Si Mi Pueblo Se Humillare, Ivan M Baker

imbhARTLANDPORTMe dispongo a continuar el tema que comenzamos a tratar el día 14 sobre 2 Crónicas 7:14. Allí vimos las dos primeras partes del mandato del Señor: Si mi pueblo Se humillase, Si mi pueblo orase.  Leamos ahora desde el versículo 11:

Acabó pues Salomón la casa de Jehová, y la casa del rey: y todo lo que Salomón tuvo en voluntad de hacer en la casa de Jehová y en su casa, fué prosperado.

Y apareció Jehová á Salomón de noche, y díjole: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare á la langosta que consuma la tierra, ó si enviare pestilencia á mi pueblo; Si se humillare mi pueblo, sobre el cual ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.

(2 Crónicas 7:11-14)

La Iglesia se encuentra hoy ante la circunstancia que el Señor le advierte a Salomón en el versículo 13. “Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo..”

Por no andar rectamente en sus leyes y sus propósitos ha venido plaga, escasez, hambre. La gloria se transformó en tristeza, la potencia de la presencia del Señor se ha esfumado. Antes marchábamos  enhiestos, victoriosos, ahora el pueblo anda confundido, desanimado. ¿Cuál es la razón? Debemos buscarla en la desobediencia del pueblo y no en la infidelidad de Dios.

Dios es fiel siempre. Dios cumple inexorablemente sus promesas. Y muchas veces olvidamos que sus promesas incluyen el castigo cuando no hacemos lo que El espera de nosotros. “Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere” (Prov 3:12) Los tiempos de escasez han sido provocados por nuestra desobediencia y no por la falta de fidelidad de Dios. Y sabemos que Dios, que es tardo para la ira, demoró su castigo con esperanzas de que nos volviésemos a tiempo a sus propósitos pero al fin y al cabo su ira nos ha alcanzado

¿Qué debemos hacer ahora? Justamente estamos tomando la palabra que el Señor dio bajo el Antiguo Pacto. Y creo que esta palabra es vigente hoy con aún mayor profundidad y validez porque el pueblo de hoy es más responsable, porque hemos sido privilegiados en nacer y vivir en los tiempos de la plena revelación de Dios y el Espíritu Santo ha sido implantado en nosotros. El poder ahora está en nosotros. No estamos como antes sintiendo en nuestras narices el olor del holocausto de corderos, becerros y machos cabríos inocentes que murieron en sustitución como ejemplo, como figura. Nosotros ahora conocemos las marcas del Dios vivo que se hizo carne, que habitó entre nosotros y murió.

Hemos sido purificados por mejores sacrificios que los antiguos. Hemos entrado en el tiempo de la plena revelación de Dios en el que ya no queda más por esclarecer, ya no queda otro sacrificio por hacer. Ahora lo sabemos todo, lo tenemos todo. Dios mora en nosotros. Pero inexplicablemente nos encontramos perplejos y confundidos después de este mover tremendo que empezó entre los años 67-71 (para algunos un poco antes y para otros un poco después). En aquellos días marchábamos en una nube de gloria que nos llevaba como niños detrás de la voluntad del Señor. Tanto que nos costaba entender a aquellos que no se daban cuenta de los días de visitación del Espíritu que estábamos experimentando.

Ha pasado ya mucho tiempo y aquella gloria se ha transformado en tristeza y confusión. Hemos sido desobedientes y Dios ha castigado. Como dice Joel 1:4  “Lo que dejó la oruga lo comió la langosta, y lo que dejó la langosta lo comió el pulgón, y lo que dejó el pulgón lo comió el saltón”.

Él puso cuatro condiciones: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Pensamos que etas palabras son un buen punto de partida para comenzar la sanidad entre nosotros, pero no en la limitada posibilidad de los antiguos,  en tiempos de la Ley,  sino en la ilimitada dimensión de gracia, de amor y de poder que nos cabe a nosotros en esta coyuntura tremenda donde Dios quiere mostrar en nosotros la totalidad de su bendición, su amor, su gracia y su santidad; donde nos quiere levantar como un pueblo que es sal y luz del mundo. Su Iglesia, su pueblo, su familia en la tierra.

