? ¿Quién constituye a un padre, a una madre? ¿No es Él? ¿Quién hace al hombre habitar en familia? ¿No es Dios?  Y si mi familia me negara o impidiera algún aspecto de mi comunión con Dios, seguramente lo que les molesta es mi insistencia en ser tan fiel a Dios, en poner a Dios sobre toda otra persona.

 Un joven dice: “Mi papá se siente disminuido, puesto en un plano inferior porque yo ahora ubico a Dios antes que a Él”. Bueno, esa es una disminución que tiene que soportarse, porque hasta ahora su papá vivió mal y creyó que era el dueño de todo y resulta que el dueño es el que hizo nacer a su hijo, el que le dio la vida y le dio los árboles y las estrellas, no el terrenal. No puedo amar otra cosa por encima de lo que amo al Hacedor de todo y  Redentor. Y no es solamente el Hacedor, no es solamente el Dios omnisciente, omnipresente y omnipotente sino que además es quien se dio en sacrificio por mis pecados. Es el Dios lacerado, es el Dios golpeado en la cruz, que hizo la redención a costas de entregar su vida por mí. ¡Por mí! Su sangre por mí. Su amor por mí. Su quebrantamiento por mí. Su angustia por mí. No es solamente mi Dios Creador, es mi Dios infinitamente mayor aún: Redentor, sacrificio por mis pecados. Ese Dios es el que vino a mi lado, llegó donde yo estaba. Nadie llegó tan cerca de mí, vio mi maldad, vio mi perdición, tuvo misericordia, decidió hacer el máximo sacrificio al cargar Él con mis pecados, con todo lo que era mi culpa, y hacerse culpable, víctima, cordero, para morir por mí.

 ¿Puedo tener más afecto por alguien que por Él? ¿Puedo recibir esta redención tan grande, tan costosa para Dios, y que aún asigne a alguna cosa en la tierra más valor que a Él? Mi padre terrenal es una relación temporal, mi madre es una relación temporal, mi hijo es una relación temporal, ¡pero mi relación con Él es eterna! Como ser humano que debe enfrentar la eternidad tengo que entender mi culpa, la realidad de mis pecados, y que ahora, por la gracia de Dios, el Espíritu Santo me comunica que alguien murió por mí y que alguien pagó el precio que a mí me tocaba pagar: la muerte. Y yo quiero retribuir, hacer valer esa muerte, ese precio pagado, y para esto Dios me pide una sola cosa: que sea Él el sumun, la totalidad de todo cuanto yo quiero, la máxima aspiración de mi vida, la única razón de mi caminar, la única razón de mi andar, de mi ir y venir.

 Él pide que yo sea esclavo de Cristo. Así como fui esclavo del pecado ahora soy esclavo de la Justicia; así como me dominó hasta ahora el mundo y su engaño, ahora el que me quiere dominar es la Verdad, el Camino Verdadero. La Verdad cierta y verdadera, sin confusión, sin engaño; y el Amor Verdadero quiere penetrar en mí, quiere transformarme, de una criatura perdida en una criatura salvada. De una criatura que caminaba hacia la perdición a una criatura que camina hacia la gloria. Me quiere transformar de un perdido en un salvado. De uno que pierde todo y es condenado a la perdición, a uno que es salvo, que es libre y es enriquecido con toda riqueza espiritual en los lugares celestiales en Cristo.

¿Qué condiciones pone Dios para que yo reciba toda esta bendición? -Que me rinda a Él, que tome mi cruz, que muera a mi vida, que muera a mis pensamientos, que muera a mi forma de vivir, que muera a mis apetitos, a mis planes, a mis propósitos propios, que muera a mi riqueza terrenal, que muera a mi dote terrenal, que muera a todo afecto a este mundo. Ahora todas mis devociones cambiarán porque voy a tener una vida nueva, un corazón nuevo, una mente nueva (“Metanoia”). La actitud frente a cada suceso que enfrente de ahora en más será otra. No solamente los actos, porque entregaré mi corazón, mi voluntad. Todo mi ser estará absorbido, estará entregado, estará dominado por mi Señor, mi Rey, mi Salvador. El Dios, no solamente Creador, sino Redentor. Él será el dueño de mis afectos, de mi vida. Él va a ser mi razón de vivir. Él va a ser mi amor principal. Él va a ser mi amo, mi dueño. Me rendiré a Él.

