El Temor Y La Verguenza, Ivan Baker

Ivan2Nos interesa en este año la carga de la multiplicación. Yo creo que Dios está bien cargado con la multiplicación, pues el Señor dice: “que se llene mi casa”. Cuando él llevó a Abraham afuera -nunca nos olvidamos de ese incidente- le hizo mirar los cielos y le dijo:
“-¿Ves las estrellas? cuéntalas si puedes. Bueno, yo multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo y la arena de la mar”- Jesús nos mandó a todas las naciones, a cada criatura. Dios quiere llenar su casa. Podemos decir con verdad que el Señor está de parto para que la casa de Dios se complete, la familia del Señor se complete.

Ahora, yo no creo que esta operación de evangelización sea posible, a menos que toda la casa de Dios se movilice. Yo no creo que haya otro atajo, no creo que haya otro sistema, no creo que haya una forma masiva de hacer la obra; siempre lo masivo va a terminar en lo individual, en la estructura del pequeño grupo, y de padres y madres que saben guiar y cuidar a estos bebés espirituales. Siempre y cuando en la obra masiva se predique el verdadero evangelio, donde estén contenidas las condiciones de la salvación, y no sea un recreo de que el Señor es bueno… Porque entonces tendremos el doble trabajo: que las personas sean cuidadas, y cambiar la mente de los que se encontraron ante un evangelio trunco, incompleto, que no dijo la verdad en su momento.

Pero si predicamos bien el evangelio, y masas de personas se convierten, dependemos de la infraestructura de toda la iglesia movilizada para cuidar a cada una de esas vidas. Esa es una premisa, así que yo creo que no va a haber este masivo movimiento evangelístico hasta que todos los discípulos estén unidos de a dos formando células, comandos de oración, de fe y de extensión. De lo contrario, no creo que vayamos a ver toda la maravilla de lo que Dios quiere hacer en cuanto a la multiplicación.

Pero estamos notando algo. ¡Aleluya! Algún poquito por acá, por allá, está notándose. Algunos grupos se han aumentado al doble, al triple y algunos al cuádruple. No muchos, pero algunos que otros por aquí y por allá; algunos dicen: “Bueno, si eran dos, ahora son ocho o nueve”. Está bien, no importa si eran dos, ahora son nueve o diez. Miren cuántas veces se multiplicaron. Estamos esperando realmente esa multiplicación que Dios va a hacer. Este año dijimos: al doble. Jorge dijo el domingo pasado: “-Bueno, si no es al doble este año, será el año que viene”. Pero esto no quita de la presión del Espíritu Santo para que ordenemos nuestras vidas, para que este fluir de la gracia de Dios vaya manifestándose.

Dice el Señor que el que caza almas es sabio. Sabiduría. El que enseña justicia a la multitud brillará como estrella a eterna perpetuidad. ¡Aleluya! ¿Tú sabes lo que dice la palabra? “que nadie quite tu corona”. Hay una gloria que Dios nos ha dado: entrar en sus labores es una gloria, poder ser co-ayudadores de Dios, poder ser enviados del Altísimo a este mundo. La mano de Dios toca al mundo, el corazón de Dios toca al mundo, el espíritu de Dios toca al mundo a través de los santos; nosotros somos los representantes del Señor en la Tierra. Él nos ha puesto como instrumentos para que nosotros podamos hacer su obra.

La compasión
Yo quisiera solamente, en esta pequeña introducción, subrayar lo que hemos oído el domingo pasado de Jorge: ¿Cuál fue el tema que él tomó? La compasión. Hace ya tiempo que vengo sintiendo en mi corazón, que si no tengo en mí, dada por el Espíritu Santo, la compasión que está en el corazón de Jesús, mi obra va a ser impedida en muchos aspectos. Él nos habló de los que se pierden, el tema ya está dado. Yo solamente quiero recordar la compasión. Pidamos al Señor, cuando hablamos con la gente, compasión. Compasión para preocuparnos por ellos, compasión para orar por ellos, compasión para ir, instarles; el tema de hoy es justamente ese, instarles en tiempo y fuera de tiempo, cuando parece bien y cuando no parece bien, cuando a nosotros nos molesta y cuando a los otros les molesta; pero esa compasión que tenemos nos da arrojo, nos da determinación, y nos da el toque de amor del corazón de Jesús que la gente quiere sentir. Ellos no tienen interés en oír a un parlanchín, a una persona profesional. Ellos quieren oír a alguien que ama, alguien que les ama de parte de Dios.