Dios nos reveló lo que El desea: que todo hombre sea discípulo. Que todo discípulo sea parte de un “cuerpo bien ajustado y unido por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente”. Que los convertidos, que son discípulos, se unan para recibir la salud que viene por los dones, por la gracia derramada en la Iglesia a los santos, a todos y cada uno de los santos. Nadie sin don. Quizá alguno tenga un solo don pero en el cuerpo haya dones y gracias en abundancia. Y que esos dones y gracias sean especialmente para amarnos, para auxiliarnos, para bendecirnos mutuamente, para exhortarnos, en fin, para edificarnos. Ayudándonos a la obediencia y a la santidad, velando unos por otros, constituyendo solo así la Iglesia como cuerpo de Cristo.

¿Con qué fin? Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe.  Y esto es imposible donde hay distintas opiniones sobre lo que Dios quiere,  pero se hace posible en “un cuerpo bien ajustado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente”. Cuando somos todos miembros de un cuerpo y no somos miembros de un “club”.  Somos constituidos por Dios, ya no meramente como pueblo, sino como cuerpo de Cristo, casa de Dios, sacerdocio santo, Reino de Dios.

Y otra vez, ¿Con qué fin? Para que todos lleguemos a la unidad de la fe. Y esto implica ser edificados a la imagen de Cristo, a la plenitud de aquél que todo lo llena en todo. Quien desea que su cuerpo esté bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, y de esta forma recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

Lamentablemente muchos ignoran por completo qué rol tiene cada miembro y cómo se edifica la iglesia.  Muchos desean ver solo milagros y sanidades,  y de cierto los hay,  y los queremos. Pero el mayor milagro es la constitución de un pueblo-cuerpo de Cristo, santo, unido por coyunturas. Alguien dijo una vez “todos los que resucitaron se volvieron a morir y todos los que se sanaron se volvieron a enfermar, pero todos los que recibieron la palabra de Dios permanecieron para siempre”.

Sí, queremos milagros. Sí, queremos sanidad. Pero nuestra parte es ordenarnos correctamente en forma de cuerpo. Que señales y milagros se hagan y Dios extienda su mano para curar, para sanar, para mostrar su presencia en medio del pueblo. Pero la consigna más importante es la santificación del pueblo, el amor de Cristo derramado entre los miembros, la cohesión y armonía del cuerpo, la iglesia levadura, la iglesia grano de mostaza, la iglesia santa.

Sin santidad no veremos al Señor y la mayor prueba su presencia no será la sanidad, sino la santificación de su Iglesia. No hay prueba más contundente de la habitación de Cristo que el propio perfeccionamiento de los santos a su estatura. El milagro más grande será la constitución de su reino, de su familia. Una familia santa, una familia llena de amor, una familia unida. No una serie de reuniones sino un cuerpo viviente.

Antes de continuar, vienen a mi mente las palabras habladas por el Señor en Malaquías 3:6-12. Aquí Israel es reprendido por simplemente no pagar sus diezmos. Dios le dice “me habéis robado” (v.9). Pero una vez que los reprende pasa a ofrecerles su generosa recompensa si deciden obedecer: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (v.10). ¡Oh Señor!, que nuestra actitud en estos días sea de absoluta obediencia a Ti, y puedas una vez más vaciar sobre nosotros bendición hasta que sobreabunde.

Y, volviendo a 2 Crónicas 7,   nos parece que estas cuatro cosas que el Señor indica, que vienen del Antiguo Testamento, deben ser tomadas en el contexto del Nuevo Testamento, en el contexto de la palabra dada por los Apóstoles a la Iglesia hoy. Antes tratamos  los primeros dos aspectos: “si se humillaren y oraren”. Nos tocaría ahora continuar con las últimas dos cosas mencionadas por el Señor: “si buscaren mi rostro”, y “se convirtieren de sus malos caminos”. Si estas cuatro cosas se completan en sinceridad, en honestidad y fe, Dios promete las maravillas de su presencia, la gloria de su aprobación: “Yo sanaré”.

