Haciendo Discípulos: Pensamientos Acerca de Nuestra Tarea, Ivan Baker

Esta es la transcripción del audio tomado en una charla dada por Ivan que él mismo tituló “Nuevos Discípulos” del año 1998. Palabras muy útiles para quienes hacen la tarea de discipulado, dadas por alguien que dedicó su vida a colaborar con Cristo en la transformación de un gran número de hombres.

Es fundamental que cuando hacemos discípulos tengamos la capacidad de entender sus necesidades. Para usar un lenguaje médico, si un paciente precisa un tratamiento, una medicina, es necesario contar primero con un correcto diagnóstico.  En nuestro caso esto significa que debemos situarnos en la necesidad de la persona. Por lo tanto debemos aprender a oír bien, a ubicarnos en su realidad. Debemos acompañar a la persona en su propia necesidad. Muchas veces no logramos ayudar efectivamente a quienes están bajo nuestro cuidado por no desarrollar esta capacidad.  Ahora, una vez que entendemos esto, que nos ubicamos en sus necesidades, nos volvemos un instrumento útil en las manos del Señor para la transformación de vidas a la imagen de Cristo. No es que vamos a vivir su situación de manera literal, sino que como el médico que atiende a un enfermo, partiremos de sus necesidades para comenzar a administrarle medicina espiritual, la verdad de Dios que precisa recibir.  Y paulatinamente de esta forma  vendrá la cura de Dios para las necesidades de quienes están a nuestro cuidado.

Keith Bentson lo expresó de esta manera:

  • Primeramente debemos recibir a la persona tal cual está.
  • En segundo lugar debemos nosotros mismos entregarnos, darnos, brindarnos, a ella.
  • Una vez que hemos ganado la confianza, tenemos autoridad para dar la palabra del Señor.

Nuestra medicina también puede compararse al hacha con que talamos árboles y los volteamos. Es más efectivo que demos unos pocos golpes en el punto que el Espíritu Santo ha elegido, que infinitos golpes a múltiples puntos, volviéndonos así una molienda para el discípulo. Imagínense que si quisiéramos voltear un árbol dándole golpes por todos lados, no lo lograríamos nunca. Solo lo mutilaríamos pero no lo voltearíamos. En cambio, solamente unos cuantos golpes bien dados con el hacha afilada a la raíz es lo que va a voltear al árbol.

Dos cosas más mencionaré de la manera de tratar a las personas, y de cómo hablar con ellas:

  1. La primera es que nuestra actitud estará despojada totalmente del sentir de que la obra la haremos nosotros, sino que confiaremos totalmente en la guía y en la presencia de nuestro Señor. Nos causa mucho gozo al saber que nosotros no podemos convertir a las almas, esto nos tranquiliza. Yo por muchos años pensaba que tenía que convertir a las almas. Me esforzaba pensando que alguna clase de habilidad tenía que haber en mí, pensando que fulano y fulana se iban a convertir y que iban a ser fieles gracias a alguna habilidad propia mía, pero todos estos cálculos terminaban en el fracaso. Ahora no hago más estos cálculos. Espero que Dios obre y lo lleve a cabo, entonces después con los frutos podemos determinar la obra que El está haciendo. Así que nosotros no podemos salvar las almas,  el que las salva es el Señor. Nosotros no podemos agregar a la iglesia, sino que Cristo es él que agrega a la iglesia a los que van a ser salvos. No podemos bendecir ni hacer crecer a nadie: es una obra que exclusivamente la puede hacer el Espíritu Santo. Nuestra parte es ser obreros bajo su mando. Como obreros nos ponemos sumisos en las manos del Señor, no avanzamos más de lo que avanza el Señor, ni declaramos cosas antes de que los frutos lo demuestren; permitimos que las personas vengan bajo la influencia del Señor y que él haga su obra.
  2. También tenemos que tener en cuenta que la obra que haremos no es cosa que se logre en un día sino que se logra a través de mucha paciencia. No crecen en un día los discípulos, Dios tiene que darnos esa gracia para perseverar y tener paciencia con todos para que sean formados y crezcan en Cristo Jesús.

La gracia de Dios en la transformación del discípulo.