Obstáculos en la predicación del evangelio
Esta noche quisiera tocar algunos impedimentos en esta obra de ir de a dos, de a tres, de ir personalmente a dar la palabra del Señor.

Hay dos impedimentos que parecen muy comunes entre nosotros:
o la timidez
o la vergüenza

Ahora, yo estoy convencido de que si vamos a salir como un pueblo para dar la palabra al mundo, necesitamos ser un pueblo intrépido; si somos temerosos, si somos vergonzosos, no vamos a hacer la obra del Señor, ¿estamos de acuerdo? Es muy frecuente encontrar creyentes tímidos; me refiero en cuanto a hablar con un extraño, a hablar a una persona que no se conoce, a cruzar la calle deliberadamente para hablar con alguien que está caminando al otro lado de la calzada, a hablar a una persona que viene caminando hacia uno en la calle, hablar a una mujer en la feria que está delante de nosotros, ahí en la cola. Tenemos una mudez increíble, y cuando vemos que alguien tiene el coraje de hacerlo, decimos: “¡Ay, debe ser un apóstol! Este debe ser alguien que tiene un toque muy especial de Dios.”

Un pastor una vez me dijo: “-Iván, evidentemente vos tenes un ministerio muy especial”. Yo casi me pongo a llorar, porque el ministerio al que él se refería es el ministerio común que Dios ha dado a toda la iglesia. Todos somos sacerdotes para proclamar las verdades del Señor, ¿Por qué no lo hacen? Timidez.

La timidez y el temor
Esta noche, si Dios pudiera, por su Espíritu, tocar tu corazón para quitar toda timidez. El lo quiere hacer. Timidez de hablar a un extraño, timidez porque no sé si me va a recibir; timidez porque no sé si voy a ser todo lo prudente o todo lo inteligente “¿y si yo fallo?”. Mi timidez al final se reduce a que tengo temor y no hago nada. ¿Y si me rechaza? y vienen otras palabras adentro de uno: “A ese no, espera otro mejor”, “Esa no es la oportunidad mejor”.

Ayer estaba en una confitería con mi señora, tomando el té, y sentí una pequeña atracción a dos mujeres de cierta edad que estaban tomando el té, charlando. Entonces, cuando yo me levanté con mi señora, me arrimé a la mesa y les dije a las dos:
– ¿Puede una persona como yo hablar a estas simpáticas damas y darles un consejo, un buen consejo?- las dos me miraron apavoradas, y mi señora creo que estaba pensando: Iván está en lo de siempre. La cuestión es que yo les di un consejo de parte del Señor, que no se olvidaran de Dios, y empecé a decirles: “-Que el Señor sea el centro de sus vidas, porque todo lo que este mundo nos da es temporal, mas lo que Dios nos da es eterno”- Una de ellas movió la cabeza y dijo: “-Procuraremos recordarlo”, y ahí terminó la conversación.

Pero ese momento que uno pasa de una parte a otra, que uno aborda a alguien que está ocupado en otra conversación y de repente le interrumpe, ahí es donde tenemos que vencer el temor. Yo me acuerdo que era muy temeroso, yo nunca podía hablar a una persona desconocida acerca de Cristo (después vamos a ver un poquito esto). Tenía que haber algún momento, digamos… de acción por alguna cosa, entonces podía.

Y me acuerdo que yo estaba sentado justamente en la congregación donde me reunía con Augusto Ericsson en el año 1947. Yo estaba en el último banco, año 1947 o 1948, hace muchos años, y estaba escuchando la acostumbrada reunión de predicación del día domingo. De repente el Señor me habló y me preguntó:
“-¿Qué estas haciendo aquí, Iván?”- Y fue tal la sorpresa mía de sentir esa voz en mí (que sabía que era del Señor) que yo le contesté, pero con una tremenda vergüenza, (fíjense lo que tuve que decir al Señor, uno no le va a mentir a Dios):
“-Señor, estoy aquí esperando que me den ese púlpito, porque yo predico mucho mejor que ese que está predicando ahí- ¡Qué vergüenza fue para mí! Pero el Señor es tan bueno, un hombre me hubiera dado un sopapo, pero el Señor ni hizo caso de esa perogrullada, ya que yo dije la verdad; no había nada que hablar, Él sabía que era eso lo que yo tenía adentro. Entonces el Señor me dijo: “-Tu púlpito no es este, tu púlpito es todo lugar donde vayas ahí afuera.”
Yo miré alrededor y había dos o tres personas nuevas ahí, que eran los únicos que podrían haber aprovechado el sermón. El hermano estaba haciendo un esfuerzo para complacer a los creyentes y también dar una palabrita a los otros… Es cierto, el gran púlpito para la predicación estaba afuera.

