Acerca De Las Fiestas Y Las Amistades del Discípulo, Danny Baker

Como discípulos de Jesús, debemos buscar que él sea siempre el centro. De Él, por Él y para Él deben ser todas las cosas. Cuando el mundo celebra, coloca en el centro los logros personales o los acontecimientos; cuando los discípulos de Cristo celebran el centro de atención debe ser Cristo; no el sujeto, no el acontecimiento.

Generalmente no hay verdadero mérito personal en el niño que cumple años. Para que haya llegado ese día, Cristo en realidad tuvo que sustentar su vida; además sus padres y familia tuvieron que trabajar, pasar noches de insomnio, preparar innumerables comidas, visitas al médico y asumir gastos. Si su fiesta de cumpleaños es meramente felicitarlo por cumplir años se revela una superficialidad espiritual que influye en el niño con valores chatos y mundanos. Lo correcto sería enseñarle en este día que él no es el centro sino Cristo, que es en definitiva quien le dio y sostuvo su vida; el sentir de gozo por nuestro hijo debe estar asociado a las virtudes cristianas que en él se han vuelto vida.

Las fiestas mundanas ignoran a Dios como sustentador, y crean una liturgia de supuesta alegría en torno a un sujeto, a quien se le da este mensaje de manera tácita: “no hace falta que glorifiquemos a Dios y reconozcamos su misericordia y sostén”, como si existir fuese un mérito personal.

En las fiestas mundanas el centro es la comida, la diversión y  supuestos logros que no exaltan particularmente a Dios: la edad alcanzada, el título logrado, la casa comprada. En las fiestas cristianas se exalta la fidelidad, misericordia y sostén de Dios, y cuando se pondera al hombre, se lo hace destacando aquellos factores que denotan el destello de la persona de Cristo.

El discípulo debe alegrarse por lo que alegra el corazón de Dios. Las fiestas celestiales son por pecadores que se arrepienten y el cielo se abre cuando alguien manifiesta las virtudes que Dios realmente valora: la humildad, la mansedumbre, el amor. Tenemos algunos atisbos celestiales de cómo celebra Dios: el monte de la transfiguración (“a él oíd”), el bautismo de Jesús (“Tú eres mi hijo amado, en ti tengo complacencia”). El contexto en que se dan estas escenas es importantísimo: el Hijo sin pecado que se humilla ante los hombres en el bautismo y el Hijo que está a punto de tomar la cruz. Dios celebra y exalta virtudes y todo lo que manifiesta una clara espiritualidad o madurez cristiana, y señala a quienes las reflejan.

El principio que debe motivar toda acción del discípulo es: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3.23); “para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él (1 Cor 8.6).

Esto no quiere decir que no valoramos a los sujetos o a los acontecimientos, pero el foco de nuestra alabanza debe ser lo que hay de Cristo y lo que glorifica a Cristo tanto en el sujeto como el acontecimiento.

Cristo estuvo en una fiesta, la cual terminó con toda la atención puesta en la obra que Él hizo glorificando al Padre. Esa fiesta se transformó en el lanzamiento de su ministerio y en una revolución local. Así se refiere Juan a la presencia de Jesús en esta fiesta: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2.11).

Nuestra cultura está contaminada con actitudes de suma superficialidad. Los padres, con buenas intenciones, gastan tiempo y dinero en festejar los cumpleaños de sus hijos. El gasto y la fanfarria suelen tomarse como pruebas de amor y afecto, pero no siempre es así. El amor y el afecto debiera, primero que nada, estar demostrado en la amistad, en el tiempo invertido en “darnos a nosotros mismos” y darles a Cristo a ellos. El amor debería primero señalarse con la instrucción y la enseñanza, y las fiestas deberían ponderar la dicha del cuidado de Dios sobre nuestros hijos y la respuesta obediente de ellos a esa instrucción y enseñanza, porque de todo lo que rodea a nuestros hijos, estas dos cosas son el verdadero motivo de celebración.