Aceptaré sus condiciones,  y, sus condiciones son absolutas: “Haced morir lo terrenal en vosotros” (Col 3.5), “Puesto que tenemos tales promesas limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2Cor 7.1). ¿Hasta dónde? Hasta el Máximo, total. ¿Hasta dónde me modifica? -Completamente. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron he aquí todas son hechas nuevas (2Cor 5.17)”. Ya no soy carne sino espíritu. No soy una mezcla entre espíritu y carne, (esta es la mezcla evangélica, la mezcla cristiana común: un poco de Espíritu Santo y mucho de la carne, la carne y el Espíritu mezclados). ¡NO! Dice Jesús: “lo que nació de la carne, carne es, lo que es nacido del Espíritu, Espíritu es” (Juan 3:6).

 

¿Qué dice Pablo en Romanos Capítulo 8?: “Ahora pues ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. No los que tienen un poco de Cristo Jesús sino los que están en Cristo Jesús, inmersos en Él. Perdieron todo para meterse en Él. “Los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu”. ¿Qué es “no andar conforme a la carne”? -Que hemos sido cambiados totalmente, esencialmente. Nuestra mente cambió, nuestro corazón cambió, se cumplió lo que dice el Señor: “Escribiré mis Leyes en sus mentes y corazones” (Jer 31.33). “Os daré corazón nuevo y pondré Espíritu nuevo dentro de vosotros y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne y pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos,  guardéis mis preceptos y los pongáis por obra” (Eze 36.26-27)

¿Tenemos conciencia de la profundidad de estas palabras? Ellas hablan de un cambio absoluto, una entrega absoluta. Es una muerte y una resurrección. Morimos a nuestra vida presente, a nuestros efectos propios, a nuestras glorias personales, a nuestra forma de pensar, al derecho de gobernar nuestra vida y, entregamos el gobierno a Cristo, que es el Señor. Nosotros, esclavos de Cristo, Él el Señor.

En nada nos interesa nuestra voluntad cuando seguimos la de Él. Esto es “Metanoia”, el verdadero y único arrepentimiento aceptable ante Dios. Es darle el golpe, no a la rama, sino al árbol. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8:2)  ¡Soy libre del pecado y de la muerte! No estoy más obligado al pecado, ni a una mezcla tibia con él. La ley del pecado y de la muerte desapareció. He sido librado de ello. Ya no pecamos. Ya no andamos en nuestra propia voluntad. Ya hemos comprendido quien es nuestro Señor y nos rendimos a Él para que Él sea Señor en todo.

 

“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del Espíritu en las cosas del Espíritu” (Rom 8.5). ¿Nos damos cuenta de que Pablo nos da dos alternativas opuestas sin variantes intermedias: carne o Espíritu Es una simulación, es un mero deseo, una mera intención, pero no una realidad. No hay cambio de corazón. Cuando tocamos a quienes viven en la mezcla saltan, gritan, pecan, se violentan, porque adentro está el “yo” gobernando la vida. “Sí, sí, yo no quiero perder el reino de Dios”, dicen. ¿Quién lo quiere perder? “…pero que no me cueste nada” piensan sin decirlo. ¡No!, ¡Estás errado! ¡Te va a costar todo! Tendrás que deponer tu actitud. Vas a tener que deponer tus propios intereses. Vas a tener que cambiar los ideales de tu vida. Vas a tener que pensar en cambiar tus modos de pensar y de actuar, total, íntegramente. “Porque el ocuparse de la carne es muerte pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (V.6)

 

¡Cuántos creyentes cantan el himno el domingo pero se ocupan solo de la carne el resto de la semana! ¡Cuántos creyentes alaban a Dios y despliegan una gran virtud solo el domingo! Pero ellos no quieren que alguien les pregunte cómo están, no quieren una coyuntura. No quieren someterse a alguien que los ve, que los mira. ¡Nadie es suficientemente santo para estar al lado de ellos! Ellos adoran a Dios como ellos sienten sin que nadie les “moleste”. Pero, ¿qué hacen durante la semana? -Su voluntad. Desprecian, aman solo lo que ellos quieren amar. Tienen su modo teológico de explicar por qué no aman ciertas cosas que debieran amar, y tienen gran argumentación interior para sustentar como viven, pero no han experimentado la realidad de la muerte en Cristo; la muerte a su propia voluntad, para aceptar la voluntad de Cristo. No han tomado el yugo de Cristo. No han entrado por la puerta angosta, sino que han intentado ensancharla un poco para hacer a su modo más fácil las cosas. ¡No! ¡La puerta es angostísima! ¡Nunca Dios la ensanchó, ni permite que nadie lo haga!