Un testimonio
Entonces comencé ese día una nueva relación con la gente que estaba afuera, en la calle. Me acuerdo que yo había determinado hablar a la persona que se sentara al lado mío en el tren, yendo de Belgrano R hasta el centro. El primer día, yo tenía un señor leyendo el diario al lado mío, y no me olvido nunca de lo que me costó. Él leía el diario, y yo estaba a su lado y pensaba:
Señor, antes que llegue a Retiro tengo que hablarle, y tengo que hablarle. No me importaba ya qué le diría, la cuestión es que tenía que hablarle. Pero tenía un miedo terrible de fallar, de que me fuera a echar, de que no me fuera a oír, o que fuera a decir -¡Impertinente! ¿Para qué me molesta?- ¡Qué se yo! Tenía mi mente atascada con todo esto, y al final no sé… llegamos al Hipódromo y le dije: -Señor ¿qué hora es? Perdóneme- dejó de leer el diario, me dijo la hora y yo después no sé si le prediqué el evangelio, pero la cuestión es que rompí el hielo de alguna forma. Pero me di cuenta que era difícil.

Dos remedios contra el temor
Ahora, hay dos elementos que me ayudaron a mí a perder el miedo.
El primer elemento es la palabra de Dios: porque el Señor no me dio el espíritu de temor. Entonces ¿de quién es este espíritu de temor? pues es de Satanás. Pero ¿oíste? Es de Satanás, y a mí me ayudó esto. Así que, cuando yo tengo temor a esto y pienso: “no es el momento, no es la persona, andate, otro día, te va a rechazar”, entonces digo: ¡En el nombre de Jesús! Algunas veces es tremenda la lucha interior nuestra pero yo digo: “En el nombre de Jesús”. Y me acostumbré a ponerme, como yo lo explico, como una piedrita en la mano de Dios, y él arroja la piedra donde quiere; no lo hago ya con el intelecto, sino que estoy orando en lenguas. Es decir, mi mente está sin fruto, pero mi espíritu está actuando, y voy hacia el objetivo. Me lanza el Señor. Aunque llegue aplastado o parado, no importa: yo voy hacia el objetivo; total, el “no” ya lo tengo, voy buscando el “sí”.

Venzo esa vergüenza, porque Satanás no quiere que yo hable la palabra de Dios, y te lo voy a demostrar. ¿Cuántos aquí, -ahora yo pido sinceramiento- sienten vergüenza o digamos temor?… Vamos, levanten las manos. Miren ustedes, tienen temor. Bajen las manos. Levanten las manos todos los que tienen temor de, por ejemplo, si quieren saber la hora, preguntar a una persona en la calle, a quien no conocen, detenerlo y decirle: -señor o señora, perdóneme ¿qué hora es?- ¿Cuántos de ustedes tienen temor de hacer eso? Dos, tres, miren ustedes cuatro, cinco, no más. ¿Ven? Si yo no conozco la calle y estoy lleno de gente alrededor, no me molesta preguntar a una persona: ¿qué calle es? o ¿dónde es la calle tal? No tengo problema. Pero ¿por qué tengo problemas para predicar el evangelio? ¿Por qué yo era vendedor y vendía a medio mundo, y no tenía problemas en entrar a un negocio y salir, pero cuando tenía que hablar la palabra de Dios se me había clausurado la mente, los labios no hablaban, no encontraba forma, se me iban los pensamientos?… Satanás inmundo, ¿te das cuenta?

Entonces tú tienes que vencer el temor, porque el temor no viene de Dios. ¿De dónde viene? de Satanás. Entonces, aprende a no pensar tanto; aprende a ir hacia el objetivo. Aleluya. Y Dios te va a ayudar, Dios te va a ayudar.