Finalmente podemos hacer algunos comentarios sobre los resultados:

Dice el Señor “hay de nosotros cuando a lo malo llaméis bueno y a lo bueno llaméis malo, por sus frutos los conoceréis”.

  • No consideremos crecido al que no ha crecido.
  • No consideremos siervo, al que no lo es.
  • No llamemos discípulo, a uno que todavía no se ha arrepentido.
  • No reconozcamos en los discípulos solamente su asistencia a los cultos, su buena disposición o subuena educación, o sus buenas palabras.

Nos asusta un poco cuando algunas personas comienzan a decir: “yo tengo mucha fe, yo voy a ser fiel, no se preocupe que no tengo problemas en aprender”. En estas las palabras se revela una confianza de la persona en sí misma, y eso nos debe preocupar. En cambio, por otro lado, cuando alguien se siente muy débil, pero clama al Señor, se toma de Cristo por fe. Dice la palabra “el que piensa estar firme mire que no caiga”, Pablo Dice: “cuando soy débil entonces soy fuerte”. Dios perfecciona su potencia en nuestra debilidad, por eso Pablo dice “por tanto me gloriaré más bien en mis debilidades”. Cuando uno se gloría más bien en sus posibilidades está excluyendo la gracia de Dios y está revistiéndose en su propia fortaleza. Dios declara “que es maldito el hombre que confía en el hombre” y pone el brazo de carne por su fortaleza y se aparta del Señor.

De modo que, cuando alguien dice “yo puedo”, “pierda cuidado que yo voy a ser fiel”, “yo tengo mucha fe o yo esto lo puedo hacer”, más bien es una indicación de un hombre, de una mujer que no ha entendido la gracia de Dios.

Debemos estar dispuestos a percibir solo lo que realmente muestra una vida transformada. Como resultado de nuestra labor, habremos convertido, si es que Dios realmente ha obrado, hombres y no almas. Dios no nos envío a salvar almas sino a salvar hombres. No se trata de salvar las almas para el día del Señor en la eternidad. Se trata de salvar hombres aquí y ahora, que sean salvos de su vana manera de vivir, la cual recibieron de sus padres y que aprendan en todos los aspectos de su vida humana a caminar con Cristo Jesús. El Reino no es algo que ha de venir un día. Es cierto que en un sentido sí, cuando el mundo entero lo vea, pero ahora en la iglesia, en los redimidos ya ha llegado el reino de Dios. Es fundamental que nuestra operación sea para que se logre el establecimiento del reino de Dios, en la vida personal de los discípulos y en sus hogares.

Los padecimientos del obrero del Señor.

Hay algo que debe caracterizar al obrero de Dios y es “la paciencia”. Sin ella es imposible perseverar y sortear todos los problemas, grandes y difíciles que debe sortear cada obrero del Señor. No es una labor de un día, es un largo camino, sino tenemos paciencia será imposible recorrer ese camino, habrá muchísimas situaciones para experimentar profundos desalientos. Cristo mismo exclamó en una ocasión, como quien angustiado de espíritu declaraba una pena profunda, una congoja, él dijo, “Oh generación infiel hasta cuando os he de soportar”.

El siervo de Dios en cierta medida también siente este mismo peso, esta misma carga que sufrió Cristo Jesús. Tendremos toda clase de desalientos con algunos de los discípulos, pero no hay nada que haga llorar más a un padre espiritual que ver a un hijo que nació, que creció, que se fortificó, que de repente cae en un grosero pecado o es arrastrado por el mundo, se desvía de la verdad aceptando como verdad algo claramente erróneo. En fin, estamos expuestos a todos los males del camino, y no hay dudas que el siervo de Dios va a sufrir grandes penas.

Dios no permitirá que seamos tentados o entristecidos más de lo que podemos sobrellevar. El ha prometido que en cada circunstancia dará la puerta de escape, la puerta de salida, el consuelo. Podemos decir aquí; que esta clase de carga es la más hermosa que podemos llevar: sufrir trabajos como fieles soldados de Jesucristo. No solo nos ha permitido Dios como una concesión muy preciosa que creamos en Cristo, sino también que padezcamos por él, pero las lágrimas del sembrador de la buena semilla serán enjugadas cuando vuelva a venir con sus gavillas. Hay un día de cosecha muy precioso, y ese día será maravilloso escuchar el “bien hecho”, “buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tú Señor.”