Si mi pueblo buscare mi rostro.

“Jehová te bendiga, y te guarde: Haga resplandecer Jehová su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia: Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. (Números 6:24-26)

“Y Jehová dijo á Moisés: He aquí tú vas á dormir con tus padres, y este pueblo se levantará y fornicará tras los dioses ajenos de la tierra adonde va para estar en medio de ella; y me dejará, é invalidará mi pacto que he concertado con él: Y mi furor se encenderá contra él en aquel día; y los abandonaré, y esconderé de ellos mi rostro, y serán consumidos; y vendrán sobre ellos muchos males y angustias, y dirán en aquel día: ¿No me han venido estos males porque no está mi Dios en medio de mí?” (Deuteronomio 31:16-17)

Cuando el rostro del Señor está sobre su pueblo, es muestra de bendición y aprobación. Cuando su rostro se esconde de nosotros, es señal de desaprobación. 1 Crónicas 16:11 nos dice “Buscad a Jehová y su poder; Buscad su rostro continuamente”. En dos ocasiones se nos habla del rostro de Jesús. Primero en el monte de la transfiguración donde dice que “resplandeció su rostro como el sol” y, en luego cuando Juan describe la figura de Cristo en Apocalipsis donde dice que “su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza”. Finalmente en Apocalipsis 22:4 encontramos que “verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”. Evidentemente esta comparación con el sol nos habla del Espíritu de poder, de autoridad y de victoria en Cristo.

Me gustaría ir más a fondo con el tema: ¿Qué es hoy ver el rostro del Señor? Sus apóstoles vieron aquel resplandor en su rostro por un breve tiempo para luego volver a ver a su maestro tal como era desde que estaba con ellos. Juan vio una figura, una revelación que Dios le dio: vio el rostro de Jesús brillando como el sol.

Pero yo quisiera llegar a algo más permanente en cuanto al rostro del Señor.  2º Corintios 3:6-8 nos dice:

“el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica. Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer,  ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? “

Un poco más abajo dice: “Porque aun lo que fue glorioso, no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente. Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece. Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza;  y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.  Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

Aquí Pablo nos habla de la palabra de Dios. Conocer la palabra es tener luz; no entender la palabra y confundirla, equivale a tener un velo sobre el rostro. ¿Cómo se ilumina el rostro del hombre? -Leyendo y comprendiendo la palabra. ¿Dónde se refleja la faz del Señor? ¿Dónde podemos encontrar las profundidades de Dios, la voluntad de Dios expresada, la gloria de Dios manifestada? -En su Palabra. ¿Cuál es el espejo que debemos mirar? -”Como en un espejo”, dice, miramos la gloria del Señor y somos transformados de gloria en gloria: El espejo es la Palabra. No hay otra cosa fidedigna. No existen sueños, ni revelaciones, ni profecías, ni ninguna otra manifestación que pueda sustituir la palabra de Dios. Y solo serán válidas aquellas manifestaciones mientras produzcan revelación de ella misma, y sean fruto de la operación del Espíritu Santo enseñándola, haciéndola clara.

Entonces, ¿Dónde está aquello que puede ayudarme para comprender a Dios? ¿Dónde está la fuente de inspiración, la fuente de enseñanza? En la Palabra.  Que solo la palabra sea nuestra guía, la lámpara para nuestros pies, la lumbrera a nuestro camino. Con la palabra hemos nacido, con la palabra nos nutrimos y crecemos y nos desarrollamos, nuestras vidas deben ser moldeadas por la palabra y por la vida de aquellos que fueron aprobados por Dios, y punto. El punto es necesario para saber que solamente es la Palabra, únicamente la Palabra.