Hay un segundo elemento que me ayudó con el temor: los nuevos convertidos. Me refiero a los verdaderos discípulos que comencé a conocer en el año 1968. Hasta entonces, teníamos una teoría de este Evangelio del Reino, pero ahora comenzaban a convertirse los nuevos discípulos bajo el Evangelio del Reino y eran un cohete, un avión a retro propulsión; a mí me enseñaron la Biblia, me enseñaron la verdad. Yo antes no había sabido predicar el evangelio, pero ahora les ponía las condiciones de Dios y se convertían. Ellos creían en las condiciones, se entregaban íntegramente; iban adelante para hacer la obra que yo les enseñaba a hacer. Claro, los había separado convenientemente de los evangélicos, de los otros creyentes; pero estaba tratando de que ellos entrasen en una nueva dimensión de vida y así lo hicieron. Y ¿Sabes lo que me enseñaron ellos? Me enseñaron a no tener temor. Ellos predicaban, mientras yo argumentaba:
“-Y… a esta hora está comiendo, ahora vaya a saber, se está yendo a dormir, ahora estará resfriado, no le voy a importunar”. Así las horas pasaban. Pero estos, iban a la casa a las 12 de la noche, llamaban a la puerta y el tío salía:- Eh ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?- Viene en pijama a la puerta, abre la puerta y ¿vos, qué decís? -Tío, tío ¿cómo estás?- Bueno, entraban, lo tenían al tío ahí con pijama, la tía también se levantaba, les daban la palabra de Dios. Yo dije: ¡esta es la vía! ¡ALELUYA!

Dios nos tiene que quitar el temor y hacernos valientes, que nosotros sepamos cómo vencerlo en oración. Desalojamos el argumento que el diablo nos pone: “Tú no puedes, esta no es la ocasión, ésta no es la persona, te va a rechazar, ¿y si no sabes hablarle?, ¿y si no tienes nada que decir cuando le hablas? ¿Y si fallas?” Rechacemos todo esto en el nombre del Señor. Ahora, no es fácil: alguna vez encontramos dificultades. Me acuerdo la semana pasada o la anterior, estaba en Santiago de Chile; y ahí hay unos muy lindos taxis – colectivos que hacen un recorrido determinado, entonces cada uno paga, y va parando y va recogiendo gente. Yo estaba tan bien con ese chofer, estábamos en una conversación bárbara, hasta que subió una dama y se acabó la conversación. Yo no podía decir una palabra, y oraba al Señor porque su cara tenía una expresión fea -pues ella había escuchado la cola de la conversación- . El ambiente en ese taxi era terrible. Hay veces que hay que orar a Dios porque el espíritu de Satanás te cierra los labios, pero tenemos poder de parte de Dios. ¿Amén?

La vergüenza
La otra cosa es la vergüenza. ¿Cuántos tienen vergüenza? Bueno, yo tengo una cura para mi vergüenza. Te la doy a ti también, si quieres. El Señor dice que no tenemos que tener vergüenza. El Señor Jesús, mi Salvador, para identificarse con nuestra inmundicia y pecado, colgó en la cruz de vergüenza seis horas. Él fue lacerado, escupido, escarnecido, despreciado, vituperado. Seis horas en la cruz por mí. ¿Puedo yo tener vergüenza de hablar de Cristo? ¿Están ahí? Y si eso no me alcanza, el Señor me dice así: “El que se avergonzare de mí y de mi palabra en esta generación adúltera y pecadora yo también me avergonzaré de él…”. ¿Dónde está la vergüenza?, ¿Está?… ¡Se fue! ¡ALELUYA! Amén. ¿Quién tiene vergüenza?

El temor es el espíritu de Satanás, la vergüenza viene de Satanás, de mi carne. Si no sé qué decir, el Espíritu Santo hablará. Aleluya. “Abre tu boca, que yo la llenaré”; y aunque diez veces te equivoques y trastabilles, sigue adelante porque el Espíritu Santo te va a levantar como una obrera, un obrero que sabe hablar a la gente. Te va a dar mensaje. “Abre tu boca y yo la llenaré”. No tengas un montón de aprontes tuyos propios. Aunque dice que Dios va a tomar de tu acervo, de tu conocimiento repetidas veces, miles de veces la misma cosa, vas a ver cómo Dios va a actuar tan sencillamente. Pero él va a llenar tu boca, y tú vas a confiar en tu Señor.