Si había algo en la vida de Pablo que ardía en su corazón era este deseo de ser hecho partícipe de los padecimientos de Cristo Jesús. Yo creo que cuando Pablo usa estas palabras no se refiere a padecer los mismos dolores de la cruz del calvario, sino a padecer “lo que falta”, “lo que resta”, como él mismo lo explica, de los padecimientos de Cristo. Cristo en la cruz padeció por nuestros pecados y redención. Ahora nosotros debemos padecer, llevar la carga, hacer la obra que aún queda por hacer: ser colaboradores en la transformación de vidas a la imagen de Cristo.

Cuanta paciencia hay que tener con:

  • los burladores,
  • los que rechazan, que después de rechazar muchas veces aceptan,
  • los que empiezan a andar muy débilmente que hay que estar al lado de ellos con tanta paciencia esperando que sean fortificados,
  • los que se convierten y luego se enferman con alguna enfermedad espiritual, de esas tan comunes en los discípulos, y hay que estar ahí al lado de ellos esperando darle la medicina, y, en fin,
  • los rebeldes que tienen dificultades en entender lo que es la sujeción, lo que es el quebrantamiento, ¡cómo hay que tener paciencia con estas cosas!

Pero la paciencia, y el dolor que sufren los siervos del Señor están completando los padecimientos de Cristo Jesús.

Podemos exclamar con gozo: “Bendito sea el Padre de nuestro Señor Jesucristo”,  “El Padre de misericordia y el Dios de toda consolación, él cual nos consuela en todas nuestras tristezas para que nosotros también podamos consolar a los que padecen cualquier aflicción con la consolación que somos consolados de Dios.”

Es decir que el verdadero padecimiento que glorifica a Dios es, el padecimiento por ser fieles a él y por servirle.

¿A quienes debemos formar?

Un punto muy importante que ayuda al obrero es saber discernir a quienes se debe impartir la enseñanza. Dice la escritura claramente que no echemos las perlas a los puercos. Es imposible dar enseñanza a quien no tiene interés en recibirla, de la misma manera que es imposible dar de comer a quien rechaza la comida. No podemos ponerles comida en la boca cuando los dientes están cerrados fuertemente. Tengamos cuidado de no malograr nuestro ministerio insistiendo en dar a los que no pueden recibir porque no quieren.

El Señor siempre reconoció la libertad que el hombre tiene en cuanto a Dios de abrir la puerta o de cerrarla. El Señor nunca obligó a nadie a creer en Cristo Jesús. El quiere que sus siervos lleven en los tesoros de Dios, como verdaderos tesoros, no como cosa barata que se pone delante de los que quieren, de los que no tienen tanto interés y de los que no quieren para nada. El quiere que los tesoros sean tesoros como algo muy apetecido, que deben buscarse con todo el corazón, los que pretenden llegar a Dios. Esto no significa, por supuesto, que vamos a encerrarnos, alejarnos de los necesitados, sino que vamos a trabajar entre ellos. Pero la única forma de descubrir si realmente tienen hambre o no, es que a medida que ministramos observemos si hay una resistencia a Dios, a su palabra. Ese es el momento de detenernos.

Con la ayuda del Espíritu Santo…

Podemos decir finalmente que solamente el Espíritu Santo podrá ayudar al maestro para saber entregar la enseñanza. Cuándo comenzar, con qué persona, que es lo que quiere el Señor que compartamos, etc. Solamente el Espíritu de Dios lo puede determinar.

Por eso el siervo de Dios debe estar en comunión constante con el Señor. Dijo Cristo: “yo soy la vid verdadera, vosotros los pámpanos el que está en mí y yo en el este lleva mucho fruto porque separado de mí nada podéis hacer”.

Dios es el que nos ha dado en Cristo todo los medios, todos los poderes, la sabiduría para poder entregar el mensaje. Pero es en Cristo, es en su poder que lo hacemos y fuera de su poder no tenemos autoridad, ni poder, ni gracia para entregar la palabra del Señor.