Solamente lo que está revelado, no agregues ni quites, porque Dios ha estampado en ella toda su gloria; la gloria de su revelación íntegra, la gloria de sus pensamientos y de sus deseos, la gloria de sus leyes y mandamientos, la gloria de la revelación de su persona. Y cuando Pablo dice “mirando a cara descubierta” quiere decir: sin prejuicios, sin modificaciones nuestras, sin aspiración a “saber más de lo que está escrito”. Y a la palabra sigue su valor, su poder, su unicidad. Y por ella nos ajustamos a lo escrito, a lo vivido por los apóstoles.

Hay quienes quieren saber más de lo que está escrito y sobre ellos viene la desgracia y  la desaprobación de Dios. Se sumergen en prácticas que no están enseñadas en la palabra,  empujados por una aspiración a destacarse espiritualmente sobre los demás. Estos se deleitan en novedades, en hacer cosas que no practicaron ni Cristo ni los apóstoles. Ya no miran a cara descubierta  sino que vuelven a llevar un velo que les impide ver en ella como ser santos, como agradar a Dios y cuál es el carácter de Cristo, su obra, sus intenciones, su corazón, su amor, su santidad, su propósito.

“Alábese en esto el que se hubiere de alabar, en entenderme y conocerme”. Y, ¿Cómo puedo conocer a Dios si no es por la palabra que él ha ya ha hablado? Es que la palabra escrita es la manifestación de Dios mismo.  Lo escrito lo contiene, y es un medio, un canal que nos lleva más allá de la letra en sí. Lo escrito, es la base establecida por Dios para llevar al hombre a un estado de revelación y conocimiento. De otro modo estaríamos siguiendo un pacto de letra, y el pacto que ha hecho Dios con nosotros no es en la letra sino del espíritu. Esto es porque el Espíritu Santo nos revela lo que está escrito, de otra forma nos estaría vedado. Tú “escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las revelaste a los niños”. Es solo la revelación la que nos muestra el rostro el Señor. Es la revelación la que nos da a entender sus razones, su llamado, la gloria de su herencia, la gloriosa suerte de los hijos de Dios, es la revelación del espíritu la que nos hace vivir la palabra hoy, que nos hace comprenderla para poder transmitirla en el espíritu, o sea en la potencia que hay encerrada en la letra.

Si bien comenzamos con la simple letra escrita, dependemos de la revelación del Espíritu para que esta se vuelva clara y una vez que obtenemos la revelación, nos aseguramos que esta sea congruente con la palabra escrita. Partimos de la letra, sí, pero vamos hacia el espíritu, y en el espíritu volvemos a la letra para no extraviarnos. Cada gema de Dios está sostenida por la letra de la palabra, pero sin la profundidad de su revelación esta es infructuosa. Cristo llamó hipócritas a los fariseos para luego decir: “Te alabo Padre Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de sabios y entendidos y las revelaste a los niños”.

Ahí tenemos la consideración básica de que no se entiende la palabra a no ser por el espíritu. La revelación está detrás de la letra. Dios da un giro espiritual a cada letra. Es decir que se transforma en comida, en bebida, en gloria, en presencia de Dios. Las profundidades del Altísimo se encuentran allí, es el gran espejo en el que mirando a cara descubierta, sin tapujos, sin prejuicios nuestros, sin limitaciones de la carne, mirando la plenitud de la palabra, rindiendo nuestras vidas totalmente a Dios a través de ella, y a través del Espíritu Santo que somos transformados.

La palabra enseñándonos, el Espíritu revelándonos. El Espíritu tomando la palabra y aplicándola como comida celestial en nosotros, es el espejo en donde miramos y vemos la gloria del Señor, también vemos nuestra vergüenza, nuestros errores. Por la palabra somos amonestados porque nos vemos a nosotros mismos y  a Dios, y somos transformados de gloria en gloria. Por lo tanto,  si me lo permiten, cuando dice: “buscare mi rostro”, creo que debemos decir paralelamente: “buscaren mi palabra”, “se corrigieren en cuanto a sus malos caminos y no hiciesen prácticas que no están escritas y no abandonasen otras que lo están”.  Debemos ceñirnos a un libro en el que está la total revelación de Dios y que termina solemnemente diciendo: “No agregues, no quites” o como dice Pablo: “no quieras saber más de lo que está escrito, no agregues alguna cosa que no está ahí, no pongas tu marca sobre la Biblia”.