Comenzando el contacto
¿Cómo abordar a la gente? Yo al principio tenía mucha dificultad, y empezaba con el tiempo o la política algunas veces. ¡Miren qué error! Bueno, pero después me curé enseguida: no, la política no. El tiempo, o está muy cara la vida, yo empezaba no sé por donde, o: “-¿Qué le parece doña María este día de sol? Mire, Dios nos dio el sol…” Era una cosa tan larga que cuando terminaba yo de arrimarme a la palabra de predicación, ya se había ido la persona, ya se había terminado la ocasión.

Me di cuenta que tenía que buscar una cosa mucho más sencilla. Entonces encontré algunos ganchos. Algunos conocen los ganchos que tengo, es decir son la apertura de una conversación. Yo no digo que ustedes hagan eso, pero les estoy diciendo que es posible tener cada uno de nosotros alguna manera que el Espíritu Santo nos dé, la sabiduría para abordar a la gente, para que no sea difícil este asunto de comunicarnos. Eso sí, me di cuenta que tengo que ser muy corto, inmediatamente la persona tiene que saber de qué estoy hablando y quién es la persona que se arrima a ella.

Algunos ejemplos
Entonces, por ejemplo, imagínense cuando alguien le pone nafta al tanque del automóvil, ¿qué se le puede decir? Es tan fácil, uno le dice a la persona:
“-Mire señor, usted sabe que yo he descubierto que este automóvil sin nafta no funciona – y se queda un poco riendo el hombre – y le digo:
“-Usted sabe que yo tampoco funciono sin nafta”- Bueno, ahí el otro piensa: éste está loco de remate; pero sigue poniendo la nafta, y yo lo tengo ahí, porque la cuestión es que cuando él puso la manguera dentro del tanque, tiene que quedar ahí, a mi lado, lo tengo agarrado. Entonces le digo:
“-¿Sabe que esa nafta para este coche es la energía que mueve el motor? Si no tiene nafta, no funciona, pues es inútil, y usted sabe ¿Cuál es la energía que debe mover nuestras vidas? El Espíritu Santo. Yo me convertí cuando tenía 15 años; y Dios ese día me visitó y me cambió el corazón –
El hombre hace así con la cabeza o no hace así con la cabeza. Pero la cuestión es que yo estoy mirándole a él, y le di un testimonio en menos de 25 segundos, 30 segundos, 40 segundos. Luego, él va con la manguera al surtidor y recibió la palabra de Dios, y yo sigo observando, a ver qué tal. Listo, no hablo más. Alguna que otra vez ha ocurrido que tiene interés, y en ese caso sí tenemos que ser cuidadosos de atender a una persona que demostró interés. Yo les pongo la palabra así, ¿no? así les pongo la palabra y algunas veces hacen, ahhhhhh (ni les interesa). Pero alguna vez, alguna vez, cien en uno (así que hablen a muchos), de repente dicen: “qué buena esa palabra, me gusta esa palabra, hay una persona que me está hablando esa palabra”. Ahí es donde empezamos a entrar en responsabilidad para guiar una vida. Algunas veces tengo que sembrar nomás, pero otras veces puedo cosechar.
Y así pasa con el agua del radiador. Empiezan a ponerme el agua en el radiador, y yo estoy otra vez atento para dar la palabra. Una vez se convirtió un hombre en Casanova, de apellido Amarilla cuando yo echaba agua en el radiador, porque le di la dirección y el teléfono. Él era paraguayo, y se acordó el número de teléfono. Entonces me llama y me dice: “- Sí… vos sos el pastorcito ese que le estaba poniendo agua al radiador, y yo quiero conocerte.” Y ahí se convirtió Amarilla. Y otro más que estaba con el asunto del automóvil: un muchacho llamado Miguel Riquelme, que atendía el garaje donde yo estaba, también se convirtió; se casó con una de las chicas ahí en Casanova.