Una familia puede gastar recursos económicos y tiempo precioso en los preparativos de una fiesta, sin siquiera pensar en qué se celebrará, cómo se honrará a Dios, y qué mensaje se transmitirá al “celebrado”, a la familia y a los invitados. En estas fiestas generalmente se crea un ambiente donde las cosas ocurren por accidente, por inercia, por costumbre, por defecto. La agenda queda librada a la cultura mundana, al pariente que toma de más, a las malas palabras, a los chistes groseros, a la música secular. Se crea un ambiente en el que Cristo no es el rey, y las casas se llenan de la cultura normal del reino de las tinieblas, exponiendo a nuestros hijos a situaciones de clara ausencia de espiritualidad, y de profundidad, sin que nadie haga nada para evitarlo.

Esto es ceder el gobierno a los parientes, a los invitados; es crear voluntariamente un escenario para el show de la cultura mundana en nuestras propias casas, y exponer a nuestros hijos a lo que este show nos quiera mostrar.

Todo esto ocurre dejando los bolsillos vacíos, y habiéndose la fiesta consumido días de arduos preparativos, robando el foco de atención que le pertenece al Rey. En el proceso se pierden oportunidades de edificar el hogar, se pierde el dinero que Dios nos ayudó a obtener, y, finalmente, se pierde la oportunidad de presentar a Cristo, el rey de nuestras vidas, a quienes no lo conocen.

Las amistades y los parientes no creyentes
Cristo estuvo en la casa de publicanos y pecadores, pero en sus casas los desafió, los incomodó con el evangelio, deseando traer el reino del Padre a esos hogares, y no hay registros de que haya sido invitado nuevamente, salvo cuando la casa aceptaba el reino del Padre. Él no perseguía amistades con el mundo, sino que dio la vida por el mundo para que el mundo se vuelva a Dios. Él no mantuvo lazos con nadie que deseara persistir en el camino del mal. Sus amigos fueron sus discípulos.

Alguien argumentará diciendo: “pero Jesús, dice la biblia, era amigo de publicanos y pecadores” (lucas 7.31-35). Este argumento no sale de Jesús, sino de quienes lo criticaban. También, el mismo Jesús, dice que estaban quienes se oponían a Juan el Bautista diciendo “demonio tiene”, claramente mostrando lo absurdo de esas críticas.
Ahora, más allá de lo que decían quienes lo criticaban, ¿Jesús era amigo de publicanos y pecadores? El mismo Cristo nos da una clara pauta de que no era así, al punto de que la mismísima amistad de Jesús con sus propios discípulos estaba condicionada a su obediencia: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando… os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15-14-15)

Por otro lado, ¿La familia no es importante para Cristo? ¿No es bueno exponer a los parientes inconversos a la manera en que vivimos, para así ganarlos? ¡Claro que sí! Es muy bueno que presentemos el evangelio a todos los parientes y a todas las personas, y es bueno estar con ellos, mientras el eje o el centro sea Cristo. Cuando este eje se corre; cuando nuestra prédica empieza a ser molesta a los parientes, cuando comenzamos a ofender con nuestras oraciones, cuando nuestra honra a Dios perturba; cuando, en definitiva, la cultura del reino choca con la cultura del mundo, se ha formado una nueva realidad y nuestra manera de relacionarnos debe cambiar.

Veamos más ejemplos en la palabra que apuntan a esta enseñanza:

“Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. (Marcos 3.31-35)

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”. (1 Tim 3.1-5)

Aquí, en estos dos pasajes, la línea divisoria no puede ser más clara. El hombre de Dios diferencia claramente entre el que sirve a Dios y el que no le sirve; entre quien le obedece, y quien desprecia la enseñanza; en definitiva, entre el bueno y el malo. El Salmo 15 lo pone con estas palabras: [quien quiera estar en la presencia de Dios es] “…Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, Pero honra a los que temen a Jehová. Pablo, siguiendo este mismo principio usa las siguientes palabras: “evita a tales personas”.

En la vida estamos siempre rodeados de personas que no conocen a Dios: compañeros de estudio, de trabajo, etc. A estos no los elegimos nosotros, sino que son parte de la vida que nos toca vivir. Pero hay una diferencia entre aquel que trabaja con nosotros, y quien voluntariamente escogemos para tener cerca. Este último es nuestra elección, el primero no lo es.