Cuando Dios hace un altar lo hace hermoso, con formas, con materiales, con adornos, pero siento que hoy nos dice: “cuando tú haces un altar hazlo de las piedras del campo tal como las encontraste; o si no,  hazlo de tierra,  pero no se levante tu mano para escribir o para hacer algo sobre él. No quiero ver la marca del hombre, una línea, un adorno. ¡No! Cuidarás mucho de que tu mano no suba sobre las piedras para hacer algo”. A Dios solo le agrada lo que proviene de Él, lo que le pertenece a Él, lo que es para Él.

Este mover de Dios coincide con los últimos tiempos. No tengo dudas que Dios quiere que lo veamos así. Las señales de la próxima venida del Señor están bien claras, son visibles y eminentes en las naciones. En la moral, en la presencia de Satanás, en la globalización del mundo anunciando un solo gobierno. Vemos marchar a pasos rápidos los acontecimientos hacia el fin que Dios ha revelado en su palabra. No nos dio fecha,  pero sí nos dio señales diciéndonos “cuando veáis estas señales sabéis que yo estoy a las puertas”.

Las perturbaciones cósmicas están en aumento. Presenciamos una degradación moral como nunca ha habido antes en la tierra, alcanzando límites impresionantes. La corrupción ha alcanzado a los niños de poca edad en un el mundo desquiciado, moralmente destruido. Presencia de Satanás, umbanda, macumba, tarot, magia negra, magia blanca, magia roja, bola de cristal, quiromancia, brujería, todo el elenco satánico está presente en bandeja de plata, con la libertad especial que evidentemente Dios le ha dado al diablo, como diciendo: “acá está la soga, ¿te vas a ahorcar? ¡Ahórcate!” Se cumple la palabra que dice: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo”.

Yo veo la furia de Satanás como si quisiera tragar todo porque no le queda tiempo. Por ejemplo, lo vemos en el proceso de globalización. Daniel habla extensamente acerca del colegiado de hombres que gobiernan el mundo entero y que luego se reduce a tres y luego de los tres dice que nace uno que habla cosas grandes y es el anticristo. Estamos próximos, pero  Cristo nos dijo: “estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. ¡Aleluya! El estará con nosotros hasta el fin.

Quiero señalar entonces con estas palabras que estamos en ese tiempo, en esa época, arrimándonos a los últimos acontecimientos y tenemos la razón de decir que ésta es la última marejada. La última hora de bendición. Yo creo firmemente que no hay otra, esta es la última, antes que Dios ponga su Iglesia en manos del anticristo para que sea zarandeada y limpiada en plena preparación para la venida del Señor. Antes de que coloque sus dos testigos en Jerusalén para testificar en los últimos tiempos durante el gobierno del anticristo; antes de que venga la estrella brillante de la mañana y el Señor viniendo en las nubes del cielo con gran majestad y gloria: ese será el gran avivamiento.

Esta es literalmente la palabra de las vírgenes: “aquí están las lámparas que han de ser encendidas, mantenedlas cargadas de aceite con sus mechas despabiladas. Tened los ojos abiertos, las ropas santificadas, este es el tiempo”. Es hora de humillarnos. Es hora de orar. Debemos buscar su rostro en la prístina gloria, santidad y perfección de la palabra escrita, en la profundidad de la vida en el espíritu. Es la última hora y  el Rey de Reyes y Señor de Señores nos declara: “Yo edificaré mi Iglesia. Yo edificaré mi Iglesia. Yo lo haré. Pondré mis siervos todos debajo de mi voluntad, estableceré mi Iglesia como joya preciosa, santificaré mi heredad antes que yo venga, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella por el contrario, las puertas del infierno las usaré para santificar a mi pueblo”.

Hoy la gente está volviendo de un día salvaje de descomposición moral total. No he visto tanta gente como ahora, interesados en escuchar la palabra. Estamos entrando en el último tiempo, estamos llegando a los estertores de la obra de Satanás. Humillémonos, oremos y busquemos el rostro del Señor en su Palabra, la perfecta ley. ”La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal”.