También en el ascensor, cuando vamos subiendo o bajando: hay que estar todos muy solemnes, y hay más o menos medio minuto, uno tiene que subir cuatro, cinco pisos. Entonces yo digo solemnemente así, para que todos escuchen:
“-La verdad que es más fácil bajar que subir”. Algunos por ahí dicen que sí, porque a esa parte la entienden bien, ya que no tuvieron que subir la escalera. Entonces remato:
“-En lo espiritual es igual: para bajar seguimos como estamos (algunas veces digo: con el diablo nos alcanza), pero para subir necesitamos a Dios, ¿nos les parece?”. Yo ahí terminé, no tengo nada más que decir; estoy esperando ahora. Ya puse el anzuelo, ya puse la carnada: ahora estoy esperando a que pique; si no pica yo me voy, no voy a pescar lo que no se puede pescar.

Pero algunas veces ha ocurrido algo maravilloso. Una vez un joven me invitó a tomar un café, y luego de la charla se convirtió él, se convirtió la suegra, la señora, el hijo. ¡Cómo Dios obra por cosas tan simples! Y no es el único, no es el único, ha habido otros casos también.

El otro día fuimos a la telefónica con Augusto Ericsson, y una mujer escribía una boleta. Mientras yo esperaba que me atendiese, ésta, la que estaba encargada de una mesa, yo estaba viendo a ésta otra haciendo su anotación. No había nadie delante de ella, así que estaba sola; me arrimé y bien suave en el oído le dije:
“-Un día Dios va a escribir con respecto a su vida, ¿Qué es lo que va a escribir el Señor? ¿Usted se ha convertido a Cristo? ¿El Señor ha limpiado sus pecados? ¿Usted ha puesto su vida en orden con Dios?” ¡Oh! Las orejas de la mujer se pusieron rojas, me miró y respondió:
“-Usted sabe, hay una chica acá que nos habla de lo mismo”. Bueno, ahí le dimos un Nuevo Testamento, tenemos su dirección, y Gloria está en contacto con ella. Estamos viendo si se convierte, pero fíjense, ella estaba escribiendo. Hay una forma donde uno haciendo algo, encuentra el gancho, encuentra la forma de hablar.

Como el caso, por ejemplo, de una mujer que está barriendo. Yo, indefectiblemente cuando tengo oportunidad paso; me paso un poquito y luego me vuelvo, me paro y le digo:
“-¡Qué bien señora, muy buen trabajo, barriendo la vereda!”. Como estoy a cierta distancia, no tiene temor; se para ahí con la escoba, yo ya tengo el público. Entonces le digo:
“-¿Sabe señora, cuál es la limpieza más importante de todas?” Me responde:
“-No sé”.
“-Mire, la más importante de todas (porque hay que primero preparar la cabeza para darle el golpe final), es cuando Jesucristo limpia nuestros pecados con su sangre”. ¡Cuántas veces he podido hablar con las mujeres! Miren, son 10 o 15 segundos nada más, pasando nomás.

Pero yo les voy a decir que no hace falta ningún gancho para hablar a la gente, si ustedes quieren, solo hace falta sinceridad de corazón y honestidad. ¿Cómo hago yo para hablar a esta mujer que está en la cola de la feria? Primero, ten compasión de Dios para esa persona. Si la compasión de Cristo inunda tu espíritu, y empiezas a tener compasión y amor por esa persona, va a haber una forma. Es la forma más fácil: decirle la verdad. Entonces, por ejemplo, le vas a decir lo siguiente: (tócale el hombro primero antes que pienses, o toca el timbre antes que pienses, porque si no, no pasa nada; después uno está con el problema. Si lo piensas dos veces, no lo harás), y la mujer ya se dio vuelta, y tú le dices con toda verdad:
“-Perdóneme, yo estaba orando por usted aquí, y deseo decirle simplemente que el Señor quiere bendecir su vida”. O lo que fuera, lo que Dios te dé.

Otros casos
¿Ven hermanos? No tengamos temor. El temor viene de Satanás. No tengamos vergüenza, la vergüenza no es posible. Si hago un gran papelón, digo “-¡gracias Padre, que me permites sufrir por causa de Cristo!”. Muy pocas veces he hecho un papelón, les digo sinceramente que no recuerdo ocasiones, excepto algunas veces que yo hice una burrada. Pero cuando yo me he portado bien, la gente dice lo que tiene que decir y es cortés; por ahí te dicen que no le interesa, pero te lo dicen cortésmente. Pero no debe importarte si alguien te dijera un montón de improperios, o te dijera un insulto muy grande: “-¡Salga de aquí, lárguese que no quiero oírle!”. Tú le puedes contestar: “-perdóneme señor que lo haya molestado, solamente quería yo ayudarle”.