Cuando nos tomamos fuertemente del Señor y cuando nuestro servicio a las personas es echo en la plena fe del hijo de Dios, nunca vamos a errar al blanco.  Cometeremos muchos errores, es cierto, pero aún en los errores aprenderemos preciosas lecciones que el Señor nos enseñará. Así que animémonos, tengamos paciencia, hagámoslo en el poder del Espíritu. Dios ha prometido que estará con nosotros, y esto es lo más importante de su Gran Comisión. Fue Él quien nos dijo:  “vayan, hagan discípulos,  he aquí  yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¡A su nombre sea toda la gloria!

Uso de las “lecciones” (material)

En cuanto a la forma o al valor de las lecciones otra vez quiero decir:

  • En primer lugar, que el fin de las lecciones es evitar desorientación y proveer un material adecuado a la necesidad de los que se inician en el camino del Señor.
  • En segundo lugar, la continuidad en la enseñanza de ellas, ayudará al crecimiento del nuevo discípulo.
  • En tercer lugar las lecciones tratarán asuntos básicos para toda la vida cristiana: el comienzo, el desarrollo y su madurez.

Estas lecciones no pueden ser variadas. Si hemos olvidado alguna, se agregará más adelante, pero no podemos cambiar constantemente las lecciones. Quizá podemos cambiar el orden alguna vez. No podemos variar las lecciones porque ellas contienen precisamente los principios que nos enseñaron los Apóstoles para impartir la enseñanza de Cristo Jesús.  

Al principio las lecciones serán “playas”, de poca profundidad, a medida que vamos avanzando, el Señor irá transformándolas en profundas cisternas llenas de verdad, de nutrición. De modo que el progreso, la metamorfosis será, no el cambio de la lección en si, sino el ahondamiento de estas verdades cardinales que el Señor ha dado en su palabra. Por eso pienso que podemos dar estas lecciones hasta el fin de nuestros días, ahondando en su significado a medida que avanzamos y maduramos. Con el tiempo no volveremos más y más capaces, con mayor revelación, con mayor profundidad en las mismas enseñanzas.

Debemos volvernos con el tiempo más y más expertos en usar estos instrumentos del Señor. Pero al usar el mismo material y al insistir con las mismas verdades, ellas se harán carne en nosotros de una manera muy eficaz. Podremos ponerlas delante de nuestros discípulos tanto en el comienzo de su vida espiritual, cuando son apenas lactantes, como comida sólida cuando ya han crecido. Los mismos pastores darán enseñanza profunda sobre estas mismas lecciones, sobre estas mismas verdades.

Una cosa muy útil será aprender de memoria los versículos de la Biblia relacionados con estas lecciones. Por eso recomiendo el aprendizaje de los versículos con el sistema del “Circulo de Memorizadores” que está al alcance de todos. A esos versículos se podrán agregar otros que puedan estar relacionados con las lecciones, que puedan traer mayor revelación. En realidad, Dios nos enseña que hemos de memorizar su Palabra: “en mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti”. ¿Cómo podremos guardar los dichos del Señor en nuestro corazón si no los memorizamos? No es cuestión de tener un libro que se llama la Biblia, que uno cuando lo abre no sabe donde buscar. Otra cosa es tener un conocimiento de esos versículos de memoria con sus citas, referencias, capítulos, versículos, porque solo entonces la Biblia se abre y es un libro luminoso, lleno de enseñanza para nosotros y para los que nos escuchan. También en Colosenses 3 el Apóstol dice: “que la palabra de Cristo habite en nosotros en abundancia”. Esto es solo posible cuando ponemos especial dedicación a la fijación de la palabra del Señor en nuestras mentes y corazones por medio de la memorización.

También nos dice el apóstol que debemos tomar la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Yo creo que es difícil, muy difícil, que una persona pueda empuñar esa espada si no ha memorizado la Palabra.

Última advertencia al obrero.

En cuanto a la preparación del obrero de Dios, algo que se me había escapado pero que es fundamental, se halla en el hecho de que el obrero debe ser completamente carente de todo espíritu sectario. Solamente el que entiende lo que es la iglesia de Jesucristo, solamente el que discierne el cuerpo no ya como una denominación o como un grupito en la esquina con un templo así llamado, sino como un cuerpo que está unido totalmente, todos los que en cualquier lugar invocan al nombre del Señor.