Ser Atalayas, Ser Cuerpo, Ivan Baker.

atalaya¡Qué buena aspiración es querer estar al frente de la casa de Dios siendo guías, pastores de la grey, ancianos, obispos, apóstoles o en cualquier lugar de responsabilidad sobre la casa de Dios!; sin embargo es de vital importancia comprender que nuestra responsabilidad es muy seria y que estamos entre la vida eterna y la muerte eterna; entre el trono de Dios y la ciudadela del maligno.

Ivan M. Baker, 29 de abril de 2000

Es de mañana muy temprano y estoy inquietado por el mensaje que Dios dio a Ezequiel en el capítulo 3, desde el versículo 16 en adelante: “Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma.”.

 

¡Qué buena aspiración es querer estar al frente de la casa de Dios siendo guías, pastores de la grey, ancianos, obispos, apóstoles o en cualquier lugar de responsabilidad sobre la casa de Dios!; sin embargo es de vital importancia comprender que nuestra responsabilidad es muy seria y que estamos entre la vida eterna y la muerte eterna; entre el trono de Dios y la ciudadela del maligno. Este maligno, el apolión y destructor – que trabaja incesantemente día y noche para desviar a la Iglesia de su camino, sacarla del verdadero curso que debe seguir y robarle su pureza, santidad y comunión con Dios – tiene como una de sus principales estrategias tapar y poner un velo sobre la Palabra de Dios, poniendo toda la importancia en las bendiciones de Dios y oscureciendo, tapando y ocultando las condiciones y amonestaciones que el Señor estableció.

 

Por naturaleza, como seres humanos, somos proclives a gustar más de la bendición de Dios que de la palabra que nos hace responsables a obedecer; nos resulta más fácil hacer nuestras las promesas del Señor, que tomar la solemne responsabilidad de vivir conforme a su Palabra. Uno de los intentos constantes del enemigo es querer oscurecer nuestra mente y nuestros ojos para que no leamos la Palabra de Dios; y es por esto que debemos insistir y tener un sentido de responsabilidad hacia las Escrituras, no dejando de leerla ningún día de nuestra vida en su totalidad y no parcialmente. Son los pastores y los que guían y van delante de la grey, los que tienen la responsabilidad de que la Iglesia lea toda la Palabra, siendo amonestada, acicateada y despertada continuamente a mirar con claridad y ojos bien abiertos la verdad de Dios, para luego seguirla y ponerla por obra todos los días.

 

Como atalayas, fuimos puestos entre Dios y los hombres para amonestar, corregir, consolar, auxiliar y levantar al pueblo. Y esta amonestación no sólo tiene que salir de nuestros labios a través de nuestra continua comunicación de la palabra de Dios; sino que aún más importante, debe ser vista a través de nuestro ejemplo, siendo modelo e imagen viva de obediencia. Un hombre flojo no sirve para ser atalaya; un varón afectado más por los requerimientos de su esposa que por la palabra de Dios no es apto para ser atalaya; alguien que no puede guiar su casa y hacer de su casa un ejemplo, no puede guiar la Casa de Dios.

 

Ese varón que guía, debe además dar todo el consejo de Dios tal como Pablo lo hacía “no he rehuido darles todo el consejo de Dios” ¿Qué significa dar todo el consejo de Dios? Significa dar todos los consejos de Dios y ser de ejemplo para que la Iglesia entera viva vidas que agraden a Dios. Dar el consejo de Dios no significa dar teología, sino dar vivencia pura, enseñándole al pueblo a vivir y a ser ejemplo. Al dar el consejo de Dios, debemos enseñar TODA la Palabra ya que sería un contrasentido que enseñásemos sólo una parte de ella, haciéndonos semejantes a aquellos hombres a quienes Dios les ocultó la Palabra y que son inaptos para ser atalayas, sino que debemos ser varones que miran las Escrituras a ojo descubierto, que tienen revelación de Dios, que buscan más santidad y que anhelan la aprobación del Altísimo.

 

En la Palabra de Dios encontramos por un lado, el “kerigma”, es decir, el anuncio pleno de todas las bendiciones de Dios; de toda la gloria de su presencia en la Iglesia; de todos los recursos infinitos de Dios para auxiliar, corregir y mantener los pies de los santos en el camino. Encontramos todo el consuelo de Dios; vemos el galardón santo y celestial que los santos han recibido; todas las riquezas en gloria en Cristo Jesús y descubrimos los abundantes recursos que precisamos para ser fuertes y fieles a Dios. Este maravilloso kerigma, que es nuestra dote, esperanza y gloria, nos muestra además el más grande tesoro de los cielos y el inmenso amor de Dios desplegado en la cruz donde el máximo acontecimiento ocurrió; Dios hecho hombre muriendo de manera vergonzosa por amor de nuestra alma, expresando ahí su suprema potencia para perdonar y salvar al hombre. Contemplamos el acercamiento de Dios al hombre y luego el mismo Rey de gloria entrando por los portales eternos donde también el hombre recibe la vida por la eternidad. Una vida que ha sido transformada, santificada y divinizada con la ayuda de los auxilios maravillosos y recursos perfectos que Dios ha puesto en nuestra mano para que podamos orar, para que podamos entender más allá de nuestra torpeza, seamos fortalecidos en nuestra debilidad y seamos sostenidos en medio del mundo que nos rodea sabiendo que la victoria ya la hemos recibido “Confiad, yo he vencido al mundo”