 

En la palabra siempre encontramos lo mismo. “Niégate. Toma tu cruz y sígueme”. Siempre igual. “Porque los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden”. Es decir que, si yo vivo en la mezcla, esa mezcla contraría a Dios, entristece al Espíritu Santo. Apaga el poder del Espíritu. No puede Dios actuar en mi vida. La rica savia de la vid no está fluyendo. ¿Y qué va a pasar? Estoy en el valle de decisión mientras  la misericordia de Dios está obrando todavía. ¿Qué está haciendo Dios? -Queriendo convencerme de que estoy mal. Queriendo entristecerme por mis errores. Queriendo mostrarme con su benevolencia y amor que ese no es el camino. Que entendí bien una parte, pero no el todo. Tengo que entender que los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden. Es decir, es una situación imposible que yo guarde en mi corazón ciertos planes propios, míos, ciertos puntos de gloria que quiero alcanzar, míos, personales y a la vez agradar a Dios. Puede que conserve mis grandes temores y mis grandes pasiones, y me diga a mi mismo: “Yo voy a cuidar mi vida, no quiero ser una persona arrastrada por algún otro. Yo quiero cuidarme bien, que nadie me diga lo que debo hacer”. Esta inteligencia es carnal, es animal, diabólica.

 

¿Quién te va a cuidar mejor que Jesús? ¿Quién tiene mejor plan para tu vida que Él? Acaso, ¿consideras un riesgo el depositar tu vida en las manos de Cristo? ¡No! El riesgo lo corres ahora, mientras no entregas tu vida en las manos del Señor, porque esa pasión carnal que hay en ti, quiere destruir todo lo que Dios ha hecho en tu vida. “Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios, mas vosotros…”, dice Pablo: “…no vivís según la carne sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros, y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él”. ¡Ay de los que no tienen a Dios y pretenden, simulan tenerlo! Estos son meramente incrédulos.  ¡Ay de los que tienen la idea de que tienen a Dios y no lo tienen! ¡Éstos sí que están mal!

Tal confusión es lo peor que nos puede pasar tanto en esta vida como en la por venir, porque la peor sorpresa que podemos recibir es que el Señor no nos reconozca en el día final. “Pero Señor si yo he cantado, he predicado, si yo he hecho milagros, si yo he estado en tu casa toda la vida, nací con padres creyentes ¿cómo dices que no me conoces?”. El tal no entendió la redención, no comprendió las bases de la salvación, no entendió el llamado hecho por Cristo, no entendió el Evangelio. Creyó que el Señor exageraba o tomó en poco las advertencias y condiciones que el Señor puso. ¡No! Su ley, sus mandamientos, sus condiciones son claras y Él va a juzgarnos conforme a ellas. Sus palabras, siempre claras y fáciles de entender, serán las que nos permitan entrar o ser excluidos  de la vida eterna.

 

Debemos ir a la Palabra y enfrentarla con ojos abiertos y corazón atento. Porque, como dijimos, de acuerdo a ella vamos a ser juzgados en el día postrero. Si yo no vencí la carne, sino que viví una mezcla de carne y espíritu; si mi círculo es el del “religioso”, en el que  nunca el Señor ha sido el Rey absoluto; si en el centro de mi vida todavía está mi corazón, todavía reino yo, todavía hago mi voluntad, es que aún vivo la mezcla del religioso, del que vive engañado. Pretendo tener a Cristo en alguna parte de mi vida porque lo “invité a algún día a mi corazón”, pero le ofrecí en él una pequeña silla incómoda, no el trono de mi vida, en el cual sigo yo sentado cómodamente. Le ofrecí entrar en un pequeño cuarto al que esporádicamente lo voy a ver. Lo metí en un lugar conveniente a mi control desde dónde Él no pueda ejercer dominio, sino por el contrario,  donde yo creo que lo puedo manejar a Él, porque no he tenido la fe y la confianza de dar un hachazo final a mi reinado abandonando todo a sus pies.

 

Así es la dualidad, un poco de Cristo y un poco de ti. Dos comandos en un mismo corazón. Deberás escoger tu reinado o el de Cristo, porque la dualidad te condena. “Los que son guiados por el Espíritu de Dios los tales son hijos de Dios”. Aquí no hay dualidad, no hay doble gobierno. Si tú sigues un poco tu voluntad y otro poco la de Cristo, yendo un poco detrás de tus preferencias para luego, por un poco de tiempo, volver a obedecer al Señor, evidentemente Cristo no gobierna en tu vida, porque sigues siendo tú quien decide cuando gobierna quien.