Hace años atrás estábamos tratando de alcanzar para Cristo una familia. Silvia y nuestras hijas casi todas las semanas cocinaban esmeradamente para recibirlos. Esos días orábamos juntos con los niños por la salvación de estos que habíamos conocido accidentalmente. Todos en casa estábamos esperanzados en su conversión. Cuando llegaban los atendíamos con un corazón que clamaba a Dios por sus vidas. Pero con el tiempo, notábamos que los incomodábamos al hablarles de Cristo. Ya habíamos pasado por una etapa de acercamiento, y habíamos gradualmente incluido el evangelio en nuestras charlas, pero ahora el evangelio se estaba volviendo un problema para la relación. En unas cuantas semanas, el padre de familia nos dijo: “nos encantan ustedes, pero esto de Cristo la verdad es que no nos interesa; dejemos ese tema de lado por favor”.

¡Otros, llegado el momento, se habían convertido con el mismo proceso! Ellos siguieron siendo nuestros amigos y lo siguen siendo. Pero esta familia escuchó de nosotros que Cristo era nuestro todo, que nos era imposible “dejar ese tema de lado”. Con el tiempo, la relación se cortó y ellos siguieron su camino.

Papá nos decía: “nuestra casa debe tener solo dos corrientes o flujos: los que estamos ganando para Cristo y los que son de Cristo”.

Las doctrinas del amor al prójimo y de la compasión hacia los que se pierden, no deben ser confundidas con la amistad con el mundo, y Cristo nos mostró de qué manera ellas se aplican. Él no parecía buscar fraternizar con la multitud, aunque tenía compasión por ella; no buscaba estar con los pecadores por el mero hecho de estar con ellos, sino para confrontarlos y ganarlos desde el primer momento del hallarlos. Ese es el amor que debemos aprender a tener:

  • Una cosa es buscar ganar a los hombres como Cristo lo hizo, y otra es la amistad con el mundo.
  • Una cosa es ir a la casa de los pecadores como Cristo lo hizo, y otra es andar con los pecadores sin incomodarlos.
  • Una cosa es buscar ganar a los parientes, y otra es unirse a ellos en su cultura sin Dios.
  • Una cosa es procurar ser griegos con los griegos para ganar a los griegos, y otra cosa es ser griegos con los griegos para andar el camino de los griegos.

Pablo, amonesta a los corintios con una clara exhortación en este sentido:

“No se unan ustedes en un mismo yugo con los que no creen. Porque ¿qué tienen en común la justicia y la injusticia? ¿O cómo puede la luz ser compañera de la oscuridad? No puede haber armonía entre Cristo y Belial, ni entre un creyente y un incrédulo. No puede haber nada en común entre el templo de Dios y los ídolos. Porque nosotros somos templo del Dios viviente, como él mismo dijo: «Viviré y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.» Por eso también dice el Señor: «Salgan de en medio de ellos, y apártense; no toquen nada impuro. Entonces yo los recibiré y seré un Padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice el Señor todopoderoso.”(2 Cor 6.14-18)

Parafraseando este pasaje vemos esta enseñanza: “No puede haber asociación ni compromiso de vida con la oscuridad. Tratar de unir al creyente con el incrédulo es tratar de unir a Dios con el diablo, o unir el templo de Dios con los ídolos. Si ustedes se apartan, yo los voy a recibir, seré su Padre y ustedes serán mis hijos.”

El elemento central es que nosotros, los hijos de Dios, somos templo del Espíritu Santo y toda asociación de compromiso voluntario con quienes desobedecen a Dios, es indebida a los ojos del Señor, ya que es como tratar de unir el agua con el aceite, la luz con las tinieblas.

La iglesia, en alguna medida, ha perdido gradualmente su filo al confundir amor al perdido con asociación con el perdido. Está el pensamiento: “si los tengo cerca los puedo ganar”, pero con el tiempo han ganado ellos; ha ingresado el mundo en la iglesia, y se ha diluido el mensaje del reino.  Así se ha ensanchado la puerta para parecer más gentiles y amorosos que el mismo Cristo. Evitemos que esto nos pase en nuestros hogares.

Estas palabras son pensamientos expresados brevemente acerca de un principio que mi padre aplicó y nos enseñó a vivir en mi hogar de infancia. No son un tratado completo, pero reflejan una faceta de Cristo y los apóstoles pocas veces observada.