 

Junto con el Kerigma está la Didaqué, esto es, nuestra responsabilidad de obedecer la Palabra de Dios; nuestro deber de orar sin cesar, de unirnos en un solo Cuerpo con los hermanos para fortaleza de nuestra fe, tomando en plenitud el recurso de ser Iglesia Cuerpo de Cristo, estando unidos por las “coyunturas que se ayudan mutuamente según el poder que actúa en ellos” ya que es esto lo que más odia el diablo porque conoce su valor y trascendencia. Las reuniones no son suficiente para llevar a cabo el Plan de Dios, como tampoco es suficiente organizar conferencias y retiros, ya que pueden llegar a ser simples entretenimientos espirituales para convencernos que estamos en la verdad. Cuando carecemos del Cuerpo bien acoyuntado y unido entre sí, carecemos de la Iglesia ya que no existe la amonestación, la ayuda y el consuelo mutuo entre los miembros.

 

El Señor mandó a los apóstoles siempre de dos en dos, porque él sabía que dos son mejor que uno; que si uno cae el otro le ayuda a levantarse y porque “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre…” ahí está la célula viva que forma la Iglesia. No debe haber ninguno solo, todos tenemos que estar adecuadamente relacionados en distintos niveles, con aquellos que nos amonestan, con quienes nos enseñan y con quienes somos compañeros.

 

Existe también la situación en la que hay miembros con voluntad propia aislados de los demás que tienen un modelo de “asistencialismo”, es decir, asisten a las reuniones, asisten a los eventos, cantan, alaban y no se vuelven a ver con los demás hasta que asisten al próximo encuentro. Este no es el Plan de Dios; esto no es suficiente para mantener una vida en Cristo, ya que carece de todos los elementos poderosos para mantener la gloria, el triunfo, la fuerza y la potencia de la santidad en esa persona. Para que podamos tener victoria y seamos sostenidos en todo, hace falta la intercomunicación e interrelación de los miembros del Cuerpo que estén adecuadamente relacionados y “unidos entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibiendo su crecimiento para ir edificándose en amor” creciendo “en todo en Aquél que es la cabeza del Cuerpo” La cabeza en el cuerpo humano es la que todo lo entiende, todo lo manda y está involucrada en la función de cada uno de sus miembros, ya que el cuerpo entero se mueve a voluntad de la cabeza; siendo ella la que piensa y el cuerpo el que responde. Esto es lo mismo que sucede con Cristo y su Iglesia. ¡Qué importante es esto! Que todos crezcamos conforme a Cristo, conforme a la Palabra que Él ha dejado y a su ejemplo vivo.

 

Hoy en día Su Palabra ha sido tan mutilada y desequilibrada, que tomamos todas las promesas y el consuelo de Dios, pero fruncimos el ceño cuando escuchamos las palabras de amonestación que nos guían hacia la necesidad de santificar nuestras vidas para ver a Dios. No hay esperanza de vivir vidas agradables a Dios y siempre desmayaremos frente a semejante demanda de ser santos como Él es santo, si no estamos unidos en la potencia de Cristo, en el consejo del Altísimo y en el poder del Espíritu Santo que se expresa en que su Iglesia funcione en un Cuerpo bien ajustado y no en un simple grupo de personas.

 

La Iglesia no es un rebaño de ovejas, sino que es un Cuerpo fuertemente unido con propósitos bien determinados, que se llevan a cabo con la cooperación de pastores, apóstoles, profetas y líderes, quienes realizan la primordial función que Dios les ha dado, esta es, que hagan katartismos a los santos, es decir, que produzcan el ordenamiento y equipamiento de los santos para que estén unidos como Cuerpo y así cada miembro es auxiliado y auxilia a otro; cada uno enseña y aprende; cada uno vela por el otro y el otro vela por él, cumpliendo el Plan divino de Dios. Este Plan de profundo significado es tan odiado por el diablo y ha sido tan oscurecido por él, porque conoce la trascendencia espiritual que conlleva el hecho de que la Iglesia llegue a este punto de establecerse como Cuerpo vivo de Cristo en la tierra, que sería lo razonable que ocurriera en todos, pero que es tan poco común y casi no se encuentra hoy en día.

 

Falta aún que esta verdad se revele y se lleve a la práctica de manera simple y sencilla entre pequeños grupos de dos o tres que se ponen de acuerdo en tomar la Palabra de Dios, afirmarse del Espíritu Santo, vestirse con toda la armadura de Dios y tomar todos los instrumentos divinos de protección, inspiración y de guerra – la espada del Espíritu, el escudo de la fe, el yelmo de salvación, el cinto de verdad y la oración sin cesar – para llevar a cabo la batalla espiritual. No hay nada más poderoso que la Iglesia unida en oración con Dios y los unos con los otros.