Como pasó el otro día, estábamos en un café en una reunión de pastores con Augusto y con Dionisio -que nos parece un muy buen lugar para reunión de pastores; también encontramos que la plaza Flores es un buen lugar para una reunión de pastores-. Los jueves a la mañana nos vamos allá con una mesita y hacemos nuestra reunión; pero la gente puede venir, porque ponemos un cartelito que dice: “Pastores a su disposición”. Es atractivo, y no nos dejan hacer la reunión; viene uno, luego viene otro, y otro.

Y en este caso había un joven ahí, solo en una mesa, yo fui con un Nuevo Testamento y se lo di. Me miró y le dije:
– Joven, quiero regalarle esto.
– No, no por favor, por favor no me regale nada, no me regale nada (con muy buen talante).
– Señor, quiero que usted tenga esto, que es la palabra de Dios.
– No no, mire, por favor, yo vine aquí para estar solo. No quiero que nadie me moleste,
– Bueno, es nada más que dejarle esto.
– No, no, no, lléveselo por favor, señor, no me lo deje.
– Pero es nada más que esto, dejárselo y me voy ahora enseguida.
– No, por favor.
Entonces se puso de pie, yo me puse al lado de él, y le dije:
– Mire, discúlpeme, yo lo único que quise hacer es traerle la palabra de Dios, para que usted pueda conocer la gloria de Uno que le ama más que nadie.
Y no sé qué más dije, pero alguna palabra del Señor, y él me la rechazó:
– Mire, yo soy muy cuidadoso y muy respetuoso de la gente, pero por favor, señor no me dé esto.
Bueno, le pedí disculpas, me fui y me senté. Estuvimos un rato largo ahí hablando, y después de un rato vino este joven, se paró al lado mío y me dijo:
– Discúlpeme que lo traté mal a usted, ¿Qué es lo que me quiere dar?
Entonces ahí recibió el Nuevo Testamento y todo lo demás. ¡Amén!

Desalojando el temor y la vergüenza
¿Qué dos cosas tenemos que cuidar de no tener?: temor y vergüenza. ¿Cuántos tienen temor? Algunos dicen: no, temor no, porque Dios no nos dio el espíritu de temor sino el de poder, de amor y dominio propio. ¿Amén? Vergüenza: ¿Por qué no tenemos que tener vergüenza? Porque Jesús no tuvo vergüenza cuando murió por mí, y yo no tengo vergüenza de hacer el gran papelón, si es necesario para declararle a Él. Y sabes, cuando tú hagas un papelón, que alguien te cierre la puerta (porque pasa algunas veces) sobre las narices, y no quiera saber nada de ti, y te desprecie, aléjate hablando con tu Señor, y dile: “-Jesús, te cerraron la puerta”. ¿Ves? No pienso “Iván, te cerraron la puerta”. No, yo no vengo en mi nombre, soy embajador.

Cuando me rechazan a mí, rechazan a Jesús. (Habría que explicar un poco esto, porque algunas veces rechazan por otros motivos). Pero si rechazan realmente al Señor, al mensaje, están rechazando a Jesús, no a mí. Y yo puedo alejarme diciendo: “-Jesús te rechazaron; ten compasión de ellos, eh? No hagas bajar fuego del cielo, no consumas a nadie, espera a que tengan otra oportunidad”.

Definiendo la obra – Listas de oración
Bueno, quisiera terminar con la palabra que nos dio Jorge el domingo. Una conclusión que me parece que debiéramos remachar, que es la siguiente: en el “envío”, en el “ir”, hagamos cálculos. Primero, para redimir el tiempo, y en segundo lugar, para definir concretamente. Es decir, que esta es una reunión muy buena, siempre y cuando nosotros vayamos y sea efectiva nuestra extensión para los que nos rodean; la compasión de Cristo en nosotros, la necesidad del que se está perdiendo. Y hemos visto cómo Jorge nos habló de la perdición de los impíos. No nos importa ahora, como si se incendiara una casa en la cuadra, nadie se preocupara en quién tira el balde de agua; estamos todos ahí y nadie se preocupa, por cortesía. Yo el otro día estaba subiendo a un ómnibus, lo cual no hago muy a menudo (debo reconocer) y estaba diciendo a un señor: -Señor pase usted. Y de arriba me gritaron de todo, y abajo me empujaron; que la cortesía no interesa para nada, “suba y termínela”. Bueno, yo creo que aquí la cuestión de la salvación es igual, qué va a andar con tanta cortesía, ¡hay que ir allá porque se incendia la casa, se pierde la vida!