Pedro dice –estoy leyendo su segunda carta, versículo 20 del capítulo 1- “entendiendo primero esto: que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”, y en 2º Timoteo, Capítulo 3, versículo 16 dice Pablo: “toda la escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.

Este es el espejo de Dios, que Dios nos dio por su Espíritu y su revelación. Leerás en él todos los días de tu vida. No te apartarás ni a diestra ni a siniestra de cuanto yo he hablado. “Pondréis éstas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma y las atarás como señal en vuestra mano y serán por frontales en vuestros ojos y las enseñareis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes y las escribirás en los postes de tu casa y en tu puerta, para que sean vuestros días y los días de vuestros hijos tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les habría de dar, como los días de los cielos sobre la tierra, porque si guardares cuidadosamente todos estos mandamientos que yo te prescribo para que los cumplas y si amares a Jehová vuestro Dios andando en todos sus caminos, y siguiéndole a Él, Jehová entonces también echará de delante de vosotros a todas estas naciones y desposeeréis naciones grandes y más poderosas que vosotros; todo lugar que pisare la planta de vuestros pies será vuestro, desde el desierto hasta el Líbano, desde el río Eufrates hasta el mar Occidental, serán vuestro territorio y nadie se sostendrá delante de vosotros; miedo y temor de vosotros pondrá Jehová, vuestro Dios, sobre toda la tierra que pisares como Él nos lo ha dicho y he aquí, yo pongo delante de vosotros la bendición y la maldición. La bendición si oyeres los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que os prescribo hoy, y la maldición, si no oyeres los mandamientos de Jehová vuestro Dios, si os apartareis del camino que yo os ordeno hoy para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido”.

Este es el antiguo tiempo y los tratos de Jehová con Israel, pero el mensaje hoy es el mismo: “si guardares mi palabra, si las escribieras en los postes de tu casa, si las enseñares a vuestros hijos, van a estar contigo en la mesa, van a estar en el camino, que sean mis palabras el centro mismo, el motivo mismo, la conversación constante, la ocupación constante; oírme, entenderme, obedecerme”. Pero si Dios hablaba así a los antiguos, en quienes no residía el Espíritu Santo, ¡cuánto más nosotros debiéramos amar, honrar, buscar, anhelar, tener sed de la palabra de Dios!. Si esa palabra tenía que ser frontales para ellos, escribirlas en los postes de las casas, enseñarlas mañana, tarde y noche a sus hijos, ¡cuánto más nosotros que somos las generaciones en la que han venido a detenerse los tiempos! Porque somos la generación de la total revelación, de la gloria manifestada, el cumplimiento de todos los pactos y todas las revelaciones del Señor, umbral de la gloria celestial, la última generación, la más privilegiada, la más iluminada, la más bendecida.

Aquellos antiguos no tenían la habitación del Espíritu Santo en ellos. Venía sobre ellos pero no estaba en ellos. Los guiaba el mismo Dios,  pero no les había revelado toda su gloria ni manifestado y otorgado todo su poder. Nosotros en cambio somos los que hemos recibido toda la revelación, toda la gloria, todo el poder. Los siglos han venido a detenerse en nosotros y esto nos hace infinitamente más responsables. Si ellos tenían que ser fieles, ¡cuánto más nosotros!; si ellos tenían que poner atención a la palabra constantemente, ¡cuánto más nosotros!

¿Vivimos en verdad la gloria que nos ha llegado de Dios? ¿Podemos ver en nosotros los frutos de vidas totalmente consagradas, totalmente iluminadas? ¿Estamos huyendo de la corrupción y el mundo para entregarnos a los brazos del Señor? En la palabra tenemos la revelación de sí mismo en total plenitud gracias a la revelación del Espíritu, y es tan potente que nos transforma. Todo el corazón de Dios ha sido expuesto en su Palabra: su trono santo, su voluntad y deseo: “A vosotros os es dado saber los misterios del Reino de los Cielos

¡Qué generación la nuestra, qué tiempo vivimos! Somos depositarios de la Palabra y ella nos cura, nos sana si es que hace su efecto, si le damos vigencia plena entre nosotros, porque la Palabra de Dios “es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. ¡Qué potencia! ¡Qué alcance! ¡Cómo revela! ¡Cómo descubre! ¡Cómo pone a la luz lo oculto! Y,  ”No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquél a quien tenemos que dar cuenta”.