 

Esta fuerte relación de los unos con los otros es indispensable para mantener a los santos en santidad, en claridad en cuanto a la Palabra divina, en potencia en cuanto a los recursos de ayuda mutua y en consolación y fortaleza. El dicho dice: “La unión hace la fuerza”, y no hay unión más perfecta que la unión que Dios propone para los miembros del Cuerpo que están dispuestos a ser amonestados y reprendidos y aún así no desmayan ni ceden, sino que agradecen porque saben que es para su bien, para ser formados más a la Imagen del Maestro.

 

¡Qué increíble potencia hay en esta unión! Cuando todos los miembros están relacionados, intercomunicados, fluyendo en dones, en gracia y sabiduría cumpliendo el mandato de Dios.

 

Cuando esta verdad no es aplicada, cuando no nos unimos verdaderamente como Cuerpo los miembros no funcionan y dejan de fluir los dones, la gracia y el amor y se transforma todo en un montón de gente, en una pila de ladrillos que cualquiera los roba de la calle y no en una pared bien constituida y armada ordenadamente. Nos transformamos en un grupo de gente que viene a reuniones, que va a retiros, gente Cristiana que se une para acontecimientos, pero que carece del gran acontecimiento de formar la Iglesia Cuerpo de Cristo, la Iglesia que obedece al Espíritu Santo y al Plan de Dios y que comienza siendo un grupo de hombres y mujeres que se guardan en limpieza y santidad.

 

Para que la iglesia sea formada como Cuerpo, es imposible hacerlo con hombres y mujeres mundanos que ni siquiera han santificado sus vidas ni se han apartado del mundo. Ellos no pueden ser ejemplo de la grey porque querrán formar coyunturas imponiendo su propia mundanalidad y no apuntarán a la santidad ni la obediencia a Dios. Estos hombres son personas que no se han convertido realmente, no se han encantado con Dios ni se han desencantado del mundo; son personas que no han descubierto la perla de gran precio ni la han querido comprar y no han pagado el precio ni han querido comprar el campo para quedarse con el tesoro.

 

Lo fundamental para ser Cuerpo y seguir la verdad en amor, es contar con hombres y mujeres santos que hayan pagado el precio de poseer el tesoro y quieran vivir el Reino como prioridad número uno; personas que ya han tratado el problema del pecado y se han desencantado de sí mismos y del mundo que los rodea. Alguien que tiene orgullo propio, que impone sus ideas mundanas y cuya mente está dividida entre Dios y el mundo no sirve para el Reino de Dios. Si alguien no tiembla ante la Palabra de Dios es porque no encontró a Dios.

 

El común denominador y el sentir normal entre los discípulos que forman la Iglesia verdadera, el Reino de Dios en la tierra, es la pasión y el anhelo por obedecer y vivir conforme a la Palabra de Dios y a la revelación del Espíritu de gracia y son personas dispuestos a morir a todo lo terrenal para alcanzar lo celestial, siendo Jesús el supremo Rey.

 

¿Cómo puede Dios hacer algo con la vida de una persona que no tiene la suprema presencia del Altísimo y que no ha entendido todavía lo que es la salvación ni ha pasado aún por el verdadero arrepentimiento ni tampoco entiende realmente el bautismo?

 

Cuando empezamos a aprobar lo que Dios desaprueba y comenzamos a amar lo que Dios aborrece, estamos pidiendo juicio y condenación y nos estamos apartando del tesoro más importante, más alto y sublime de todos: El oír a Dios y tener comunión con Él.

 

”Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo, sed santos en toda vuestra manera de vivir” La único en lo que el hombre se puede gloriar es en haber conocido a Dios y haberle entendido.

 

Hoy estamos en el medio del valle de la decisión; podemos ir hacia la derecha o hacia la izquierda; podemos subir maravillosamente o podemos quedarnos estancados y bajar estrepitosamente. Esta revelación reclama que haya una remoción y un reordenamiento serio. Debe haber un ruido de huesos y una palabra profética que sea declarada sobre los huesos.

 

¡Oh, qué gran anhelo es este de ver la divina realidad de la Iglesia unida como Cuerpo en el mundo! ¡Yo profetizo y digo que éste será el futuro de la Iglesia!

 

Nunca antes me había sentido tan impactado por la potencia del Cuerpo de Cristo, por la potencia de los miembros unidos entre sí, que consultan unos con otros; que oran los unos por los otros; que se amonestan mutuamente; esclarecen continuamente la palabra de Dios y se entregan con todo el corazón a obedecerla.

 

¡Oh Señor, ayúdanos!

 

Habíamos pensado que era tan fácil y es tan difícil; habíamos pensado que era un proceso muy rápido y he aquí que hemos hallado que es tan lento y la preocupación es que quizás nunca llegue a suceder.

 

¡No Señor!, nos levantamos con potencia y no queremos otra cosa que querer guardar memoria de estas cosas y obedecer todo aquello que nos hablas por tu Palabra y tu Espíritu Santo.

 

¿Queremos seguir a hombres? ¡No! Queremos seguir y obedecer a Dios.

 

Amén.