 

Si es así en tu vida, ¿quién manda en realidad en tu corazón? -Mandas tú. ¿Por qué no lo dices abiertamente? Para que Jesús mande en tu vida tiene que haber una rendición completa, tiene que haber “Metanoia”, tienes que renunciar de manera absoluta a tu voluntad. Debes tener un cambio de actitud, no de actos externos solamente, porque ¿de qué sirve hacer de una manera cuando los deseos de nuestro corazón son otros? Un cambio de actitud verdadero es el que cambia los deseos de nuestro corazón y por lo tanto los actos que siguen están en plena armonía con ellos.  Los actos son relativos pero la actitud es una determinación básica, fundamental, que solo puede ocurrir en un nuevo corazón.

Entonces, o bien tenemos un corazón para pecar, para agradar al mundo, o un corazón para Dios. No nos engañemos con las medias tintas, con las mezclas, porque Dios no las acepta. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Si alguno no es dominado por la presencia del Señor, si alguno no entregó todo a Cristo, si alguno reservó buena parte de su vida para definirla por su cuenta, no tiene a Cristo gobernando en su vida. Si Cristo no es el único a quien apelamos, si Cristo no es la única fuerza en nosotros, si El no es nuestra única fuente de vida, la única razón de ser, sino uno más de los “medios señores” a quien recurrimos alternativamente, insisto, nos engañamos a nosotros mismos creyendo que somos de Él, pero no lo somos.

 

Dios sabe cuántas veces nosotros tomamos decisiones en base a nuestra propia voluntad. Los grandes líos de nuestra vida, los grandes momentos de dificultad, la dificultad que tienen otros para tratar con nosotros, la falta de dar imagen de una sierva y de un siervo de Cristo hacen evidente que en nosotros hay mezcla y la mezcla es peligrosísima. La mezcla indica que todavía Jesús no es Señor. La mezcla indica que todavía no han terminado de darse las condiciones de salvación. La mezcla indica que todavía estamos como bebés y no se puede seguir siempre como bebé.

 

Lee Hebreos 5:11-14 y verás que no se puede vivir en un estado permanente de inmadurez. Lee los versículos que siguen (Heb 6:1-8) y te darás cuenta que es necesario que los bebés vayan adelante, a la perfección, y si no lo hacen serán cortados. Hermanos, ¡cuán común es la situación que Cristo nos retrató en la parábola del sembrador! (Mat 13:3-9, 18-23). Cuántos hay que han tenido comunión con Dios, han sido partícipes del Espíritu Santo, han visto y han sentido los poderes del siglo venidero, han estado cerca de la vida y del reino de Dios, se han sentado horas enteras para escuchar la Palabra de Dios, pero finalmente no pudieron triunfar porque había piedras, había espinas. Había una voluntad mezclada, no una verdadera conversión. No ocurrió “Metanoia”. No se volteó el árbol.

Quien vive así no corre los riesgos de un discípulo de Cristo, ni tiene la pasión de uno que está encendido por el Espíritu Santo. Los que viven la mezcla no tienen la voluntad para sufrir el oprobio, el despojo de sus bienes, y, en fin, sufrir todo lo que se debe sufrir para ser un verdadero discípulo de Cristo. Se acostumbran a una vida blanda, acomodada a su gusto. A una vida un poco carnal y otro poco espiritual, algo que es en sí una absoluta contradicción y un imposible, porque al fin Dios va a determinar que los tales han luchado contra su Espíritu y han insistido tanto en esta mezcla que Él mismo los corta de la vid.

 

Volviendo al pasaje en Hebreos. Vamos adelante, a la perfección, y esto haremos si Dios lo permite, porque algunos han excedido la medida de la gracia de Dios. Han jugado tanto con la gracia, han dicho tantas veces que sí cuando era en realidad un “no” o “ni”, que Dios retiró su gracia y ya no hay más esperanza sino una horrenda expectativa de juicio. Si lo que digo te parece extremo, lee Hebreos capítulo 10, versículo 26 y lo que sigue. Si tienes ánimo, si tienes fuerza, léelo.

 

 

Hay solo dos reinos, hay solo dos opciones. O estamos en el reino de las tinieblas o hemos sido trasladados al Reino del Amado Hijo (Col 1.13). La verdadera conversión implica un traslado, un salir de un espíritu y entrar en el otro, un salir del reino o imperio de las tinieblas y ser trasladado al reino del Amado Hijo. Si estoy en el Reino de Jesucristo, Él solo es mi Rey, a Él solo obedezco, y he desechado por completo la autoridad de mi “yo” y puedo decir con Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo más vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi” (Gal 2.20).

Amén.

Meditación de Ivan M. Baker 30/5/99