¡Oh Señor, ayúdanos! Entonces, tenemos que redimir el tiempo y tenemos que concretar. Dijo Jorge, lo cual me parece tan acertado, que cada uno debiera tener una lista de diez personas. En segundo lugar, que se junten de a dos, y van a ser veinte por los que van a orar, por los que van a clamar a Dios, y empezar una obra de extensión con esos veinte. Dios va a agregar otros, va a quitar algunos, pero esa va a ser la base sobre la cual vamos a trabajar. Vamos a orar por ellos y vamos a prepararnos; va a haber un ejercicio del corazón, un clamor a Dios, una responsabilidad para esto, y también un poner los pies en el camino. Ir, y decía Jorge que sería bueno que fueran dos horas por semana que dedicásemos a esa tarea. ¿Está bien? ¿Cuántos oyeron esto? Yo tengo mis diez personas, tengo unas cuantas más, pero tengo diez por lo menos que puse. ¿Y tú? ¿Cuántos pusieron diez? … El mensaje del domingo pasado no llegó muy a fondo. Claro, ese fue el domingo pasado, ahora tenemos otro mensaje, y el domingo que viene vamos a predicar otra cosa… Hermanos, ¡tengamos cuidado!

En las casas, en los grupos familiares, los que están como responsables de los hogares: impriman estas directivas para que toda la comunidad comience a ser efectiva en su obra para el Señor. Que nuestro trabajo para el Señor no quede simplemente en un buen deseo. Y para esta obra, decía Jorge, Dios quiere enrolar a todos: hombres y mujeres, viejos y jóvenes, niños, toda la iglesia, todos los redimidos del Señor están invitados como una nación de sacerdotes, para proclamar las virtudes del Señor. No digamos amén. En el corazón adentro, hagamos cálculos: lista de por lo menos diez personas, si tienes uno o dos comienza a formar esa lista. Estoy hablando a los de 90 años, 95 años si hay algunos, a los de 8 años si se convirtieron ya, hombres y mujeres, jóvenes, todos; lista de diez personas, vayan completando su lista. Por supuesto si pones veinte, mejor; pero no pongas demasiado y no pongas demasiado pocos. Porque algunos no responderán bien, pero otros entre ellos se convertirán al Señor. Luego, júntate con algún hermano, alguna hermana, para determinar este trabajo como un comando de Dios, de oración y de fe. ¿Amén? Y va a haber gran multiplicación.

A ver si este tiempo último del año no tenemos miedo, no tenemos vergüenza, tenemos esta lista de diez, tenemos alguien al lado que esté ayudándonos. Para que estemos ganando a otros, y entrando en nuestra gloria y en la gloria del Señor. ¿Amén? Y vamos a empezar a ser como aquel que dice: el que caza almas es sabio, y aquel que enseña justicia a la multitud, brillará como estrella a eterna perpetuidad. Nadie tome tu corona, Dios te ha puesto en la Tierra para que vayas y lleves fruto y no hay ningún pámpano sin fruto, dice el Señor.

Y el fruto no es lo que el Señor ha hecho en tu vida, sino lo que tú haces con lo que Dios ha hecho en tu vida. Algunos están diciendo: “Ah, yo soy bueno, yo tengo paz, el reino de Dios está conmigo…” Ese no es el fruto tuyo, eso es la gracia que Dios puso en ti. El Señor, cuando dio los talentos a sus siervos, no pidió que le devolvieran el talento, sino lo que habían granjeado con el talento. Dios nos manda como siervos suyos, no es una cuestión optativa que llevemos su palabra a un mundo que gime, a un mundo que está sin Cristo, a un mundo que necesita la compasión y la salvación de Dios. ¿Amén? Vamos a ponernos de pie y vamos a orar al Señor.