La Palabra penetra hasta lo más profundo y es más cortante, su filo es más agudo que la mejor espada de doble filo. Tiene poder para cortar, separar lo inseparable: el alma y el espíritu, las coyunturas, los tuétanos y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Llega al colmo de descubrir cómo es el hombre, exponiendo plenamente su fuero interno. La Palabra por un lado es un espejo en el que vemos la realidad de nuestras vidas y por el otro tiene un filo que separa lo santo de lo vil.

La Palabra nos santifica, la Palabra nos bendice. Pero esta santificación y bendición no dependen sólo de la Palabra: sino del Espíritu que la revela. Es el Espíritu que activa la letra, es el Espíritu que nos hace ver las profundidades en ella, es el Espíritu quien nos lleva con pasión divina para obedecerla, es el Espíritu que nos da la magnitud de la palabra, que nos revela su importancia, que nos da su mensaje, que aplica en nosotros su potencia, que nos transforma, que nos ilumina, que nos bendice, que nos ministra: el Espíritu de verdad.

La Palabra y el Espíritu, el Espíritu y la Palabra. En ella vemos el rostro de Dios y ella es la revelación de la voluntad de Dios para nosotros, ahí están las promesas, están los mandamientos, ahí está la revelación del corazón de Dios. Todo lo que Dios quiere revelar de sí mismo se revela con la Palabra por el Espíritu. Si vuelve un avivamiento poderoso será porque volvemos a la Palabra bajo la influencia del gran maestro: el Espíritu de poder que nos ha sido dado para comprenderla. ¡A Dios sea la gloria!

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria, en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. La clave aquí es la formación de Cristo en nosotros. Aquí dice Pablo: “somos transformados a la misma imagen”. De esta forma la Palabra cumple su motivo, su razón de ser. Por la Palabra y el Espíritu Cristo formó en nosotros su misma persona, sus mismos anhelos, su misma pasión, su mismo deseo de agradar al Padre, su misma santidad, su mismo odio al mundo y toda su corrupción, su mismo motivo de ser, sus mismos ideales, su mismo blanco: agradar al Padre; cumplir la obra que el Padre nos encomendó: glorificar a Dios, obedecerle por medio de la Palabra y el Espíritu.

Demos a la Palabra de Dios el lugar que Dios le dio en nuestras vidas: amémosla, anhelémosla, tengamos sed de ella, escudriñémosla todos los días, a toda hora. Saludémonos con la Palabra, aprendámosla de memoria. Obedezcámosla  sin escoger pedacitos de aquí o allá,  quedándonos con texto sin contexto, leyendo lo que nos gusta y lo que no nos gusta dejarlo pasar de largo. En lo que no nos gusta están los mandamientos más importantes, en lo que no nos agrada leer están las advertencias más importantes. Una vida cristiana sin advertencias es una vida floja, es una vida que le faltan estacas, le faltan riendas, no está firme. La Palabra nos amonesta y nos alarma.

Y llegamos así a la cuarta consideración: “…y se convirtieren de sus malos caminos…”. El tema que quiero desarrollar ahora es este: se convirtieron de sus malos caminos. Todo es importante, cada eslabón de esta cadena que el Señor nos ha presentado es importante. Si se afloja uno de ellos se desarma todo. Debemos humillarnos, debemos orar, debemos buscar el rostro del Señor pero también tenemos que apartarnos de nuestros malos caminos. Y no es nada difícil discernir que el mundo y sus ídolos se han metido en la Iglesia. Hacemos aquí una pausa y continuamos más adelante. Amén.

(Meditación de Ivan Martín Baker 20-11-1999)